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Chapter 6

El Doble Juego

Capítulo 6 El Doble Juego

La luz tenue del celular se desvaneció, dejando un silencio pesado en la habitación. Lucas permaneció inmóvil, el teléfono aún caliente contra la palma de su mano. Tres palabras, un aviso que retumbaba en su cabeza como un martillo invisible, golpeando sin pausa: “Deja de buscar”. El aire pareció volverse más denso, casi turbio, como si las paredes mismas conspiraran para cerrarse sobre él.

Su respiración se volvió entrecortada. Un escalofrío arrastró desde la nuca hasta la punta de los dedos, helando su piel con una presencia intangible pero ominosa. Intentó poner orden a sus pensamientos, pero solo obtuvo fragmentos confusos: ¿Quién había enviado ese mensaje? ¿Qué buscaban impedir? ¿Y, sobre todo, por qué él?

Se incorporó con lentitud, dejando caer el teléfono sobre la mesa con un sonido sordo. Entonces, su vista se posó en el borde del escritorio. Una pequeña caja negra, casi invisible a simple vista, que antes no había notado. La agarró con una mezcla de curiosidad y alarma.

Al abrirla, un brillo metálico atrajo su atención: una llave antigua, pesada, con un diseño intrincado que parecía sacado de otra época. Sin inscripción, sin pistas, solo un frío peso que parecía encerrar muchas más preguntas que respuestas.

—¿Qué trampa es esta? —murmuró para sí, la voz ronca y cargada de incertidumbre—. ¿Quién me manda esto, y por qué ahora?

Las sombras en la habitación parecían crecer, como bailando al ritmo de una amenaza invisible. Lucas se frotó el rostro, tratando de despejar la niebla que le nublaba la mente. En su interior, una alarma distinta comenzó a sonar: la intuición le gritaba que aquello no era un accidente ni una broma macabra. Era una invitación silenciosa, un desafío mordaz.

Recordó entonces la silueta que vio a lo lejos en la estación, la mirada clavada en él con una intensidad desesperante, casi familiar, antes de desaparecer entre la multitud. ¿Sería esa persona la fuente del mensaje? ¿O un emisario de Dorian Salazar, siempre un paso detrás, siempre controlando los hilos desde la oscuridad?

El teléfono vibró de nuevo sobre la mesa. Una notificación sin remitente, otra vez. Esta vez, un archivo adjunto: una fotografía borrosa, apenas discernible, pero que le hizo el corazón saltar.

Era una puerta. Una puerta vieja, de madera azabache, con marcas de desgaste profundas que hablaban de décadas bajo el olvido, acaso siglos. Y en el centro, clavada en la cerradura, la misma llave vieja que sostenía entre sus dedos.

—¿Dónde demonios está esto? —susurró, azorando su mirada entre las paredes agrietadas del cuarto y la imagen—. ¿Qué puerta abrirá esta llave que ninguno esperaba?

Un ruido seco lo sobresaltó: alguien tocaba la puerta principal con insistencia, una llamada urgente, exigente, implacable. La atmósfera se tensó al instante. Lucas giró el cuerpo, cerrando la caja con la llave adentro, y se acercó con cautela.

Abrió un pequeño resquicio de la puerta y miró al pasillo vacío. Nadie. Pero del suelo, al borde del umbral, un sobre blanco esperaba, con su nombre escrito a mano, con una caligrafía nerviosa, casi temblorosa.

Lo recogió con los dedos temblorosos y abrió con cuidado. Dentro, una nota manuscrita escueta:

“No confíes en nadie. Ni en ti mismo.”

El detalle más inquietante: la tinta de la nota parecía fresca, aún húmeda.

Lucas cerró los ojos, intentando recomponer el caos que crecía en su pecho. Cada indicio era un acertijo. Cada paso hacia su identidad, un callejón sin salida disfrazado de avance. Con dedos apretados, volvió a mirar la llave, la fotografía, el mensaje. Todo un rompecabezas de sombras que amenazaba con devorarlo.

Afuera, la ciudad continuaba envuelta en su neblina gris, indiferente al drama que se cocía en un pequeño apartamento en el centro, donde Lucas Méndez, un hombre sin pasado, ahora se encontraba atrapado en el doble juego de un enemigo invisible.

Y esa llave, silenciosa y pesada en su mano, parecía ser la llave no solo para una puerta olvidada, sino para abrir una verdad que preferirían mantener sellada para siempre.

El próximo paso estaba a punto de cambiarlo todo. Y no había camino de regreso.