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Chapter 14

Sombra entre sombras

Capítulo 14 Sombra entre sombras

El silbido de la bala aún vibraba en sus oídos cuando el mundo pareció detenerse. El frío metálico del proyectil rozó su mejilla, apenas un susurro de muerte rozando su piel. Ezra se desplomó sobre el asfalto frío, la lluvia ahora golpeando sin piedad contra su rostro.

Un sabor acre a polvo y miedo se enredó en su garganta.

Su corazón latía con una violencia casi desconocida, cada pulsación retumbando en sus oídos como un tambor de guerra. Vibraba en sus dedos un hormigueo eléctrico que había sido extranjero desde el último aliento de su antigua vida.

—¿Puedes oírme, Rey? —una voz profunda, ronca, emergió entre la neblina del miedo y la lluvia, cortando la noche como un cuchillo congelado.

El hombre que se acercaba tenía ojos oscuros, empatía mezclada con urgencia y peligro. Ezra no respondió con palabras. No todavía. Solo sintió un tirón invisible que lo empujaba a levantarse, a no dejarse vencer.

Cada músculo de su cuerpo protestaba. Había cenizas donde antes hubo fuerza. Su cuerpo nuevo, extraño, era un lienzo inacabado, moldeado por un renacer forzoso.

Lo irónico era que a pesar de la agonía, sentía que algo dentro de él vibraba con una promesa de poder.

—¿Dónde estoy? —la voz, áspera y grave, salió más lenta que un gemido.

—En los restos de la ciudad que una vez llamaste reino —respondió el hombre, ayudándolo a ponerse en pie—. Nadie está seguro. Ni tú lo estás.

Ezra sintió cómo un destello punzante le recorrió la espina dorsal. No solo era el cuerpo que se adaptaba: era la esencia. La sombra que antaño reinó lentamente despertaba, y con ella, los ecos de un odio reprimido.

—Escucha —dijo el hombre, apretando la empuñadura de una daga oculta entre su ropa—. Tienes que aprender rápido. Los viejos trucos no funcionan. Ni siquiera eres del todo tú… no todavía.

La confesión cayó en el aire húmedo y pesado, mientras la lluvia empezaba a amainar, como dándose cuenta del peso de las palabras.

Ezra bajó la vista a sus manos. No eran las suyas y, sin embargo, eran las únicas que tenía.

Un leve temblor lo sacudió por dentro, una danza oscura y desconocida que amenazaba con desbordar.

Esa fuerza, una sombra dentro de la sombra, buscaba manifestarse sin permiso.

Desde lo profundo, surgió un ligero tono de negro vino filtrándose por sus venas —una marea oscura que no había sentido antes en este mundo.

Un suspiro escapó de sus labios, gravemente marcado por la lucha interna.

—No soy un fantasma, ni un recuerdo —murmuró, como si reclamara ese poder que aún no dominaba—. Pero no sé si controlo lo que hay dentro.

El hombre que lo observaba evitó mirarlo a los ojos. La verdad era amarga y pesada, y sin embargo reconocida.

—Ese poder, Rey… es lo que te hizo caer. Te destruyó. Te usurpó Valeria.

El nombre cayó cual daga en el silencioso callejón. Ezra apretó los puños, los nudillos blancos.

La sombra dentro de él se agitó. Quiso salir. No como aliados, sino como una tormenta desatada.

—Entonces tendré que aprender —dijo con voz rasgada—. Y dominarlo a toda costa.

De repente, el aire pareció congelarse. Una ráfaga impalpable lo envolvió, y por un instante vio cómo las luces de la ciudad se distorsionaban, como si el mundo temblara ante su renacimiento.

Un escalofrío oscuro recorrió su médula, y en su reflejo —imperfecto en un charco sucio— la sombra no era solo un contorno: era algo vivo, rugiendo.

Del interior de Ezra emergió un murmullo cavernoso, un susurro que no era suyo, pero que iba creciendo.

Y entonces, sin previo aviso, el frío en sus venas explotó en un pulso negro.

Sus manos comenzaron a cubrirse de una niebla oscura, como si la noche misma quisiera beber su alma.

El poder, sin control, empezó a consumir su voluntad.

—¡No! —Su grito cortó el aire mientras luchaba contra la marea.

Pero la sombra no obedecía. Se extendía, trepaba, devorando.

El hombre junto a él soltó un jadeo, dando un paso atrás.

—Eso... no es sólo un renacer. Es una guerra interna que podría devorarte y extenderse más allá.

Ezra cayó de rodillas por primera vez en meses, la oscuridad brotaba desde sus entrañas sin freno.

—¡Basta! —la orden surgió como una orden desde su alma, pero era débil, tambaleante ante el torrente.

El ruido de la ciudad parecía perdido, acallado por el torbellino interno.

Algo crujió dentro del pecho de Ezra. ¿Era su corazón o la tierra que se fracturaba bajo el peso de su resurrección?

Alzó la vista, con los ojos brillando como brasas a punto de explotar.

—Si no controlo esto... no seré yo el que prevalezca.

Y mientras la niebla negra lamía sus piernas, extendiéndose hacia el oscuro callejón como un veneno, la ciudad misma pareció contener el aliento.

Un trueno lejano retumbó en la distancia.

Y en ese momento, una sombra aún mayor emergía detrás de él.

—Valeria no solo me teme —murmuró arrastrando las palabras con un filo helado—. Sabe que esto puede devorarla a ella también.

Pero lo peor estaba por revelarse.

La sombra que lo envolvía cruzó sus límites.

Y con un grito ahogado, una figura indistinta emergió de la oscuridad interior, mirándolo con ojos huecos, sedientos.

—¿Quién eres? —preguntó Ezra, sintiendo que la voz que respondía era parte de su misma alma —o quizás la que quedó destrozada.

La respuesta fue un susurro que perforó sus huesos.

—Soy la venganza que te nace. La sombra que no puedes esconder… la oscuridad que será tuya.

En ese instante, la niebla negra envolvió todo.

La tormenta interna había despertado.

Y el Rey de las Sombras debía decidir si sería su amo... o su próximo prisionero.

Un sonido sutil golpeó el muro del callejón, seco y firme.

Un golpe, inesperado, resonó en el silencio.

Alguien estaba allí, observando.

Y la puerta hacia el inframundo, esa noche, empezó a abrirse otra vez.

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[Fin del capítulo 14]