Chapter 3
Capítulo 3 La acusación que nadie comprende
Un golpe seco, rotundo, como el martillo de un verdugo, hizo vibrar la madera de la puerta hasta sus huesos. En el silencio afilado que siguió, todo se volvió un susurro oscuro de presagios. El aire se espesó, se cargó con la electricidad de la inminencia. Las sombras que bailaban caprichosas por la tenue luz de la antorcha, de repente parecían amenazantes, como si quisieran engullirlo.
Álvaro contuvo la respiración, el corazón martilleándole en las sienes como si quisiera romper su jaula. La mano que acababa de presionar contra su pecho temblaba levemente, una señal apenas visible, pero para él, un relámpago de alerta.
—¿Quién está ahí? —la voz emergió rasgada, casi un lamento que se negaba a morir.
Hubo un silencio cargado, el latido del mundo detenido en el preciso momento antes de la tormenta. Luego, un murmullo quebrado, voces lejanas que se acercaban con una cadencia amenazante: pasos firmes, ordenados, implacables.
Sin tiempo para pensar, Álvaro se apartó de la pared y se disimuló en las sombras más densas de la habitación. Desde allí, vio cómo la puerta se abrió de golpe y figuras armadas inundaron el vestíbulo, sus armaduras repujadas reflejaban la luz con destellos agudos, sus rostros eran máscaras inexpresivas de deber y condena.
—¡Por la orden del Consejo Real! —una voz tronó, autoritaria y sin lugar a dudas—. Álvaro Cael, príncipe Cael, queda arrestado por traición al reino y profanación del altar sagrado.
Un escalofrío helado explota en el pecho de Álvaro. Aquellas palabras resonaron como la sentencia definitiva, un grito salvaje enterrado bajo siglos de odio. Traición... profanación... ¡mentiras! Pero las palabras, aunque falsas, eran cuchillas afiladas que desgarraban la confianza de quienes le rodeaban.
De la multitud que había ido reuniéndose en el patio al escuchar el escándalo, surgieron murmullos que se enroscaban entre ellos, hipnóticos y venenosos.
—¿Cómo puede ser? ¡El príncipe Cael, el inocente! —Su pecado fue el escándalo en toda Eldoria. —Mi señor, la evidencia es irrefutable...
Álvaro presintió la marea oscura arrasando todo vestigio de justicia. Los ojos de los guardias, amigos quizás hasta la noche anterior, ahora eran pozos negros de temor y fanatismo. La acusación era un veneno que corroía el mismo aire.
—¡Dejadme hablar! —su voz se alzó, quebrada pero llena de fuerza—. No hay crimen alguno. Solo una mentira urdida para destruirme…
Pero no hubo respuesta más que la sombra fría de la ley que descendía sobre él. Lo esposaron con hierro forjado, los eslabones mordiendo su piel con un frío que calaba hasta el alma. Entre la multitud, una figura emergió de repente: Lord Mairon Vell, el hombre que había estado en la sombra desde el primer día, con una sonrisa sutil, insidiosa.
—No es más que la justicia restaurada, príncipe. —La voz de Mairon era un cuchillo envuelto en terciopelo—. Eldoria necesita orden, y tu legado es una mancha que debemos limpiar.
Álvaro lo miró, el veneno de la traición ardiendo en sus ojos. Inmediatamente reconoció aquella amenaza disfrazada de verdad, un intento de borrar su nombre y su sangre. El mundo se hacía pequeño, encajonado entre paredes de odio y ceguera.
—¡Esperad! —gritó una voz inesperada desde la multitud—. Ese Edicto no es suficiente para juzgarlo.
Todos giraron a ver a la joven mujer que había emergido furtiva desde las alturas de la muralla, su semblante serio y los ojos encendidos. Era Lena, la consejera arcana, un misterio envuelto en secretos ancestrales. Pero antes de que pudiera continuar, dos guardias la empujaron con rudeza.
—Retiraos, traidora —gruñó uno—. Aquí se dicta ley, no frivolidades.
El caos crecía, la multitud dividido entre ira, duda y miedo. Álvaro sabía que para cambiar ese destino necesitaba tiempo, y tiempo era el lujo más difícil de conseguir.
En el fragor de la noche, una voz bajó al oído del príncipe encarcelado, apenas audible y cubriéndose con el rumor del viento:
—No fue Mairon… alguien planta las pruebas que te condenan.
Álvaro giró en dirección al susurro, buscando aquella sombra amiga entre tantos rostros desconocidos.
—¿Quién…? —su pregunta quedó suspendida en el aire mientras el sonido metálico de las puertas del calabozo resonaba tras de él.
La respuesta no llegó. Solo el eco de una verdad ocultada bajo engaños antiguos.
¿Quién plantó la evidencia incriminatoria contra él?
Y en la penumbra, el destino comenzaba a tejer una telaraña tan compleja como mortal.