Chapter 5
Capítulo 5 Fragmentos Que No Encausan
Lucas permaneció sentado en el borde de la cama, las palmas sudorosas apoyadas contra el colchón áspero. Un susurro helado recorrió su espalda, como uñas arañando un cristal invisible. La habitación, silenciosa y opresiva, parecía respirar con él, cada sombra alargando sus dedos sobre las paredes desconchadas. Cerró los ojos un instante, intentando anclar su mente dispersa, pero lo único que logró fue abrir la puerta a imágenes que se clavaron en su memoria como puñales sin filo.
—¡Eres un maldito mentiroso, Dorian! —la voz ronca y acusadora resonaba en un pasillo oscuro, vibrando con la tensión contenida de una tormenta que amenazaba con desatarse—. ¿Cómo puedes esperar que crea una palabra después de todo lo que escondes?
El rostro de un hombre se dibujaba entre las sombras. Dorian, con su expresión impasible y ojos que parecían incendiar la penumbra. Lucas sintió el peso de esa mirada, fría y afilada, perforando su pecho incluso en ese instante presente.
—No es cuestión de creencia, Lucas —replicó Dorian, el tono medido, calculador—. Es cuestión de supervivencia. Y tú harías bien en recordar que el pasado puede destruir lo que ahora intentas reconstruir.
El aire se tupió con el aroma a café rancio y tabaco quemado. El espacio crujía bajo la presión de palabras no dichas, promesas rotas que colgaban en el aire. Lucas intentó responder, pero su voz murió antes de formarse, absorbida por la opresiva oscuridad.
Un flash abrupto lo transportó a un cuarto inundado por luces de neón azulado. Dorian inclinado sobre un escritorio cubierto de documentos dispersos, gráficos tachados, nombres borroneados. La rapidez con la que sus manos hojeaban papeles revelaba urgencia. La mirada fija en él, con un destello de algo que Lucas no logró descifrar: ¿ira, miedo, culpa?
—Tú no entiendes —musitó Dorian con un suspiro pesado—. Hay cosas que deben permanecer ocultas. No se trata solo de ti, es todo lo que gira a nuestro alrededor.
Pero Lucas no retrocedió. Cada palabra golpeaba su mente como martillos ensordecedores.
—¿Por qué? ¿Qué me estás ocultando? —su pregunta colgó en el aire, desesperada y desgarradora.
El rostro de Dorian cambió entonces, como si una sombra más oscura cruzara su semblante. Y fue en ese instante cuando Lucas sintió, más allá de la ira, un miedo palpable.
—No sabes lo profundo del abismo al que asomas la cabeza —advirtió Dorian con voz grave—. No estás preparado para la verdad.
Entonces, una ráfaga de imágenes dispersas comenzó a atropellarse en su mente como fragmentos de un rompecabezas roto.
Una mano apoyada contra una ventana cubierta de lluvia, viendo cómo la ciudad se desdibujaba entre chorros plateados.
Un puño cerrado que golpeaba una mesa, haciendo vibrar el aire con violencia contenida.
Dorian apartando a Lucas con una mezcla de ira y desesperación, susurrando en voz baja para que nadie más escuchara.
—No puedo permitir que recuerdes. No todavía.
Cada escena parecía desconectada, como si fueran ecos de un sueño febril que se desvanecían antes de tomar forma. Pero el peso latente de esas imágenes era innegable. La confrontación no era solo un enfrentamiento cotidiano. Era el límite invisible entre lo que Lucas debía saber y lo que Dorian luchaba por mantener sepultado.
De repente, Lucas abrió los ojos. La habitación estaba tan silenciosa como antes, pero la tensión en su pecho no remitía. La oscuridad levemente iluminada por la lámpara de la mesita parecía materializarse en una presencia intangible que acechaba tras las paredes.
El teléfono vibró interrumpiendo el momento. Lucas lo miró: un mensaje sin remitente. Solo tres palabras: “Deja de buscar”.
Un estremecimiento recorrió su columna. Y mientras la pantalla apagaba, la pregunta se clavó con filo frío en su mente:
¿Qué secreto oculta la relación entre Lucas y Dorian?