NoveliqaReencarné en el Último Pecado del Reino y No Pienso Morir Sin Venganza / Sombras que acechan en la corte :0%
Log in

Chapter 11

Sombras que acechan en la corte

Capítulo 11 Sombras que acechan en la corte

El golpe en la puerta resonó en el pasillo como un signo de condena, un oscuro presagio. La mano de Álvaro permaneció suspendida unos segundos, petrificada, sobre el pomo. El aliento le ardía, áspero, cortado por la tensión que se colaba en sus venas como un veneno frío.

Las tablas del suelo chirriaron bajo sus pies al dar un paso atrás, como si el mismo palacio respirara con ese ruido, prestando atención. En la penumbra, su reflejo en el vidrio opaco de la ventana titubeó entre luces cruzadas: relámpagos de tormenta entretejidos con párpados cerrados.

—¿Quién…? —exhaló, apenas un murmullo.

Pero no hubo respuesta. Ni un suspiro, ni un latido ajeno más allá del eco de su pulso. Entonces, la puerta volvió a sacudirse con un golpe seco, más violento, como quien no acepta un “no” por respuesta.

Una silueta oscura se perfiló al otro lado, apenas perceptible en la grieta que quedó cuando la bisagra cedió un suspiro para dejarla entreabierta.

—Álvaro Cael —susurró una voz cavernosa, ungida de hiel y sigilo—. ¿Crees que podrás esconderte para siempre?

El corazón de Álvaro se encogió como una bestia atrapada en una jaula. Todos los fantasmas del pasado, las heridas abiertas de la traición, se apiñaron en torrentes de recuerdos hirientes. No era solo una amenaza; era un convite a la destrucción.

—Mairon —respondió, la palabra como una daga que rasgó su garganta. La furia aprendida, la rabia contenida, colisionaron en un filo de acero invisible—. ¿Qué quieres? ¿Qué buscas en los rincones de esta fortaleza para despertar a las sombras que creías domesticadas?

—Tu caída —dijo el hombre, sin moverse del umbral—. Y la gloria que podría convertir a Eldoria en mi dominio absoluto. No entiendes que tu simple existencia es un estorbo para el futuro que imagino.

Silencio. Solo el silbar del viento y las primeras gotas de lluvia que comenzaron a azotar los cristales lejanos, como un latido de urgencia.

Álvaro apretó los dientes. Sabía que enfrentarse a Mairon no era cuestión de fuerza bruta. No mientras el enemigo jugaba con piezas invisibles, moviendo hilos en una red tejida para atraparlo.

—No me rendiré —aseguró con voz firme, afilada como caricia y amenaza a la vez—. Aunque el mundo entero me niegue, aunque mi apellido se arrastre en el barro, yo demostraré que soy inocente.

La silueta se oscureció más cuando la puerta se cerró de golpe, dejando tras de sí un rastro de frío helado. La tormenta había estallado con furia, y sus relámpagos arañaban los muros del castillo como si quisieran revelar secretos enterrados.

Álvaro deslizó la espalda contra la puerta, dejando que el peso del mundo le aplastara un instante las costillas. El rostro, iluminado sólo por el resplandor de los fuegos lejanos, estaba marcado no por el miedo, sino por una determinación feroz.

El palacio no era ya un refugio. Era una jaula emponzoñada, donde las sombras se movían con vida propia.

*

Pasaron horas sin que la lluvia cesara, mientras en la ciudad, los murmullos crecían como un incendio en el bosque seco. Los pasillos de piedra antigua se habían llenado de rostros enmascarados por intereses y alianzas ocultas.

En la Sala del Trono, la luz parpadeaba entre los tapices desgarrados que narraban las gestas antiguas, cubiertos por una capa de polvo. Allí, un grupo reducido de nobles susurraba, con gestos tensos y miradas esquivas.

Lady Serena, la dama de cabellos plateados y ojos que recordaban un mar tormentoso, se acercó al círculo con pasos silenciosos. Nadie osó mirarla directamente, como si temieran que la temible discreción que la envolvía descubriera sus secretos más oscuros.

—¿Qué órdenes tienes? —preguntó con voz baja, grave, cargada de doble filo.

El Conde Voren, un hombre de rostro anguloso y voz áspera como la roca, se volvió hacia ella.

—Mairon ya no controla Eldoria —dijo, dejando la sentencia como un tronco caído en medio del fragor—. El verdadero poder está en las sombras que ellos creen desconocidas.

—¿Estás insinuando que alguien más gobierna? —la respuesta fue rápida, fiel a su impaciencia.

—Exacto —replicó él con una sonrisa seca—. Hay facciones que se han alzado, que mueven piezas incluso sin rostro visible. Y mientras todos miran a Mairon, esas sombras avanzan silenciosas.

Lady Serena apretó la mandíbula. En sus manos, un pergamino arrojado furtivamente por un mensajero minutos antes, desplegaba un símbolo—un emblema antiguo que poco a poco regresaba al susurro del poder: un sol negro con alas.

—Esto puede cambiarlo todo —dijo, bajando el papel, consciente del peso de sus palabras—. Álvaro debe saberlo antes de que sea demasiado tarde.

*

Mientras tanto, Álvaro recorría en silencio el laberinto de corredores que lo separaban de la Sala de la Justicia. Sus pasos no sólo eran para buscar respuestas. Eran un desafío para aquellos que lo acechaban, una señal muda de que no iba a doblegarse.

Los ecos de sus pisadas se mezclaban con los murmullos apagados tras puertas cerradas, con el crujir de cortinas agitadas por la tormenta interna y externa. Las sombras se agolpaban, disfrazadas de cortesanos y guardias, observando con ojos que nada pierden.

De repente, una mano surgió de la oscuridad y atrapó su brazo con fuerza. El sonido seco de una daga siendo extraída rasgó el aire.

—No puedes escapar, Álvaro —susurró una voz que parecía salir del mismísimo abismo.

Se liberó con un movimiento tan rápido que parecía un destello. La daga cayó al suelo, enterrada profundamente en la piedra. Pero no era un enemigo solitario: el corredor comenzó a llenarse de siluetas, tantas que la oscuridad cobraba cuerpo.

Álvaro susurró con voz áspera:

—¿Quién gobierna Eldoria desde las sombras?

Un silencio mortal siguió a esa pregunta, sólo roto por el estruendo de un relámpago que iluminó el rostro detrás de la última sombra: una figura encapuchada, cuya sonrisa era más temible que cualquier espada.

—Pronto lo sabrás —respondió, mientras una multitud invisible se cerraba alrededor de él—. Pronto.

Y entonces, la noche se tragó el último suspiro de esperanza.