Chapter 11
Capítulo 11 Pérdida y confusión
El eco de la voz de Mara se desvaneció entre el retumbar de la tormenta, mientras la lluvia golpeaba con furia las calles de la metrópolis, encharcando el asfalto y disolviendo las huellas de la tragedia que acababa de desencadenarse.
Ezra Kain cayó al suelo, el cuerpo humedecido por la lluvia que se colaba en su abrigo desgastado. Sus manos temblorosas rozaron el pavimento frío, pero no sintió el frío ni el dolor. Solo un vacío cavernoso, negro y absoluto, carcomía su mente. Un silencio ominoso lleno de sombras.
Había seguido el rastro de sus enemigos, había desplegado su poder bajo la tormenta buscando venganza y, ahora, se encontraba solo. Despojado. Sin nombre.
El mundo dolía a golpes de luces y sonidos inconexos.
Un espejo roto. Eso era lo que era ahora su memoria: fragmentos dispersos que se negaban a encajar.
¿Quién era Ezra Kain? Las palabras se resistían a brotar. Sus dedos apretaron el borde del pantalón, desesperados por aferrarse a algo, a cualquier cosa. Pero en ese tormento gris, nada respondía.
La figura encapuchada que se había abalanzado sobre él había dejado una marca invisible, un golpe dirigido no contra su piel sino contra su esencia. Sin previo aviso.
A través del lamento incesante de la lluvia y el zumbido distante de sirenas, el sonido de pasos apresurados rompió la quietud. Una sombra emergió de la penumbra, deteniéndose junto al cuerpo caído.
—Ezra... —la voz femenina tembló, entre sorpresa y miedo.
La figura bajó la capucha, revelando el rostro pálido y sudoroso de Mara, sus ojos brillaban intensos, buscando señales de vida, buscando algo reconocible.
Él la miró sin entender. Pero un destello fugaz de reconocimiento atravesó esos ojos borrosos, y luego se perdió, ahogado por la tormenta.
—¿Quién... soy...? —la voz ronca rompió el aire con un hilo quebrado. No fue solo la pregunta, sino la derrota que llevaba consigo.
Mara se arrodilló, la lluvia empapando su cabello oscuro, mezclándose con lágrimas que ni sabía si eran por él o por la incertidumbre que sentía crecer en su interior.
—No digas eso —susurró, extendiendo la mano temblorosa hacia su rostro—. Eres Ezra Kain, el Rey de las Sombras. El único que puede detener a Valeria.
Pero esas palabras no encontraron eco dentro del vacío.
Un fúnebre estremecimiento se abrió paso por la espina dorsal de Mara. Si el Rey había perdido su memoria, ¿qué quedaba entonces?
Alguien avanzó con pasos pesados desde la calle, un hombre alto y fornido, su gabardina oscura pegada al cuerpo por la lluvia. Detrás suyo, sombras alargadas se deslizaban como serpientes.
—No está solo —dijo el hombre con voz grave—. He enviado refuerzos. Pero no sabemos cuánto tiempo resistirá.
Mara miró a Ezra con desesperación. Las luces de los coches policiales parpadeaban lejanos, pero aquí, en este rincón olvidado por la ciudad, la verdadera guerra apenas comenzaba.
Ezra intentó incorporarse, pero sus músculos se negaron. Cerró los ojos con fuerza, intentando aferrarse a un recuerdo, una chispa mínima que le diera sentido al caos.
Debían haber estado juntos... todos... pero nada surgió.
Un susurro se abrió paso en su mente, irregular, entre fragmentos de imágenes distorsionadas: gritos, una daga, un abrazo... ¿o era un enemigo?
La tormenta cegaba y mojaba todo, y el frío se le metía bajo la piel.
Mara se levantó con urgencia.
—¡Tenemos que moverlo! —ordenó, mientras el hombre fuerte la ayudaba a contener a Ezra entre ambos.
Pero Ezra se resistió, sus pupilas giraron frenéticas, buscando en la negrura algún punto de apoyo.
—No... —agotó un suspiro a duras penas—... ¿por qué no recuerdo?
Un gruñido detrás de ellos hizo que Mara girara de inmediato.
Sombras se retorcían entre los callejones, figuras espectrales que observaban desde la distancia.
—Esos bastardos de Valeria no descansarán —musitó el hombre—. Si capturan a Kain ahora, no solo muere un hombre... se extingue una amenaza, y Valeria reinará sin límites.
El aire se volvió más denso, cargado de tensión.
Ezra intentó hablar, pero nadie podría entender el galimatías que escapaba de sus labios. Palabras muertas, lenguas desconocidas. La memoria rota le había arrebatado incluso su voz.
Mara cruzó la mirada con el hombre.
—¿Qué hacemos?
Un silencio pesado respondió. Nadie iba a arriesgarse a llevar al Rey sin memoria a un refugio seguro, ni tampoco podían permitir que permaneciera en la calle.
Ezra apenas era un cadáver viviente.
Se oyó un clic metálico cuando Mara sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, enviando una señal apenas perceptible.
—Que vengan. A toda prisa.
Porque para ellos, para todos en ese inframundo corrupto, la verdad era clara: sin recuerdos, Ezra Kain no es Rey. Y sin un Rey, las sombras se dispersan.
Pero en el fondo, una semilla de duda crecía entre la tormenta.
—¿Sin recuerdos, quién confiará en él en el oscuro submundo? —murmuró Mara con voz quebrada, mientras la lluvia continuaba cayendo sin piedad.
Y en ese momento, bajo el manto de la noche y la lluvia, donde el poder se mide en susurros y sangre, el renacer de un Rey parecía más frágil que nunca.