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Chapter 15

El mentor oculto

Capítulo 15 El mentor oculto

El eco del golpe reverberaba en el callejón mientras la neblina densa y humedad de la lluvia reciente parecían comprimirse, retorcer el aire. Ezra Kain permanecía inmóvil, la espalda apoyada contra la pared áspera, los músculos tensos como un arco a punto de soltar su flecha. Sus ojos, dos carbones ardientes en la penumbra, escrutaban la sombra oscura en el extremo opuesto del espacio estrecho.

No había ninguna voz, ni siquiera un suspiro entrecortado; solo aquel golpe, seco, calculado. Y la respiración punzante del corazón retumbando como un tambor de guerra en su pecho.

El silencio se rompió cuando una figura emergió de entre la bruma. Su contorno era delgado, encorvado, con un aura que podía confundirse con un espectro. Había algo familiar en la manera en que sostenía la postura, en la alineación de sus pasos medidos, evitando cualquier ruido que quebrara la calma. Lo que sorprendió a Ezra no fue la sombra, sino la voz que brotó cuando la distancia se acortó:

—Pensé que habías desaparecido para siempre, Kain.

Un susurro quebrado, una voz gastada por el tiempo pero portadora de una autoridad innegable. Ezra apretó los puños, el cuero de su guante crujió bajo la presión.

—Tú... —la incredulidad ladinaba en su tono—. No esperaba volverte a ver. ¿Qué haces aquí?

El hombre que avanzaba no tenía más de cincuenta años, aunque sus ojos tenían la profundidad de alguien que ha sobrevivido a cien inviernos. Su rostro, surcado por cicatrices apenas visibles bajo la tenue luz de las farolas parpadeantes, mostraba una sonrisa torcida, una mueca cargada de secretos.

—Vengo a enseñarte lo que olvidaste —dijo pausadamente—. Lo que ellos se encargaron de arrancarte cuando te hundieron en el olvido.

Alzó la mano y, de la nada, surgió un haz de luz azulada que trazó en el aire símbolos antiguos, palabras en lenguas que ni siquiera Ezra reconocía plenamente. El viento se arremolinó, y la humedad del callejón se transformó en un frío mordaz que calaba hasta los huesos.

—¿Quién eres? —exigió Ezra, alejándose un paso para evaluar mejor al extraño.

—Soy el que estuvo contigo cuando ninguno más creyó que volverías a levantarte —respondió el hombre con gravedad—. El olvidado guardián de tus raíces.

Ezra inhaló profundamente, sintiendo un peso invisible descargarse en sus hombros. La rabia, el ansia de venganza, la desesperación… todos esos sentimientos crudos se enredaban ahora con una chispa de esperanza, tan irreal como peligrosa.

—Habla claro —ordenó con voz rasgada—. ¿Qué es lo que me quieres enseñar?

Una sonrisa ladeada se amplió en el rostro del mentor oculto. Retrocedió un par de pasos hasta que la luz en su mano se desintegró en pequeñas partículas que se desvanecieron en la noche húmeda. Entonces, sacó un objeto de su abrigo: un medallón antiguo, con símbolos dorados y con un ojo tallado en el centro. Lo alzó frente a Ezra.

—Este es el verdadero vínculo con tu poder —dijo—. No es solo fuerza o miedo. Es conocimiento. Es control. Es lo que te convertirá de nuevo en el Rey de las Sombras que nadie podrá derribar.

Ezra tomó el medallón, sintiendo el frío vibrar en sus dedos, como si tuviera vida propia. Un pulso eléctrico atravesó su brazo y una oleada de imágenes y sensaciones lo inundó. Vio la ciudad bajo la lluvia, calles que cambiaban de forma, figuras que se disolvían en la oscuridad, sus propias manos maniobrando entre los hilos invisibles que gobernaban la vida y la muerte.

Pero, antes de que pudiera profundizar en ese torrente, su mente se tensó. Una alarma interna, un susurro que no provenía del medallón, sino de alguien más…

El mentor, perceptivo, susurró con una sombra en la voz:

—Sé lo que piensas, Ezra. Preguntas si puedes confiar en mí. Y la verdad es que no lo sé, ni siquiera yo. Lo único que sé es que si no recuperas este poder, Valeria Sosa te arrasará más rápido de lo que crees.

La mención de Valeria hizo que el cuerpo de Ezra se contrajera. La mujer que gobernaba con puño de hierro el inframundo, la que había manipulado a todos para que creyeran que él era solo un recuerdo sin fuerza.

—¿Por qué ahora? —preguntó con voz baja, casi un siseo—. ¿Por qué aparecer cuando estoy más vulnerable?

El mentor bajó la mirada y, por primera vez, su máscara de seguridad se agrietó.

—Porque el tiempo se acaba, Kain. Y porque hay otros ojos en la oscuridad que no se detendrán ante nada para eliminarte, y quizás ni siquiera Sepan que luchar contra mí fue un error.

Un escalofrío recorrió la médula espinal de Ezra. No solo Valeria sino otras fuerzas que desconocía. La red de monstruos y traiciones era más compleja de lo que imaginaba.

—¿Qué tengo que hacer? —inquirió, ansioso pero cuidadoso—. Enséñame.

—Primero, dejamos atrás esta ciudad. —El mentor sacó una pequeña ampolla de cristal donde una neblina oscura se agitaba—. En otro lugar aprenderás a dominar la esencia de las sombras, a manipularlas tan fácilmente como respiras. Pelearás con fantasmas que creías muertos y despertarás al verdadero poder que te pertenece por derecho.

Ezra miró la ampolla, la tensión creciendo en su pecho. Pudo notar el pulso cardíaco acelerado, los músculos de la mandíbula endurecidos. Algo no encajaba en todo esto.

—¿Y si te estoy traicionando? —susurró, casi para sí—. ¿Y si eres el lobo disfrazado de mentor que crees detener a Valeria?

El hombre metió la mano en su abrigo, y cuando la sacó, sostenía una daga negra, fina, con grabados que se entrelazaban. Pero no la blandió con agresión, solo la dejó entrever, como advertencia.

—Esa es una posibilidad que tendrás que explorar por ti mismo. La oscuridad tiene muchas caras, Ezra. Y a menudo, el enemigo está tan cerca que confundes su aliento con el tuyo.

En un movimiento fluido, el mentor oculto dio media vuelta, adentrándose en la noche que parecía devorar toda luz restante. Ezra sintió la urgencia, la aridez que temblaba en su nuca: debía decidir en qué lado pararse, y rápido.

Un impulso recorrió su cuerpo; la promesa del poder, la sombra del peligro y la fina línea entre ambos se cortaba en cada pensamiento. Se aferró al medallón y corrió tras aquella silueta que se desvanecía en la negrura de la madrugada.

Y justo cuando las primeras luces de la ciudad comenzaban a teñirse de gris oscuro, una duda incendiaba su alma:

¿Era ese hombre realmente un aliado o el próximo enemigo disfrazado listo para hundirlo más en las tinieblas?

El pasadizo que apenas se vislumbraba entre los edificios se cerró tras él con un eco definitivo, como una puerta del destino entreabierta o una trampa ineludible.

[Fin del capítulo 15]