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Chapter 3

El Primer Rostro Familiar

Capítulo 3 El Primer Rostro Familiar

La oscuridad no era un refugio; era una prisión al acecho. El latido en el pecho de Lucas seguía, insistente, como un tambor sordo que marcaba el ritmo de un pánico que no terminaba de descifrar. La luz desaparecida dejó tras de sí un frío seco que pareció colarse en sus huesos, haciendo que un escalofrío le recorriera la columna vertebral.

Una tos seca quebró el silencio, insegura, como si él mismo dudara de su respiración. Con manos temblorosas avanzó a tientas, los dedos rozando la pared hasta encontrar un interruptor. La tenue fluorescencia volvió a encenderse, iluminando el cuarto con un resplandor blanco y antimístico que, en lugar de calmar, parecía intensificar la sensación de fragmentación dentro de su mente.

El rincón donde se había refugiado ahora revelaba detalles que antes le habían pasado desapercibidos: la pared manchada, los papeles viejos apilados en un escritorio carcomido, y un teléfono antiguo con botón giratorio, tan fuera de lugar y anacrónico como él mismo.

Y entonces, el sonido —un taconeo suave, contenido, pero seguro— resonó detrás de la puerta entreabierta. Los ojos de Lucas se clavaron en el marco, las pupilas dilatándose como si esperaran ver algo imposible de digerir.

La puerta se abrió con un crujido mínimo, y una figura femenina apareció en el umbral. La luz la delineaba con una silueta casi etérea.

—Lucas —susurró ella.

La voz tenía una textura que balanceaba entre la suavidad y una urgencia contenida, como si un océano de emociones reprimidas buscara salir a la superficie contenida en cada sílaba.

Lucas parpadeó. Su mente vaciló, buscando en la red neuronal desordenada un recuerdo donde ese nombre pudiera encajar, un rostro que se ajustara a esa voz. Nada.

—¿Quién eres? —balbuceó, la voz áspera y ronca, tan ajena a él como ese cuarto.

Ella avanzó un paso, y él pudo ver mejor sus rasgos: ojos grandes, color ámbar profundo; piel nívea, casi translúcida bajo la luz artificial; y un cabello oscuro que caía en ondas suaves hasta los hombros.

—Soy Isabel. —La palabra salió cargada, casi un susurro tembloroso—. Te conozco, Lucas. Más de lo que imaginas.

Lucas dio un paso atrás, el roce del pie contra el parquet seco le devolvió un sonido hueco que amplificó su desconcierto.

Un sudor frío perló su frente, y buscó en su interior una chispa perdida, un rostro, una frase, un nombre… Pero solo hubo un vacío implacable.

—No sé quién eres —se repitió, con un dejo de desesperación—. No sé quién soy.

El silencio entre ellos pesó como una losa; ella bajó la mirada, como si el peso de conocerlo sin ser reconocida la desgarrara internamente.

—Quería encontrar la manera de decirte la verdad —murmuró, como si cada palabra fuera una daga que le atravesaba el pecho—. Pero no puedo hacerlo sin poner en peligro todo, incluido tú.

Lucas la miró fijamente, preocuparse asomando en el temblor de sus labios—. ¿Qué peligro? ¿De qué hablas?

Isabel inhaló profundamente, su pecho subiendo y bajando, la lucha evidente entre la necesidad de hablar y el miedo paralizante.

—No puedo… —comenzó, pero algo en sus ojos cambió abruptamente—. No ahora. No aquí.

Él se acercó —o quizá fue su instinto diciéndole que debía hacerlo— para reducir la distancia, tentar a ese hilo de verdad que ella parecía ofrecer.

Pero justo entonces, su mirada se oscureció, no por alivio, ni por reconocimiento, sino por un terror tan profundo que cortaba el aire en pedazos afilados.

Isabel retrocedió un paso, mordiendo su labio inferior, y de repente, la puerta detrás de ella se cerró con un golpe seco, brutal, dejando a Lucas mirando un portal deshabitado, con la única compañía de ese miedo que volvía a invadirlo.

—¿Por qué tu mirada oculta miedo y no alivio? —preguntó Lucas, pero la habitación solo le devolvió un eco vacío.

Un golpe sordo resonó en su cabeza, como si aquel rostro, aquel nombre, fuera la llave a un puzle cuya imagen ya no podría ignorar.

Y en ese instante, supo que no era solo su memoria la que estaba en juego, sino algo mucho más oscuro, mucho más peligroso.

El eco del olvido empezaba a desgarrar sus entrañas.

Entonces… el teléfono antiguo, olvidado y silencioso, comenzó a vibrar sobre la mesa, rompiendo la quietud con un sonido insistente y amenazante.