Chapter 2
Capítulo 2 Sombras del pasado
El eco del portazo reverberó en las paredes frías de la cámara, pero no fue el ruido lo que atrapó a Álvaro Cael; fue el peso sepulcral del silencio que llenó el espacio, como si el aire mismo contuviera el aliento y temiera romper la quietud.
Su pecho subió con dificultad, cada inspiración se le clavaba en la garganta, densa y áspera, como si la verdad recién escuchada rasgara toda la esperanza. Se apoyó en la mesa de roble, las manos temblorosas aferrando el borde hasta que las yemas le palpitaban, dormidas por el frío que calaba la piel.
“Último Pecado...” repitió en un susurro, una frase cuyos significados se desdoblaban como sombras en la penumbra. ¿Qué era ese pecado tan oscuro que lo condenaba ante todos? ¿Qué culpa cargaba su sangre?
Sus ojos, acostumbrándose al débil resplandor de la vela, buscaron en la estancia una respuesta. Tras un baúl deteriorado y cubierto de polvo, algo llamó su atención: una rendija de madera entreabierta, casi oculta detrás de cortinas raídas. El corazón le dio un vuelco espontáneo, esa fisura parecía un hueco hacia otro tiempo, un lugar donde el pasado no había sido borrado.
Con la cautela de quien teme que un movimiento equivocado pueda desatar una tormenta, Álvaro se acercó. El ambiente se tornó más frío; la vela parpadeó, lanzando sombras caprichosas sobre las paredes. Metió la mano y apartó con esfuerzo una tabla suelta, revelando un espacio estrecho repleto de papeles amarillentos. El olor a encuadernación rancia y tiempo olvidado lo envolvió como un hechizo.
Sacó con cuidado un volumen encuadernado en cuero agrietado, la portada solo mostraba un emblema desgastado: un escudo familiar, casi ilegible, pero propio. Lo abrió y una ráfaga de polvo ascendió, picándole la nariz.
Cada página sugirió un susurro: testimonios, cartas selladas y crónicas medievales escritas con caligrafía poética. Empezó a leer, pero no fueron las palabras sino la atmósfera cargada la que lo atravesó, como si los mismos fantasmas del pasado tocaran su pecho.
Mientras pasaba las hojas, sus pupilas se agrandaban con cada revelación.
Una carta, fechada décadas antes de la caída de su linaje, le habló con tinta oscura de traiciones punzantes y promesas selladas en sangre. La firma final apenas se distinguía, pero el nombre “Mairon Vell” apareció escrito con una expresión cruel que parecía resbalar de la tinta.
Álvaro sintió que algo se desmoronaba dentro de él: la historia no era blanco y negro, ni cuento de honor y justicia como le habían contado.
Entre los documentos, encontró un pergamino sellado con cera roja y el símbolo arcanos del reino: un círculo entrelazado con runas que él no reconocía pero que sentía vibrar contra la piel. Al abrirlo, apareció un mapa con anotaciones ocultas, papeles que hablaban de un “Pacto ancestral” y de una “sombra que debía ser guardada”.
El calor interno se tornó un frío helado; el secreto no solo condenaba a su familia, quizá había algo más terrible, una verdad que no debía salir a la luz. La corona podría ser mucho más peligrosa de lo que suponía.
De repente, unos pasos resonaron en el pasillo. Álvaro cerró violentamente el baúl, ocultando el pergamino entre sus ropas. La vela titubeó y la luz dejó de iluminar el rincón, sumergiéndolo en la oscuridad de nuevo.
La voz profunda, cargada de amenaza, vibró tras la puerta:
—No eres el único que busca respuestas, príncipe.
El corazón de Álvaro se aceleró, mientras una sombra alargada de botas se asomaba bajo la puerta. ¿Quién vigilaba, qué otros secretos todavía amenazaban con aplastarlo? ¿Y qué oscuro secreto ocultaba su familia antes de la caída?
El peso de la noche se volvió insoportable. El príncipe apretó el tomo contra el pecho y susurró para sí mismo, temblando:
—Tengo que saber la verdad... aunque cueste la vida.
Un golpe seco retumbó en la entrada. El sonido resonó como un ultimátum.
Álvaro contuvo el aliento.
Las sombras se cerraron a su alrededor.