Chapter 4
Capítulo 4: Sombras en el Hospital
El timbre del teléfono antiguo quebró el silencio como un disparo seco en la noche. Lucas se quedó inmóvil, el corazón martillándole en el pecho, cada latido una sombra que se filtraba bajo su piel. La habitación, tan estéril como asfixiante, parecía encogerse a su alrededor con el eco insistente de esa vibración que perforaba la calma impuesta.
Su mano temblorosa se extendió hacia el aparato con una lentitud que era más rabia que duda. Al tomar el auricular, el frío del plástico mordió su piel, una sensación tan ajena que le hizo dudar si estaba despierto o atrapado en una pesadilla sin escape.
—¿Quién habla? —su voz, áspera y quebrada, se deslizó por la línea, apenas un susurro en medio de la tensión.
—Lucas… —la voz respondió, rasgada, cargada de urgencia y una sombra de amenaza que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda—. No confíes en nadie dentro de ese hospital. No estás seguro.
Antes de que pudiera replicar, la línea se cortó con un chasquido seco, dejando el silencio en su lugar, pero nunca más vacío.
Los ojos de Lucas se clavaron en el teléfono, incapaces de apartarse de esa amenaza implícita que pesaba como una lápida sobre su mente. La habitación parecía cambiar, las paredes blancas y pulcras se tornaron frías, opresivas, y el zumbido lejano de los fluorescentes se volvió un murmullo paranoico que no cesaba.
Entonces, un sonido sutil, un roce apenas audible, lo hizo levantar la mirada hacia el reflejo en el cristal opaco de la ventana. Por un instante fugaz, una figura se desvaneció en la penumbra detrás de la puerta.
Un golpe seco resonó en el pasillo. Palabras sueltas y voces apagadas. Lucas sintió un entrecejo crispado, sus pensamientos lacerados por el miedo y la sospecha que ahora ya no eran solo sombras abstractas sino presencias palpables.
El ventanal mostraba la ciudad, gigante y sin corazón, una masa gris de edificios que parecían observarlo con miles de ojos invisibles.
Se levantó, la mano apoyada temblorosa en la mesa, y caminó hacia la puerta. Su instinto gritaba que debía mirar, saber quién esperaba más allá de ese umbral.
Pero justo cuando puso la mano en el pomo, escuchó un clic leve, el mecanismo de una cerradura moviéndose del otro lado.
Retrocedió con un sobresalto, el pulso golpeando en sus sienes.
—¿Quién anda ahí? —susurró antes de que la puerta se abriera lentamente, revelando una enfermera con rostro impasible, pero ojos demasiado atentos, demasiado despiertos.
—Señor Méndez, ¿cómo se siente? —dijo con voz dulce, pero con un filo invisible que cortaba el aire.
Lucas la miró fijamente, recordando con desesperación que su mente estaba en blanco, que cada gesto debía leerse entre líneas, que nada era lo que parecía.
—¿Quién está interesado en mí dentro de este hospital? —preguntó, su tono firme quebrando la compostura, exigiendo una respuesta que sabía que no iba a obtener.
Ella sonrió, ese tipo de sonrisa que no llega a los ojos.
—Solo queremos cuidar de usted. Nada más.
Sin embargo, mientras ella se giraba para salir, Lucas vio un destello metálico en el bolsillo de su bata blanca. Un pequeño dispositivo de grabación, una cámara oculta, o algo peor.
El frío volvió a calar sus huesos.
Volvió a sentarse, clavando la mirada en el teléfono que seguía vibrando, pero ahora sin sonido, frío como la amenaza creciente que empezaba a envolverlo.
Desde fuera, voces apagadas y pasos apagados narraban un acecho silencioso, un juego de sombras que se movían entre pasillos y habitaciones.
Lucas cerró los ojos un momento, intentando anclar su mente dispersa, buscando fuerzas donde solo había ecos.
Pero en el fondo, la pregunta que se erizaba en su piel era mucho más aterradora:
¿Quién vigilaba cada movimiento que hacía en esa habitación?