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Chapter 8

La Sombra de Dorian

Capítulo 8 La Sombra de Dorian

El frío mordía la piel de Lucas con la ferocidad de un invierno que no respetaba estaciones ni treguas. Su corazón golpeteaba contra el pecho como un tambor desbocado, retenido en el ecosistema oscuro y opresivo de la ciudad que comenzaba a despertar entre susurros y sombras alargadas. La pregunta que le había estallado en la cabeza no le dejó respiro: ¿Quién manipulaba su historia para esconder una verdad que podía devorar todo a su paso?

No era solo un pensamiento; era una daga invisible hurgándole en la garganta. ¿Y cómo enfrentarse a quien tenía el poder de borrar la memoria misma, de tejer mentiras tan densas como la niebla de esta madrugada?

Sus dedos, temblorosos pero decididos, desenfundaron con torpeza la vieja foto que había encontrado en un bolsillo secreto del abrigo. Una imagen borrosa, casi espectral, pero con figuras que –sin saber cómo– le resultaban familiares. Una mujer, quizás, cuyos ojos guardaban un secreto tan profundo que Lucas sintió un golpe frío recorrer su espalda.

Ahora, la única pista tangible y punzante era esa sombra, la sombra de un nombre inexplicable: Dorian Salazar.

Hendiduras en las aceras, grietas en las paredes, telares de grafitis y anuncios raídos coloreaban su camino mientras avanzaba por las arterias de la ciudad. Sus pasos resonaban en el callejón angosto bajo la tenue luz de un farol parpadeante, que parecía teatralizar su incertidumbre con destellos irregularmente amenazantes. El hedor a humedad mezclado con desperdicios le revolvía el estómago. La urbe se mostraba en sus formas más crudas, sin máscaras, desafiante.

Lucas se detuvo al borde de la penumbra, alzada entre el muro que contenía una maraña de tuberías oxidadas y las sombras suspendidas de cables eléctricos. Ahí, en ese rincón casi olvidado, sus ojos buscaron algo que no sabía bien qué era, pero que su intuición le imploraba encontrar.

Entonces lo escuchó.

Un susurro, apenas un roce en la brisa, como un aliento áspero detrás de su nuca. Giró con rapidez, pero no vio nada. Solo el latido trepidante de su propio pulso llenaba sus oídos. En el fondo de la garganta, la sensación de un peligro inminente lo congeló por un instante.

—¿Quién anda ahí? —su voz rasposa desafió el vacío, pero quedó atrapada en el aire frío.

Un sonido metálico, una sombra que se deslizó entre los charcos sombríos. Y luego, la emboscada.

Un cuerpo cayó sobre él de golpe, la fuerza le quitó el aliento. Palpó la oscuridad con desesperación: manos que sujetaban firmemente, un rostro que buscó con la mirada pero solo encontró el roce punzante de una navaja rozando su cuello.

El asaltante respiraba con dureza, un susurro áspero salió entre sus dientes apretados:

—No sigas más con esto, Lucas...

Una voz informal pero cargada de amenaza. El nombre resonó como un martillo clavando una estaca, como si quisieran recordarle que estaba atrapado.

Pero Lucas no estaba dispuesto a ceder. Su mano encontró el cañón de una pistola oculta entre el cuerpo ajeno. El roce frío le quemó la piel y el tiempo pareció dilatarse. Sus ojos se encontraron con los de aquel invasor desconocido, pero la penumbra jugaba con sus sentidos, distorsionando sus formas.

Un disparo cortó la noche como un estilete.

El eco reverberó en los muros del callejón, y entonces todo se tornó un poema caótico de sonidos rotos, movimientos frenéticos y una pregunta brutal flotando entre la tensión que se sentía apretarle la garganta.

¿Quién había disparado?

El cuerpo del atacante cayó, un estertor de sorpresa y dolor. Pero Lucas se hundió hacia atrás, al borde de perder la conciencia, con la imagen de un rostro que empezaba a dibujarse en su memoria fragmentada.

Una sombra más oscura que la propia noche se acercaba.

El eco de esa bala no era solo un sonido. Era la clave.

Y cuando sus párpados temblaron a punto de cerrarse, la última certeza que atravesó su mente fue: no estaba solo.

Alguien estaba con él en ese callejón.

Y esa presencia podía decidir su destino.

—Lucas... —una voz profunda, familiar y cargada de urgencia, pero también de un secreto mortal.

El silencio se aplastó, denso, mientras la sombra se cernía, y un segundo disparo rompió el aire, congelando todo corazonazo en suspenso.

¿Quién disparó primero?

¿Protección? ¿Traición?

El abismo se abría bajo sus pies.

Y la ciudad entera parecía contener el aliento.