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Chapter 9

Alianza Inesperada

Capítulo 9: Alianza Inesperada

El clamor de metal retumbó en el eco del callejón. El cuerpo de Lucas osciló hacia atrás, la pólvora aún brillando en el aire cargado, un filo invisible cortando entre la lluvia tibia que acababa de comenzar. La sangre en su costado incendiaba su piel, un fuego cruel que teñía de rojo la grisura de la noche.

Respiró con dificultad, el golpe aturdía sus sentidos, pero el terror —o tal vez la determinación— le mantenía erguido. Un segundo disparo había desgarrado la escena, el humo mezclándose con la neblina urbana, como si la propia ciudad respirara en un complicidad silenciosa.

—¿Quién está ahí? —susurró, el corazón retumbándole en las sienes.

Un movimiento ligero detrás de un contenedor oxidado. Lucas, tambaleando, empujó con fuerza el dolor, sus manos buscando algo, cualquier cosa. Y entonces, una voz profunda emergió del silencio roto.

—Relájate, no te dispararé otra vez.

La voz tenía un matiz áspero, pero pausado, medido.

—¿Quién diablos eres? —inquirió Lucas, tratando de enfocar, el mundo girando lento como una pesadilla sin escapatoria.

Un hombre emergió de la sombra, rostro cubierto por la capucha de su abrigo negro. Sus ojos eran dos fragmentos de metal pulido, atentos, calculadores.

—Eso tendrás que decidirlo tú mismo, Méndez.

El corazón de Lucas se detuvo. Méndez. Su propio apellido, pronunciado con ese énfasis por un desconocido, sacudió algo adentro que insistía en hartar el olvido.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Digamos que llevo tiempo observándote. Todos los movimientos, pequeñas pistas. Eres más interesante de lo que aparentas.

Se enderezó, revelando un poco más su rostro. Barba incipiente, cicatrices marcando una historia que no parecía contar con sinceridad.

—¿Qué quieres de mí? —Lucas aún apoyaba una mano en la herida, el frío que entraba era penetrante, pero más intenso era el peso de lo no dicho.

—Ofrezco información. Una alianza.

Las palabras cayeron con un peso extraño, como si la proposición equivaliera a una cuerda lanzada desde un acantilado, prometiendo rescate o caída segura.

—¿Y el precio? —replicó Lucas, la prioridad stálecida: descubrir quién era, qué escondía su pasado que le condenaba a esa incertidumbre infinita.

—Un favor. Uno peligroso.

La atmósfera parecía volverse más densa; el murmullo de la ciudad, los pasos lejanos, los coches apagados en calles desiertas, todo componía una sinfonía que exigía un compromiso.

—¿Qué clase de favor?

El hombre lazó una sonrisa ladeada, escurridiza.

—Eso depende de ti. Podrías dar el primer paso para reconstruir tu vida, a riesgo de perderte para siempre.

Lucas sintió el latido frenético de su pecho retumbar en sus oídos. Un fugaz destello de memoria: voces lejanas, un cristal roto, una lágrima cálida sobre un rostro invisible.

—¿Por qué yo?

—Porque sabes más de lo que crees. Y porque hay quienes prefieren que no recuerdes. Como Dorian Salazar.

La mención de ese nombre le provocó una descarga eléctrica. El enemigo intangible que había sentido acechándole, una sombra omnipresente que tejía redes en la oscuridad para atraparle.

—Si me ayudas, ¿cómo sé que no serás otro de ellos?

—No lo sabrás hasta que decidas confiar.

El hombre sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo, lo deslizó sobre la mano herida de Lucas. Un frío metálico penetrante, pero al mismo tiempo un latido sutil, como un pulso en la palma, un registro. Una promesa tácita.

—Esto servirá para rastrearte en caso de emergencia. O para encontrarte si decides huir.

Lucas contempló el objeto, su brillo refletando la escasa luz del callejón.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

La respuesta llegó con la prisa de un trueno.

—No mucho. Cada minuto que pasa Salazar está más cerca. Y él no concede segundas oportunidades.

Un peso invisible calcó sus hombros. La herida le dolía menos que la traición que sentía crecer dentro, la incertidumbre que mordía las raíces de su alma.

Alzó la vista al hombre.

—Estoy dispuesto. Pero advierto que si me traicionas, no habrá lugar en la ciudad para esconderte.

El desconocido asintió, una sombra de respeto iluminando sus ojos.

—Entonces, comencemos.

Y mientras la lluvia se intensificaba, mezclándose con la sangre fresca y el frío cortante, Lucas supo que aquella alianza era quizá el único hilo que podía tirar para desenterrar la oscuridad que le consumía.

Pero también entendió que, en ese juego, la línea entre salvación y condena era más delgada que un suspiro.

¿Hasta dónde estaba dispuesto a llegar para recuperar su pasado?

Un golpe seco resonó tras ellos, y ambas miradas se clavaron hacia la entrada del callejón.

La silueta que emergía era inconfundible.

Dorian Salazar.

El eco del olvido había comenzado a resonar con fuerza.