NoveliqaReencarné en el Último Pecado del Reino y No Pienso Morir Sin Venganza / La primera batalla en silencio :0%
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Chapter 5

La primera batalla en silencio

Capítulo 5 La primera batalla en silencio

El frío mordía la piel de Álvaro con la precisión de una daga invisible. El eco de sus pasos se deshacía en los pasillos del palacio, un laberinto de piedra y secretos donde la luz mortecina de los candelabros dibujaba sombras que parecían deslizarse. Cada respiración era un ejercicio de autocontrol; la garganta seca, el corazón un tambor incansable, compensando el ritmo con la calma en su rostro.

Tras el callejón y el cruce de miradas con aquel extraño mago, el peso de la amenaza había cobrado cuerpo en su pecho. No eran fantasmas. Las fuerzas que querían verlo muerto se movían silenciosas, letales.

Un susurro metálico rasgó la quietud. Álvaro giró justo a tiempo para esquivar un puñal que rozó su mejilla, dejando un aguijón frío y ardiente.

—¿Creíste que la sombra te protegería? —una voz cortada por la máscara de la cercanía retumbó en sus oídos.

No hubo tiempo para respuestas. Un golpe certero cruzó la línea entre la defensa y el ataque, obligándolo a retroceder, a perpetuar la lucha en un juego mortal que se desplegaba entre columnas y tapices.

El cuerpo del atacante era la encarnación de la intención brutal y precisa. Álvaro sintió el filo del acero rozando su torso, un roce que quemaba más que cualquier herida. Con un movimiento improvisado, apartó la hoja con la palma abierta, el golpe derivó y encontró el hombro del enemigo, enviándolo tambaleante contra la pared.

Pero no había un solo enemigo.

Desde el reflejo tenue en un espejo, una sombra se lanzó hacia él. El choque fue de fuerza, de cuerpo contra cuerpo; la arena invisible de la contienda internalizaba cada movimiento, cada respiro contenido. Álvaro sintió el latido acelerado del instinto más puro: luchar para vivir.

Un ruido sordo resonó, el cuello del atacante impactando contra el suelo, un suspiro de final detenido en su garganta. Pero la sensación de peligro no cedió. Un segundo puñal fue lanzado por detrás, esta vez dirigido al vientre.

Sin tiempo para girarse, reaccionó con un giro torpe, el arma rasgando el aire y desgarrando la túnica oscura del príncipe. Una gota de sangre tibia y viva empezó a manar, lentísima, desde la herida superficial. Su mano, temblorosa, cubrió la mancha carmesí, mientras con la otra buscaba algo, cualquier cosa, para defenderse mejor.

Los segundos alargaban su sombra. La traición tenía mil ojos y no descansarían. Oía pasos apresurados en la distancia, susurros encubriendo órdenes, la frialdad de un plan bien orquestado que ahora lo apresaba.

Retrocedió hacia una pequeña ventana entreabierta. El frescor nocturno lo golpeó, renovando la sangre y la determinación, pero también advirtiendo: la huida era inevitable, no una derrota, sino un paso en el tablero mortal.

Saltó al muro del jardín interior con un suspiro contenido, la túnica ensangrentada marcada por su destino. Álvaro sabía que no había tiempo para curarse, ni para lamentar. El palacio, con sus muros imponentes y silencios cómplices, había sido puesto en su contra.

El eco de pasos más pesados resonaba detrás, la voz del sirviente más cercano a Mairon, o tal vez un asesino pagado: “No dejes que escape”.

El blanco de su silueta se perdió entre árboles centenarios que susurraban secretos en el viento nocturno, una danza entre luces crepusculares y la amenaza invisible de la tormenta arcana que parecía cernirse sobre Eldoria.

Pero el golpe más profundo venía ahora, en esas preguntas afiladas que perforaban cada vez más su fortaleza.

¿Quién había ordenado este ataque? ¿Por qué buscaban matarlo dentro de las mismas paredes que deberían protegerlo?

El miedo ya no era un lujo, sino un arma afilada. Y la batalla apenas comenzaba.

Un sonido seco llamó su atención desde la distancia: un búho, o tal vez un aviso. Álvaro apretó los dientes, apretando la mano donde aún sentía el calor de la herida. No podía confiar en nadie.

El juego estaba en marcha, y cada paso podía ser el último. Pero su mirada se endureció, más antigua que el recuerdo de su vida pasada.

Bajo ese cielo dividido, en un reino que esperaba que cayera, Álvaro Cael decidió: no moriría sin pelear.

¿Quién había ordenado esta emboscada y por qué?