Chapter 4
Capítulo 4 Un extraño aliado
El frío de la noche se colaba sin permiso por las grietas del muro. Álvaro Cael permanecía acurrucado entre las sombras del callejón, el pulso aún desbocado. El eco de las palabras que nunca llegaron latía con una intensidad brutal, como si el silencio mismo fuese una daga clavada en la garganta.
A su espalda, la ciudad de Eldoria dormía con la indiferencia de quien no conoce el peligro que se cierne. Sobre él, el cielo estaba dividido en un lienzo de tensiones: a un lado, las últimas luces crepusculares suspiraban con melancolía; al otro, nubarrones cargados de tormenta arcana amenazaban con desatar un caos ancestral.
Álvaro repasaba mil veces la escena, buscando en cada sombra una pista, un fragmento de verdad que iluminara las mentiras que lo condenaban. Pero la incertidumbre era un veneno más dulce que amargo, porque su cuerpo temblaba entre las llamas del odio y la necesidad urgente de supervivencia.
Un susurro entre los escombros.
No fue un sonido casual, sino un lenguaje secreto vestido de cuidado absoluto. Álvaro tensó los músculos, preparado para una emboscada. Pero la voz, cuando llegó, era suave, casi melodiosa, perforada por un acento que no podía ubicar.
—Álvaro Cael.
Se volvió en un solo movimiento, la mano ya sobre la empuñadura de su daga. Frente a él, una figura encapuchada emergía de la penumbra. Sus ojos, cuando la capucha cayó, brillaban con un azul eléctrico, un destello cruel y cautivador.
—No huyas —susurró el desconocido—. Vengo con una propuesta.
—¿Una broma? —escupió Álvaro, intentando medir cada palabra para ocultar su desconcierto—. Aquí no hay lugar para piedad ni pactos.
El mago esbozó una sonrisa ladeada, tan fugaz que pudo ser un espejismo.
—No soy enemigo. Todo lo contrario. Creo que podemos ayudarnos mutuamente.
Los labios de Álvaro se apretaron. —¿Y qué quieres tú con el último pecado de Eldoria?
Una sombra pasó por el semblante del mago. —Mi nombre es Lysander. He seguido tu caída, tu exilio, y sé que hay más detrás de esa acusación que simple traición.
Álvaro parpadeó, incapaz de esconder el destello de interés. —Si sabes tanto, dime entonces: ¿quién urgió esa trama oscura para derribarme?
Lysander inclinó la cabeza con gravedad. —No puedo decirlo todo aún. Pero mi fuente es fiable. Además, hay un poder que quiere reescribir la historia del reino... y tú eres un obstáculo en su camino.
El príncipe exiliado olió el peligro detrás de esas palabras, la promesa oculta en el aguijón. —¿Y cómo sé que tú no eres parte de esa oscuridad?
—Porque yo también soy un marginado —replicó Lysander, con el tono de quien revela un secreto prohibido—. La magia ancestral que llevas dentro... yo la manejo. Y quiero ayudarte a limpiar tu nombre.
Álvaro sintió que un giro punzante le atravesaba el pecho. La idea de un aliado, alguien que dominara lo que él apenas comenzaba a comprender, era tentadora.
Pero la noche estaba tejida con mentiras.
Una brisa arrancó hojas secas de los árboles, rodándolas como presagios entre sus pies. —Muy bien —dijo Álvaro, con cautela—. Habla.
Lysander sacó un pequeño pergamino enrollado y lo desplegó bajo la tenue luz de una lámpara de aceite que se mostró de repente, flotando sin soporte visible.
—Esto llegará a tus manos en las próximas horas. Contiene un fragmento de la verdad que necesitas. Sin embargo, no es suficiente para derribar a tus enemigos de golpe.
—Entonces —Álvaro alzó una ceja—, ¿por qué arriesgarte a venir a mi encuentro en vez de mantenerte en las sombras?
El mago clavó sus ojos eléctricos en él con una intensidad casi hipnótica. —Porque compartir la venganza es la mejor forma de protegerla. Pero debo advertirte: nadie es lo que parece. No tanto mis motivos como las personas que nos acechan.
El latido de sus palabras encendió una chispa de guerra en el alma de Álvaro. —No necesito más advertencias. Solo hechos.
Lysander enarcó una sonrisa. —De acuerdo. Pero la confianza se gana en la batalla, no en palabras.
Un ruido seco los sobresaltó. Ambos giraron al unísono.
A lo lejos, guardias de la ciudad patrullaban con antorchas encendidas, marcando límites invisibles entre seguridad y peligro.
—El tiempo es corto —murmuró Lysander—. Si decido ayudarte, deberás desconfiar hasta del eco de tu sombra.
Álvaro lo miró, evaluando el brillo imposible tras aquellos ojos azules.
¿Era este extraño mago un salvavidas lanzado en medio de un naufragio, o una serpiente que albergaba dentro su veneno mortal?
Los rumores y la traición danzaban a su alrededor, y a cada paso sentía que la telaraña se cerraba con más fuerza.
Pero la venganza ardía como un fuego imposible de apagar.
—Primero —dijo finalmente—, hablemos de esa prueba. ¿Dónde la conseguiré?
Lysander giró hacia la calle, fundiéndose con las sombras que lo abrazaban. —Busca en la librería olvidada en la esquina de la plaza de los susurros, bajo el primer aguacero. Allí comenzarás.
Y con una última mirada enigmática, el mago desapareció, dejando a Álvaro solo con sus preguntas y un olor a misterio flotando en el aire.
El príncipe apretó el puño. —Un extraño aliado... o un nuevo enemigo.
No había margen para el error. Eldoria dormía ajena, pero pronto se despertaría en llamas.
Y Álvaro Cael estaba dispuesto a ser la chispa que las encendiera.
Una silueta se materializó en el extremo del callejón. Unos ojos observaban, calculando. ¿Sería aquel extraño mago solo una pieza más en el juego oscuro de Lord Mairon Vell?
El silencio se volvió un filo.
El peligro había encontrado un nuevo nombre.
Y la noche no perdonaría.