NoveliqaReencarné en el Último Pecado del Reino y No Pienso Morir Sin Venganza / Visiones del tiempo pasado :0%
Log in

Chapter 9

Visiones del tiempo pasado

Capítulo 9 Visiones del tiempo pasado

—Entonces, ¿por qué nadie recuerda este sacrificio ni lo honra?

La voz —impersonal y sepulcral— se fundió con el eco del golpe en la puerta. El aire pareció congelarse, denso y vibrante, como si la misma atmósfera renegara de aquel lugar. Álvaro sintió que el mundo se disolvía a su alrededor, la luz titilaba y el calor se evaporaba en un frío que no provenía del invierno.

Sus dedos se crisparon en la empuñadura de la espada. El sudor le perlaba la frente a pesar del gélido silencio.

—¿Quién eres? —murmuró, la voz quebrada por un temblor inaudible.

Nada respondió. Solo un susurro más, apenas perceptible: —El tiempo no perdona, príncipe caído... ni el secreto que enterraste.

Antes de poder reaccionar, el suelo bajo sus pies pareció disolverse como arena barrida por el viento. Un vórtice de luces y sombras lo envolvió, arrastrándolo afuera del presente conocido.

Un estallido de colores invadió su visión y, al abrir los ojos, ya no estaba en la sala.

Se encontraba en el gran salón del castillo, pero había algo intolerablemente distinto: el aire estaba cargado de aromas a incienso quemado y madera húmeda. Los tapices eran más vibrantes, los rostros en las pinturas no tenían las marcas de la ruina y el abandono. Todo irradiaba vida y poder, un dejo de gloria que había conocido solo en viejos relatos.

Álvaro se miró las manos. No temblaban; antes al contrario, una energía ardía bajo su piel, un fuego contenido que nunca antes había sentido.

Entonces, una figura apareció al fondo, nítida y precisa: una joven de cabellos oscuros, su rostro solía aparecer en viejos retratos —la princesa Annalise, su madre—, pero ella estaba viva, respirando, y la tensión entre sus cejas delataba un conflicto profundo.

Álvaro se acercó sin apenas pensar. —¿Madre?

Ella se volvió con un parpadeo veloz, sus ojos grandes y brillantes. —¿Quién eres tú? —preguntó con precaución, la voz entrecortada por la sorpresa.

El corazón de Álvaro se comprimió. —Soy... soy tu hijo.

Annalise lo observó largo rato, y él vio cómo una chispa de reconocimiento —o quizá desesperanza— destellaba antes de que la guardia regresara a su expresión.

—El tiempo está comenzando a romperse —susurró—. No deberías estar aquí.

Antes de que pudiera reaccionar, un estruendo sacudió la sala. Guardias armados irrumpieron con órdenes urgentes. Annalise lo empujó hacia un rincón oscuro, su mirada urgente.

—Escucha, si revelas que existo... todo cambiará. Algo que no debe ser alterado.

Las palabras detonaron un torbellino en la mente de Álvaro. —¿Qué quieres decir? ¿Qué está en juego?

—El sacrificio que todos han olvidado... —su voz bajó a un susurro helado—. Fue por salvar Eldoria, pero también por condenarlo. Si intervienes, provocarás la caída definitiva.

Él sintió un punzante estremecimiento. La historia, su historia, pendía de un hilo más delicado de lo que creía.

Los guardias se acercaron y Annalise lo alejó con firmeza. —Debo irme. No puedo arriesgar tu nombre ni tu destino.

Antes de desaparecer en la penumbra de los corredores, ella extendió un antiguo medallón, tallado con un símbolo arcano que Álvaro reconoció de inmediato: el sello de los Pecados, la marca que lo había perseguido desde su renacimiento.

—Guárdalo y no lo pierdas jamás.

El mundo otra vez se disolvió en fragmentos de tiempo y espacio, y volvió a oscurecerse.

Cuando sus pies tocaron la piedra fría del salón que conocía, una nueva ansiedad lo agotó: algo no estaba bien. No podía precisar qué, pero el castillo vibraba con una energía discordante, un murmullo oscuro destellaba detrás de las paredes.

Sus dedos se aferraron al medallón con desesperación.

Un barrido rápido con su mirada descubrió un pergamino sobre la mesa, uno que antes no había estado allí.

Lo desenrolló con manos temblorosas.

Las letras parecían respirar, transformándose ante sus ojos: la historia del sacrificio cambiado, los nombres revueltos, y un solo trazo que borraba a la familia Cael de la memoria colectiva.

Un frío helado le traspasó el pecho.

¿Había alterado el pasado sin comprenderlo?

Un golpe seco resonó tras la puerta. Esta vez, no esperaba que un suspiro le respondiera.

—¿Quién...?

La voz de Mairon Vell, implacable y segadora, se filtró por la rendija.

—¿Qué crees que has desatado, príncipe?

La oscuridad amenazaba con engullirlo, y él solo podía preguntarse:

¿Qué cambió sin querer, y qué desastre acababa de provocar?

El silencio devino tormenta.