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Chapter 16

Sombras que Acechan

Capítulo 16 Sombras que Acechan

El eco del mensaje se desvanecía entre las paredes agrietadas del departamento, pero todavía resonaba en su mente como un tambor sordo, insistente. Lucas sintió cómo el frío se le colaba por la nuca, helando la piel, mientras apartaba el grabador con manos temblorosas.

No había duda. Aquella voz había desvelado algo imposible de ignorar. Algo que podía cambiarlo todo.

Un ruido seco y rápido —como pasos apresurados que raspan el silencio— lo sacó de su trance. El corazón le golpeó en el pecho con una fuerza desbocada, como si quisiera liberarse y correr por la calle con él.

Lucas giró hacia la única ventana; la fría ciudad a su alcance presentaba sus luces amarillentas, faroles distantes y sombras que parecían moverse con vida propia. El reflejo de un rostro descompuesto en miedo se mezclaba con los edificios antiguos, marcados por el tiempo y la humedad.

No estaba solo.

Un golpe contundente retumbó en la puerta principal del edificio.

—«Alguien viene», —pensó, tragando en seco.

El pulso se disparó. Instintivamente, bajó la mirada hacia su ropa: solo una camiseta gris y jeans, nada para defenderse, nada para protegerse. Respiró hondo, jadeante.

Las ventanas solo daban al balcón, pero no podía quedarse esperando al destino. Con rapidez, apagó el grabador y guardó la pequeña caja en el bolsillo interior de su chaqueta. El sudor frío le empapaba la frente y la nuca, mientras sus ojos recorrían frenéticos los rincones del departamento en busca de una salida.

Un segundo golpe, más fuerte. La mano invisible al otro lado de la puerta golpeaba sin pedir permiso. Los pasos subían por las escaleras del edificio, resonando casi a su lado.

Lucas no tenía opción.

Salió del departamento, se lanzó escaleras abajo, escuchando el eco retumbante de sus propias pisadas, mezclado con el sonido metálico del pestillo que giraba con rapidez.

Corazón en la garganta, circuló la esquina del edificio. La calle estaba vacía, pero esa calma era una trampa.

Unos faroles callejeros vacilaban, proyectando sombras elongadas que se fundían con la noche. Una brisa fría agitaba los periódicos viejos pegados al suelo, elevándolos como fantasmas muda.

Lucas sabía a dónde quería ir. A un refugio que había identificado en su último recorrido: una vieja cafetería con persianas metálicas, en apariencia abandonada, que parecía un santuario en medio del concreto gris.

Pero sentía que algo se movía tras de él.

Sombras que se arrastraban entre los edificios altos y oxidados. Silencios cortados por la respiración agitada. Voces bajas y pausadas, dibujadas por la distancia pero inconfundibles.

—¿Crees que podrá escapar? —susurró una voz cerca, profunda y fría.

Otra respondió, casi un murmullo mordaz:

—No importa cuán rápido corra, siempre huirá hacia la trampa.

Lucas apretó los puños, notando la piel rota y las uñas clavándose en la palma como pinchazos breves.

Corría contra el tiempo, contra la urbe que lo engullía con sus abismos invisibles.

Cada ladrido lejano de perros sueltos le enviaba una descarga eléctrica. Evitó una esquina oscura por donde un par de figuras se deslizaron a toda velocidad, desapareciendo en la penumbra.

Adentrarse más en la ciudad era doblemente peligroso, pero dar la espalda a sus perseguidores le era aún peor.

De pronto, sus pasos tropezaron con un bulto en la acera. Miró hacia abajo y descubrió una cadena de metal oxidada que un camión había dejado atrás. Un tropiezo lo hizo perder unos valiosos segundos, y entonces oyó el impacto de otro par de pisadas aceleradas que ya se acercaban.

Respiró tan rápido que sentía que los pulmones le quemaban.

Un callejón se abrió frente a él, oscuro y angosto, un laberinto que podía ser salvación o condena.

Sus perseguidores eligieron el mismo camino.

Lucas dobló la esquina con el aliento suspendido, sintiendo el frío de la pared pegada a la espalda.

El ruido se distanciaba. Por un momento, el silencio volvió a instalarse.

¿Había conseguido descansar? ¿Era solo una ilusión?

Un escalofrío recorrió la columna vertebral cuando un susurro seco repetía su nombre:

—Lucas...

Giró la cabeza, sin encontrar animación ni presencia humana.

Solo la noche, profunda e impenetrable.

Un leve sonido a su derecha atrajo su atención. Una puerta semiabierta, con la bisagra que goteaba y el olor añejo a madera húmeda.

Tal vez allí...

Con la velocidad que le quedaba, se lanzó hacia la entrada. La puerta cedió con un crujido lastimero, revelando un interior oscuro pero aparentemente seguro.

Adentro, el aire estaba pesado y olía a polvo y moho, pero era su única oportunidad.

Levantó la mirada y vio un ventanal cubierto por cortinas raídas que apenas dejaban filtrar el pálido resplandor de la luna.

El corazón aún a mil, agitó la cabeza para espantar la desconexión y avanzó buscando un escondite tras unas cajas cubiertas de telas sucias.

Un golpe final resonó desde el callejón y, esta vez, parecía el último aviso.

Lucas contuvo el aliento, la respiración silbando en sus oídos. La sombra de una figura apareció en el umbral de la puerta.

—¿Encontrará refugio antes de que lo capturen?—

Un silencio brutal colgó en el aire, el peso de esa pregunta cortante como una cuchilla.

El suelo crujió bajo los pies del intruso. Lucas sintió cómo el alba rompía tras los cristales empañados, pero para él era una promesa lejana, una luz que se apagaba lentamente.

Solo quedaba esperar el desenlace.

El eco del pasado más oscuro que jamás conoció amenazaba con atraparlo de nuevo.