Chapter 1
# Capítulo 1: El despertar en un cuerpo ajeno
Un aire viciado de humedad y polvo antiguo se colaba entre las frágiles maderas del lecho donde Álvaro abrió los ojos, pero algo no encajaba. El mundo giraba con una pesadez densa, como si la gravedad hubiese decidido que ese instante era demasiado importante para ser liviano. Parpadeó rápido, sin reconocer la celda de piedra ni el frío hierro mullido alrededor de su cuello.
Su cuerpo no era el suyo.
Cada músculo, cada hueso, gritaba desconocimiento.
—¿Dónde...?
La voz escapó ronca, amortiguada por el nudo apretando su garganta. El sabor metálico de la sangre vieja asomaba en su boca. Intentó incorporarse, un mareo agudo cortó el aire y sus manos tropezaron con la cama: piel pálida, dedos largos y fuertes, pero dedos que no recordaba jamás haber tenido.
Sentía el frío mordiendo la piel bajo la túnica de seda descolorida, y un olor a perfume ambarino mezclado con la madera quemada lo envolvía. Detrás de sus párpados cerrados por un instante, se proyectaban imágenes fugaces: un trono dorado, rostros severos, tormentas. Un nombre resonaba, profundo y resonante —Cael.
Pero ¿quién era Cael?
Alzó la mano, observó la armadura con relieves de dragones que le cubría el pecho; un símbolo familiar e imposible a la vez. A su lado, un espejo antiguo reflejó un rostro que no pertenecía a Álvaro, pero cuyos ojos verdes lo quemaban con un fuego cruel y conocido.
—Príncipe... —susurró una voz áspera detrás de la puerta—. ¿Despierta finalmente el Último Pecado?
El corazón de Álvaro, ahora latiendo dentro del cuerpo del príncipe Cael, se enredó en trampas invisibles. La ira y el miedo, el desconcierto y el deseo de justicia batallaban en cada latido.
La puerta crujió y se abrió con lentitud, dejando pasar a un hombre con armadura oscura y mirada afilada como acero. El semblante duro, salpicado de cicatrices, jamás mostró compasión; solo desprecio.
—Mairon Vell —pensó Álvaro con una mezcla de terror y odio.
El mismo que, en la vida pasada, fue la sombra que se burlaba de sus sueños y desterraba cualquier esperanza.
—Príncipe Cael —dijo Mairon, acercándose con pasos calculados—, aún te llamamos Último Pecado porque tu alma cargó la condena que ahora amenaza el equilibrio de Eldoria.
Álvaro sintió como si el aire se espesara, y una tormenta invisible electrizara cada hebra de su ser.
—¿Equilibrio? —su voz, más firme esta vez, cortó la distancia—. ¿Por qué todos me temen? ¿Por qué quieren verme muerto antes de escuchar la verdad?
Mairon sonrió, una mueca que no alcanzó a ocultar su veneno.
—Porque eres un pecado no solo antiguo, sino subversivo. La mancha que, si se limpia, cambiará para siempre nuestro reino.
La mirada de Álvaro se clavó en la del hombre, buscando respuestas en la mezcla de odio y calculadora ambición.
Un golpe seco resonó en la sala, interrumpiendo la calma tensa.
—Príncipe, debe despertarse de ese sueño inútil. Los muros escuchan, y el destino no perdona a los condenados.
La puerta volvió a cerrarse con estrépito, dejando tras de sí un silencio denso, pesado, y una pregunta clavada como daga en el pecho:
¿Por qué todos llaman al príncipe Cael “el Último Pecado”... y lo quieren muerto?