Chapter 16
Capítulo 16 Valeria en la mira
El eco de la puerta cerrándose resonó en el pasadizo estrecho, una campana de aviso que no le permitió a Ezra relajarse ni un segundo. La humedad pegajosa del callejón se coló por sus poros; el olor a desecho y a metal oxidado se mezclaba con el siseo lejano de la lluvia que empezaba a caer, lenta, implacable. Bajo el capucho, sus ojos escudriñaron la oscuridad, buscando sombras amigas o señales hostiles.
Este lugar, otrora refugio de secretos y acuerdos sellados con sangre, se sentía ahora como una jaula. La humedad le empapaba la piel, y el frío no era solo el del tiempo, sino el de la incertidumbre que reptaba en sus venas. Una gota helada cayó sobre su rostro, seguida de otra, y otra más, teñidas por la lluvia que se había intensificado a su alrededor, como si el cielo mismo conspirara con los fantasmas del inframundo.
Sus dedos, crispados sobre el mango de su cuchillo, empezaron a temblar levemente. No por miedo. Era la tensión pura: el latir de la guerra que se cernía sobre la ciudad, la batalla invisible que debía librar para arrebatarle a Valeria el sutil control que imponía sobre las calles y los palacios.
—No hay tiempo para dudas —murmuró, apenas un roce de voz en la penumbra—. La revolución no espera.
De regreso en su refugio, las paredes llenas de grietas parecían comprimirse contra él, testigos mudos de un hombre cargado por el peso de un pasado que no terminaba de morir. La luz escasa proyectaba sombras danzantes que imitaban las figuras opuestas en un tablero invisible. Frente a la mesa, desplegó el mapa de la ciudad, marcando con tiza roja los puntos claves donde Valeria mantenía su influencia: depósitos, clubes nocturnos, circuitos de información. Cada marca un latido del corazón enemigo, cada línea una arteria que debía cortar.
—No nos queda margen de error —dijo, susurrando para sí mismo—. Desestabilizarla para que pierda el control; que duden de ella.
A su alrededor, su pequeño grupo de leales actuaba sin preguntar, cada cual con una misión que bordearía lo suicida. En ese instante, el zumbido del teléfono móvil reventó el silencio como una ráfaga inesperada. Ezra lo tomó con rapidez, el ceño fruncido. En la pantalla, un nombre codificado que solo él reconocía: “Lince”.
—Habla —ordenó, la voz dura y rasgada.
La voz al otro lado del hilo estaba susurrada, temerosa, pero contenía la urgencia de una bomba a punto de estallar.
—Ezra... tenemos un problema. El contacto que nos iba a abrir las puertas de la red interna de Valeria ha desaparecido. No responde... Lo busqué en todas partes, no está en ningún lado.
El puño de Ezra golpeó la mesa, haciendo que las fichas y papeles salieran disparados.
—¿Cómo que desaparecido? —su voz era filo sobre cristal roto—. Él era clave para el golpe. Sin él, no podemos acceder a los códigos ni a los movimientos de sus hombres.
—Exacto —respondió “Lince”, el silencio quebrado por la estática—. Alguien nos traicionó, Ezra. Tengo el presentimiento de que este traidor fue el que se lo llevó. Y no fue precisamente para protegerlo.
El corazón de Ezra se hundió un poco más, el nudo en la garganta apretando fuerte, como una soga invisible. ¿Quién? La palabra empezó a vibrar en su mente: traidor. El eco regresaba más nítido que nunca. Por un instante, las tinieblas parecieron consumir la escasa luz de su refugio.
—Prepárense —dictó, recuperando la compostura que todo rey debe mostrar en el tiempo de crisis—. Nadie se mueve hasta que se sepa quién falta... y dónde está.
Sin embargo, el aire en la habitación se había cargado con una electricidad distinta, una mezcla amarga de traición y miedo. La lluvia golpeaba ahora con fuerza los cristales rotos del ventanal, y afuera, la ciudad parecía una bestia que aguardaba para morder.
Se acercó a la ventana y miró aquella metrópolis oscura, donde las luces titilaban como constelaciones decadentes. Valeria, con su sonrisa venenosa, estaba muy lejos de imaginar que su imperio comenzaba a resquebrajarse. Pero para Ezra, la realidad era más cruel: el enemigo ya había infiltrado sus filas.
Su mirada se clavó en la sombra que cubría la calle vacía. Allí estaba la respuesta, lo sabía, solo debía encontrarla antes de que la traición los hundiera a todos.
El sonido apagado de pasos aproximándose le hizo girar el rostro con rapidez. Pero no era ningún amigo.
Un sobre negro, deslizado desde la oscuridad, cayó a sus pies sin un sonido. Ezra lo recogió. Sobre el papel grueso y frío, escribió tres palabras, escritas con una tinta roja que parecía brotar sangre fresca:
“No confíes en nadie.”
Y en el instante exacto en que leía aquel mensaje, una sombra se deslizó tras la puerta principal, desapareciendo en la oscuridad de la noche, tan rápido como una sombra fugaz.
El juego acababa de comenzar... pero la pieza más valiosa ya se había esfumado.
[Fin del capítulo 16]