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Chapter 4

Los hilos del poder se mueven

Capítulo 4 Los hilos del poder se mueven

El frío del suelo calaba hasta los huesos. El aire en aquella sala oscura parecía volverse más denso, como si la misma atmósfera se apretara sobre Ezra Kain, comprimiendo sus pulmones. El dolor era un incendio que bullía en sus venas, un veneno que le recordaba brutalmente que no estaba completo, que le faltaba lo esencial para retomar el trono que había sido suyo. Pero el pasado no se rendía sin arrastrarlo hacia el abismo.

Con un esfuerzo que desafió la fatiga, sus dedos temblorosos buscaron apoyo en el suelo húmedo. Una gota de sudor resbaló cerca de su sien, mezclándose con la sombra que dibujaba la penumbra sobre su rostro. Afuera, la lluvia golpeaba el techo de metal con furia constante, martilleando sin pausa, cada gota un latido ensordecedor que le recordaba a Ezra su vulnerabilidad.

“Esto no puede ser el final”, murmuró con voz áspera, entrecortada, apenas un suspiro arrancado del pozo donde se escondía su alma destruida. Pero la mente no se calmaba. Recordaba fragmentos, retazos borrosos de su caída —la traición, las risas sordas, las cuchillas que no solo le cortaron la carne sino el alma— y un nombre que punzaba más que una daga: Valeria Sosa.

*

En un rascacielos reluciente, a cientos de metros de la devastación que había sufrido Ezra, ella observaba con frialdad aplastante. La luz artificial de neón se colaba por las ventanas de su oficina, iluminando su figura esbelta y firme como acero. Las sombras danzaban en las paredes, pero sus ojos no tenían nada de humanos; eran dos pozos negros donde se consumía una ambición sin límite.

Valeria sostuvo una copa de licor carmesí frente a sí, el líquido reflejando la imagen de una ciudad corrupta que susurraba secretos. Su sonrisa era una línea afilada, fría como un bisturí.

—El Rey de las Sombras... una sombra débil ahora —murmuró, casi juegueando con la voz—. ¿Creías que esto sería fácil, Ezra? ¿Que tu legado sobreviviría sin mí?

Desde su asiento, las pantallas que cubrían una pared entera vibraban con imágenes: corredores secretos, movimientos en los bajos fondos, rostros encubiertos, y, para ella, las piezas clave para un jaque mate perfecto.

Los hilos del poder se movían bajo sus dedos, y ella los estiraba con precisión quirúrgica.

—Han caído muchos a tu alrededor —continuó, sus palabras desprendiendo una amenaza que no necesitaba ser explícita—. ¿Acaso crees que solo por renacer puedes reclamar tu corona? No. Aquí mando yo.

Sus palabras cayeron como un martillo contra el cristal del destello que alguna vez fue el imperio de Ezra.

*

Una puerta pesada se abrió con un clic seco. Su asistente, un joven nervioso con la mirada esquiva, se acercó a Valeria.

—Señora, llegaron los informes de las cámaras… y hay algo que creo debería saber.

Valeria ladeó la cabeza, sus ojos perforándolo con una intensidad que hizo que el chico enmudeciera. Pero el siniestro brillo no se desvaneció; sólo aumentó.

—Dímelo —ordenó.

El joven dudó, pero sacudió la cabeza y deslizó un dossier sobre la mesa. Valeria lo abrió con calma, sus ojos devorando cada línea, cada fotografía, cada grabación. Cuando terminó, levantó la vista con una sonrisa que metía el miedo en la piel.

—Parece que, en su ceguera, Ezra sigue dejando huellas.

El asistente tragó saliva. —Lo más inquietante es que… parecen detalles muy personales. Cosas que nadie más debería saber.

Valeria levantó un dedo, señalando el dossier. —Exacto.

Un silencio tenso se instaló en la habitación, como el preludio de una tormenta que estaba a punto de estallar.

—¿Cómo puede alguien descubrir sus secretos más oscuros? —musitó. No era una pregunta. Era una amenaza.

Su mirada se clavó en el vacío, como si pudiera ver a través del tiempo, escudriñando cada esquina de la metrópolis nocturna. Luego, con voz gélida, añadió:

—Porque yo se los he dado.

*

En un club clandestino, oculto entre neones rojos y el pulso frenético de la música electrónica, un grupo encapuchado negocia entre sombras. La lluvia afuera parecía como un telón que separaba aquel infierno terrestre del mundo sumergido en ignorancia.

—Valeria no perdona ni olvida, —susurró uno—. Tiene información que ni el mismo Kain podría imaginar que está expuesta.

Una mujer del grupo apretó los puños, la mandíbula tensa.

—Si ella sabe eso... estamos más cerca de la caída total.

Un flash de determinación cruzó su mirada. La guerra por el inframundo no había hecho más que empezar.

*

En la soledad de su refugio, Ezra se levantó con una mueca de dolor. La sangre todavía ardía bajo la piel, pero había un fuego nuevo en sus ojos. Una rabia silenciosa que clamaba por justicia. Entonces, sonó el teléfono. Insistente. Extraño.

Deslizó el dedo con lentitud y contestó, esperando una voz enemiga, una trampa.

—¿Quién llama a un rey caído? —la voz femenina se filtró, suave pero cargada de veneno, como un susurro que te helaba la médula.

Ezra tensó la mandíbula. —Habla.

Una risa baja, cruel, llenó el aire.

—Sabes quién soy. Y lo que sé de ti... nadie debería saberlo.

Antes de que pudiera responder, la línea se cerró con un clic que resonó en sus sentidos como una sentencia.

Ezra apretó el teléfono contra el oído. Allí, en el silencio roto solo por su respiración agitada, quedó claro que el juego había cambiado.

Valeria ya no era solo una sombra en la esquina del poder. Había entrado en su mente, en su historia, en sus secretos.

Y la batalla apenas comenzaba.