NoveliqaRecuerdos Sombríos: El Eco del Olvido / La Voz de los Silencios :0%
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Chapter 15

La Voz de los Silencios

Capítulo 15 La Voz de los Silencios

El aire parecía haberse vuelto más denso, casi irresoluble, como si cada respiración fuera un eco protestante en la vastedad de la habitación. Lucas permaneció inmóvil, los ojos clavados en Maia, cuyos labios temblaban como si quisieran romper una cadena invisible, pero no podían.

—¿Qué nadie quiere que recuerde? —su voz salió apenas un susurro, quebrado, como si temiera que pronunciarlo en voz alta pudiera desencadenar una tormenta insospechada.

Maia bajó la mirada, dejando que la sombra de la incertidumbre se apoderara de ella. En sus pupilas anidaba el miedo que Lucas había sentido tantas veces, pero esta vez, no solo era suyo. Algo había cambiado, un velo se rasgaba.

—Hay algo en la vieja oficina de Salazar —dijo ella finalmente, la voz apenas audible—. Algo que no solo está escondido... está sellado.

Lucas sintió un frío atravesarle el pecho, como una puñalada helada. Esa palabra resonaba en su cabeza: Salazar. Dorian Salazar. El enigma oscuro que había tejido cada paso de su naufragio.

Sin pensarlo más, se giró hacia la puerta. La noche esperaba afuera, pero dentro de él ardía una urgencia insaciable. Maia lo siguió en silencio.

La caminata por los pasillos entreabiertos del edificio era un murmullo entre sombras alargadas. Cada crujido del suelo, cada susurro del viento colándose por las rendijas, parecía un aviso o una amenaza.

Llegaron a un despacho casi olvidado, cubierto de polvo y papeles arrugados. La única fuente de luz era el destello del teléfono móvil de Maia, que ella levantó para escudriñar.

«Aquí», murmuró indicando un cajón semiabierto.

Lucas lo abrió con cuidado, sus dedos rozaron un dispositivo antiguo: un grabador de cinta. Lo levantó, observando el relucir metálico bajo la luz trémula.

—¿Crees que haya algo ahí? —preguntó Maia, el temor añadiendo un temblor a sus palabras.

—Solo hay una manera de saberlo —respondió él, conectando rápidamente el grabador a un altavoz portátil que encontró encima del escritorio.

Un zumbido estático llenó la habitación. Después, una voz arrancó, rota por los años y el ruido de fondo. Era masculina, profunda, con un dejo de vulnerabilidad que contradecía la dureza esperada.

—Si alguien está escuchando esto... que sepa la verdad. No puedo seguir callando. Hay heridas que no dejan de sangrar aunque el tiempo intente cubrirlas con tierra.

Lucas sintió que su piel se erizaba. Cada palabra hirió en un rincón antiguo, donde la memoria moría antes de nacer.

—¿Quién... quién habla? —preguntó con la voz ronca.

La grabación continuó:

—Dorian tuvo que escoger entre el poder y la familia. Y eligió el poder. Mi nombre es Héctor... era su hermano. Y lo que pasó aquella noche... es una sombra que ni la luz podrá disipar.

Un silencio pesado se posó en la estancia. Maia llevó la mano a la boca, conteniendo un sollozo. Lucas bajó la mirada, palpando en su interior ese agujero negro que parecía crecer.

—¿Héctor? —dijo él, intentando conectar los fragmentos.

—Hermano de Dorian Salazar —confirmó Maia—. Nadie sabía que existía. Ni siquiera Lucas.

Lucas sacudió la cabeza para despejar la maraña.

—¿Qué pasó aquella noche? —pidió con voz firme.

La grabación dio paso a una confesión fragmentada, entre sollozos y arrepentimientos.

—Dorian... mi hermano... no era el único con secretos. Todo lo que construimos con mentiras y traición se derrumbó cuando intenté detenerlo. Me convertí en el enemigo. Pero... también en la única esperanza.

El sonido se volvió interferencia, como si alguien hubiera interrumpido la cinta con urgencia.

Maia apagó el altavoz, el silencio se volvió insoportable.

—Esto cambia todo —dijo Lucas, su voz firme pero cargada de dudas—. Ya no solo busco mi identidad. Ahora sé que estoy en medio de una guerra que ni siquiera entiendo del todo.

Un golpe resonó en la puerta, súbito, violento.

Ambos se quedaron paralizados.

—¿Quién podría ser a esta hora? —susurró Maia, retorciendo las llaves en sus manos.

Lucas se acercó con cautela, sólo para escuchar la voz detrás de la madera.

—¿Lucas? Soy yo.

La puerta se abrió lentamente, revelando una figura envuelta en sombras.

El corazón de Lucas se frenó al reconocerlo.

—Dorian.

El aire pareció congelarse entre ellos.

Y en ese instante, una segunda voz surgió desde el dispositivo, olvidado en el escritorio, como un espectro que quebraba la tensión.

—No dejes que la verdad los destruya... pero tampoco la ocultes más tiempo.

Lucas giró en dirección al grabador, con la certeza de que ese mensaje sería la chispa que incendiara todo.

¿Quién hablaba en el audio? ¿Qué confesaba realmente?

El eco de los silencios respondió con un susurro apenas perceptible:

El pasado estaba despierto.