NoveliqaReencarné en el Último Pecado del Reino y No Pienso Morir Sin Venganza / La red de la conspiración :0%
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Chapter 13

La red de la conspiración

Capítulo 13 La red de la conspiración

El silencio se apoderó del aposento como una manta helada, pero no había tregua para Álvaro Cael. Aferrado a la remodelada empuñadura de su espada, sus dedos blancos apenas podían disimular la tensión que recorría cada nervio de su cuerpo. La noche había devorado toda esperanza, dejando a su paso un reguero de dudas tan afiladas como las hojas caídas bajo la ventana abierta.

La ventana. Esa rendija entre el mundo de las sombras y el tenue resplandor de la luna quebrada. Un feroz viento colaba fragmentos de escarcha que se clavaban en su piel, recorriéndole la nuca con la misma insistencia que un latido acelerado. En ese instante, bajo un cielo dividido entre luz mortecina y oscuridad, comprendió que nada —ni siquiera su sangre real— le garantizaría seguridad.

— ¿Eres tú o la sombra del reino lo que temo más? —susurró Álvaro, con la voz rasposa, casi para sí mismo.

No hubo respuesta. Solo el eco de su respiración, áspera y errática, batiendo entre las cortinas que oscilaban como fantasmales centinelas.

Un roce en el suelo lo hizo alzar la vista con rapidez contenida. Bajo la mesa, un simple pergamino enrollado y atado por un hilo rojo como brazada de advertencia. Cada pieza de la habitación parecía contener una historia oculta, pero ese documento—era la chispa que prendía una hoguera en su mente anegada por la desesperanza.

Desatando con mano lenta el hilo, desplegó el pergamino bajo la débil luz de una lámpara de aceite. En tinta negra, gruesa y minuciosa, danzaban símbolos y palabras como un laberinto encriptado.

“Alianzas secretas, manos negras que tejen el destino. El reino no es de quien ostenta corona, sino de quien domina las sombras entre la nobleza.”

Un mapa. Sí. Pero no uno cualquiera. En él, además del trazado de la capital y sus barrios individuales, brillaban tenuemente varios sellos en forma de dragón y serpientes entrelazadas, símbolos antiguos que Álvaro reconocía como artefactos prohibidos.

Sus ojos se clavaron en un punto concreto: una mansión en la parte alta, hogar de un viejo amigo, uno de esos confidentes que siempre se tecen en el tapiz de la traición y la lealtad.

El corazón le golpeó el pecho con fuerza desbocada y una tormenta eléctrica le recorrió la columna vertebral. La red de conspiración que temía se extendía como raíces invisibles, envenenando lo más sagrado. ¿Cuántos entre sus amigos estaban involucrados en esta trama oculta?

Antes de que pudiera amarrar ese pensamiento con lógica o coraje, un paso vacilante resonó tras la puerta. Álvaro tensó cada músculo, cada sentido aguzado para el instante decisivo. La sombra que acechaba ya no solo moraba en la noche, sino que se palpaba en el aire, densa y amenazante, aguardando para devorarlo.

La mano que golpeó la madera fue ligera, casi imperceptible, pero suficiente para que el príncipe exiliado entendiera: no estaba solo en la oscuridad. Y alguien—algo—quería que lo supiera.