Chapter 8
Capítulo 8 El legado del Último Pecado
El eco del silencio helado se prendió en la atmósfera como un veneno a punto de esparcirse. Álvaro quedó estático, el pecho apretado por un peso que parecía arrancarle el aire en pequeños fragmentos. Sabía que esa quietud no era calma, sino la antesala del estallido.
Sus ojos atravesaron la penumbra de la torre en ruinas donde ahora se encontraba, un refugio improvisado en el ala más olvidada del castillo. Las sombras parecían cobrar vida, ondulando al compás del fuego moribundo de unas brazas olvidadas.
—¿Entonces qué queda? —su voz ronca buscaba una respuesta invisible entre recuerdos quebrados.
El eco de aquella pregunta se perdió entre muros que guardaban secretos. Pero no estaba solo en su búsqueda. Un suave susurro rasgó el aire: un pergamino desplegado, un antiguo códice olvidado en el estudio prohibido. La luz titilante reveló sus letras gastadas, pero claras:
"El Último Pecado no es un mal que corrompe, sino un sacrificio que salva."
Álvaro frunció el ceño, la garganta en seco. Cada palabra quemaba, retorciéndose en su mente con un giro inesperado. ¿Sacrificio? Su cuerpo se tensó, un estremecimiento le recorrió la espalda mientras se inclinaba para devorar cada línea con sed de verdad.
Las historias que le contaron, las acusaciones mudas que lo condenaron al exilio... ¿y si todo había sido una mentira construida sobre un acto noble?
Las páginas describían un ritual ancestral, una entrega voluntaria de poder y vida para contener una plaga arcana que habría consumido Eldoria. Una carga destinada a un descendiente bendecido y maldito en igual medida, cuyo pecado no era sino la marca indeleble de esa condena sublime.
—Entonces, ¿qué misterio esconden estas palabras? —murmuró, la voz estremecida—. ¿Por qué me condenan y me llaman hereje si fue él... nuestro antecesor... quien nos salvó a todos?
Un ruido seco lo hizo girar de golpe. La sombra se despegó del muro. Una figura recortada contra la luz mortecina, un rostro conocido: Lorianne, su confidente y única aliada en aquella traición extendida.
—Pensarás en justicia, Álvaro —susurró ella con un brillo en los ojos donde se mezclaban la lealtad y el miedo—. Pero si esta verdad se descubre, destruirán más que tu nombre. Se quebraría la base misma de Eldoria.
El príncipe apretó los puños, el acero invisible de su voluntad forjándose.
—Entonces debo saberlo todo. No puedo ser la sombra de un sacrificio olvidado y culpable.
Lorianne bajó la mirada, como cargando un peso que la paralizaba.
—Hay más en ese códice... un relato oculto que los guardianes borraron con sangre y miedo.
Álvaro se acercó, la voluntad inflamándose con cada palabra.
—Muéstrame.
Ella extendió el manuscrito, la siguiente página un mapa trazado con tinta plateada bajo la luz intermitente. La silueta de un altar ancestral, perdido entre las montañas del este, donde se creía enterrado el último resto de aquella magia prohibida.
—Allí reside la verdad que buscan enterrar —confesó—. El lugar donde ocurrió el sacrificio y, quizás, donde está la clave para limpiar tu nombre.
El corazón de Álvaro palpitó con la ferocidad de mil tormentas, cargado de una mezcla imposible de ira y esperanza.
—Entonces marcharemos al amanecer. No permitiré que la historia me condene dos veces.
Lorianne asintió, y en su mirada tímida brillaba la chispa de un destino cambiado.
La noche cubrió con su manto oscuro la torre, pero dentro de sus entrañas se encendía una llama. La guerra por la verdad apenas comenzaba.
Un sonido sordo llegó desde la puerta de entrada: un golpe seco, pesado, insistente.
—¿Quién...?
Un suspiro helado cortó el aire como un filo invisible.
—Entonces, ¿por qué nadie recuerda este sacrificio ni lo honra?