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Chapter 2

Primeros pasos en el submundo

Capítulo 2 Primeros pasos en el submundo

El golpe en la puerta reverberó como un cañonazo en el silencio quebrado de la habitación; un estrépito seco que hizo vibrar las paredes desnudas. Ezra permaneció inmóvil, los dedos crispados justo al borde de la cama. Su aliento fue un hilo irregular, cada bocanada de aire una puntada en la garganta. En la penumbra, la mente luchaba con imágenes e impulsos, como un animal acechado que sabe que exponerse sería morir.

El sudor le perlaba la sien. Algo en la presión de ese ruido habló sin palabras: no estaba solo. Nunca lo había estado. La sucia realidad de la metrópolis, con sus rincones mojados por la lluvia perpetua y traficantes que susurraban en las sombras, le recordaba que su trono estaba perdido. Que era, por ahora, un fantasma roto.

Volvió a intentarlo. Pisadas ligeras, arañazos metálicos contra la madera. El tiempo se hacía viscoso entre las paredes inhóspitas. Finalmente, una voz grave, rasposa por el tabaco y la calle, se coló por la rendija bajo la puerta.

—Ezra. Sé que estás ahí. No te hagas el muerto.

El nombre le quemó los labios. En su pasado, resonaba con poder y terror. Ahora, con un dejo amargo y silencioso.

Ignoró el llamado. Movió la mano raquítica hacia el lado, buscando bajo la cama un fragmento de la daga que aún le quedaba, su único vínculo con aquel poder que alguna vez incendió ciudades y temblaron palacios. Pero había más—ahora debía ser astuto.

Un segundo golpe, más insistente. Esta vez, una voz femenina se unió, seductora y amenazante:

—¡Ezra! Valeria Sosa no me envió solo para jugar. Ella quiere que pagues por lo que hiciste. Pero… yo puedo ayudarte.

El pulso de Ezra se aceleró. Valeria. El nombre era una cuchilla oxidada enterrada en su espalda. Ella, con su sonrisa de serpiente y promesas envenenadas, reina hoy de las sombras que él perdió. ¿Qué trampa envolvía aquella oferta? ¿Quién era aquella figura que se atrevía a nombrarla?

Antes de responder, la puertase abrió de golpe. Una silueta se delineó contra la tenue luz de la escalera: una mujer de silueta firme, ojos glaciares, cuerpo envuelto en cuero negro que parecía absorber la escasa luz. En sus dedos huesudos brillaba un anillo con un símbolo desconocido, un relente de un pasado que Ezra apenas lograba adivinar.

—Mi nombre es Mara —dijo con voz cortante—. Estoy aquí para ofrecerte un pacto. Un favor a cambio de... protección.

Ezra parpadeó, el asombro y la cautela arrastrándolo hacia un silencio tenso. Los muebles gastados crujieron cuando se sentó en la cama, tratando de medir aquella oferta. En este mundo, ninguno daba nada sin cobrarlo después, y las sombras ocultaban las peores cadenas.

—¿Qué quieres? —preguntó, la garganta áspera.

Mara sonrió, pero sus ojos no perdían dureza.

—Balance, Ezra. Si quieres sobrevivir y recuperar tu trono, debes caminar entre lobos. Y yo conozco sus secretos. Pero no juego gratis.

Se acercó, dejando un sobre marrón encima de la mesa. Al caer la luz, Ezra notó un mapa fragmentado, manchas de sangre seca y una fotografía. Tapando los bordes, la figura de Valeria Sosa dominaba la imagen con una sonrisa cruel.

—Tú no eres el único que ansía venganza. Pero antes, harás un trabajo sucio para mí.

Sus palabras se clavaron como puñales. Ezra alzó una ceja.

—¿Qué clase de trabajo?

—El tipo que ves en el mapa —dijo señalando un punto brillante en rojo—. Es el verdugo de tu pasado y la sombra que Valeria utiliza para aplastarte. Quiero que lo encuentres, lo traigas ante mí.

Ezra sintió cómo el frío se filtraba por su espalda, pero el brillo encendido en sus ojos revelaba que el veneno de la venganza había anidado con fuerza en su pecho.

—Si lo hago... ¿qué me das a cambio?

—Un comienzo —respondió ella con firmeza—. Información, armas, aliados. Lo que necesites para caminar en la oscuridad sin ser devorado.

Una risa amarga escapó de los labios de Ezra, tan seca como un suspiro enterrado.

—El inframundo te estará observando, Mara. Y no confiaré en quien lleva sus propias garras bajo la piel.

Ella asintió, sabía que las palabras eran un juego y que el peligro estaba garantizado. Pero en esa batería de incertidumbre, era la única puerta abierta.

—Bien, Rey caído —dijo con un tinte de ironía—. No hay otra opción.

Un relámpago cruzó el cristal sucio, iluminando fugazmente aquella habitación donde todo renacía bajo el eco del pasado.

En ese instante, en el pasillo, una sombra latente se escurrió con un cuchillo oculto, y la ciudad seguía respirando, indiferente.

Ezra apretó el sobre entre las manos. Comenzaba a caminar por el sendero más oscuro, donde no había lugar para la debilidad.

—Entonces, digamos que acepto —susurró, mientras la tormenta afuera volvía a estallar.

Un último toque resonó en la puerta, diferente esta vez, sigiloso y seco como un suspiro.

Ezra giró la cabeza lentamente. En el umbral, una figura inesperada aguardaba, con una sonrisa que prometía desatar otro abismo.

—No todos quieren tu muerte, Rey. Algunos solo buscan cambiar las reglas del juego.

La noche estaba lejos de terminar —y el submundo, de revelarse por completo.