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Chapter 13

El Rostro Que No Debía Ver

Capítulo 13 El Rostro Que No Debía Ver

La oscuridad se cerraba como una trampa silenciosa alrededor de Lucas. El aire era denso, casi adhesivo, impregnado del olor metálico que la sangre aún dejaba en las esquinas. Aún sentía el latir desigual de su corazón, un tambor frenético que resonaba en sus oídos, ahogado por el murmullo sordo de la ciudad indiferente allá afuera.

Un sonido sutil pero inconfundible quebró el silencio: pasos firmes, metódicos. Alguien se acercaba.

Lucas giró lentamente la cabeza, buscando la fuente con la mirada entrecerrada. En el umbral, la penumbra se rasgó levemente para revelar una figura que parecía surgir de las sombras mismas.

—No deberías seguir aquí —dijo una voz profunda, pesada, con un matiz entre el reproche y la amenaza—. Mucho menos después de lo que pasó.

El hombre avanzó con paso seguro, y la luz que se colaba desde una farola cercana iluminó por fin la cara que Lucas había temido encontrar: Dorian Salazar.

El choque fue como un golpe de realidad que le atravesó el pecho. Dorian lo observaba con una mezcla de indiferencia calculada y una compleja melancolía que desmoronaba cualquier intento de coraje que le quedara.

—Tú... —Lucas tragó con dificultad—. ¿Cómo sabes mi nombre?

Dorian esbozó una sonrisa torcida, como si llevara años esperando este momento.

—Sabes que no vine para saludarte —susurró, su voz un filo helado—. Pero tampoco para matarte... no todavía.

Lucas sintió que sus manos temblaban al apretar la libreta contra el pecho. Era su ancla, su pedazo de pasado aún intacto.

—¿Por qué? ¿Quién eres realmente? ¿Qué quieres de mí?

El aire pareció detenerse entre ellos, pesado como una losa.

—Para empezar —respondió Dorian, dando un paso más cerca, hasta que su sombra se fundió con la de Lucas—, sé más de ti de lo que tu memoria te permite recordar.

El corazón de Lucas latió con la fuerza de un tambor de guerra. Cada palabra de Dorian era un eco que sacudía los cimientos de su confusión.

—Nuestra historia... no es simple, ni limpia —continuó Dorian—. Es un sacrificio, Lucas. Algo que ambos elegimos, y que ninguno puede deshacer.

Un escalofrío residió en el cuello de Lucas, como si la oscuridad se insinúa ahora con voces antiguas, susurrando secretos que ardían con el fuego de traiciones disfrazadas de lealtad.

—Sacrificio… —musitó Lucas, como si pronunciar esa palabra fuera abrir una herida secretamente protegida—. ¿Qué sacrificio?

Dorian inclinó la cabeza, sus ojos brillando con una crueldad inesperada.

—El precio de la verdad que amenazaba con destruirnos a ambos.

Un ruido seco se escuchó a sus espaldas; el diario, acomodado sobre una superficie cercana, tembló con un estremecimiento leve que pareció anticipar lo que estaba por venir.

—Solo uno de nosotros podía sobrevivir a lo que hicimos —dijo Dorian—. Y esa fue la elección que cambió todo. Ahora sabes que existo. Ahora recuerdas que existimos.

Lucas sintió que el mundo se deslizaba bajo sus pies. Imágenes borrosas, fragmentos de rostros olvidados, promesas que nunca llegó a hacer, y decisiones que alguien —o quizá él mismo— había tomado en su nombre.

El rostro de Dorian, tan cercano, tan tangible, era la mueca del pasado que no debía despertar, el recordatorio de que hay sombras que no se desvanecen con la luz.

Pero la pregunta latía en el aire, punzante, imposible de ignorar.

—¿Por qué dices que nuestro pasado fue un sacrificio?

Antes de que Dorian pudiera responder, una sirena distante cortó la noche, y una ráfaga de viento arrancó la libreta de las manos de Lucas, lanzándola hacia la oscuridad que los rodeaba.

El diario desapareció.

Y con él, la última promesa de que algún día la verdad podría ser revelada… o perdonada.

La oscuridad pareció inhalar profundamente, como si aguardara la respuesta en el silencio antes de estallar.

—Porque en nuestra historia —dijo Dorian, con una voz que era a la vez confesión y sentencia—, tu olvido fue la única forma de mantenernos vivos.

Un golpe sordo, lejano, resonó en la calle.

Y entonces, en la penumbra, Lucas entendió que el precio de recordar podría ser mucho más alto de lo que jamás imaginó.

Sin embargo, no podía retroceder.

La sombra de Dorian era el rostro que nunca debió ver. Pero ahora no había vuelta atrás.

Un frío glacial le heló la sangre cuando, detrás de Dorian, se abrió la puerta de un coche negro sin luces, y la silueta de otra figura emergió con la lentitud cruel de una sentencia inminente.

Lucas apretó los dientes.

—¿Quién es ella? —preguntó, sin apartar la mirada ni un instante del hombre que lo conocía demasiado bien.

Dorian sonrió, sin un ápice de misericordia.

—La última pieza en esta partida que aún no termina.

El viento arrastró un fragmento de papel arrugado que Lucas había recogido del suelo. Lo sostuvo entre los dedos temblorosos.

Era una fotografía, apenas visible a la luz de las farolas: dos hombres, espalda contra espalda, y una mujer mirando hacia otro lado, con una expresión que destilaba miedo y determinación.

—Este es tu pasado —dijo Dorian—. Y yo soy el guardián de lo que pretendes ignorar.

Un silencio pesado cayó sobre ellos, tan denso que parecía que la misma noche contenía el aliento.

Lucas inspiró lentamente, aferrándose al resquicio de valor que tenía.

—Entonces dime, Dorian... ¿qué sacrificaste cuando borraste mi mente?

Los ojos de Dorian se clavaron en él con una intensidad casi dolorosa. Una mueca de tristeza y desafío cruzó su rostro.

—La única forma de salvarnos... porque el mundo que creamos estaba condenado a destruirnos a ambos.

La tensión se trenzó con la lluvia que, por primera vez, comenzó a golpear el asfalto con fuerza creciente, borrando con su murmullo la conversación que temblaba entre ellos.

Y en ese instante, Lucas comprendió que ya no era un hombre perdido entre sombras: era una pieza clave en un juego que exigía pagar un precio imposible.

El rostro que no debía ver le estaba mostrando la verdad más cruel.

Y esa verdad amenazaba con tragarlos a todos.

El eco del olvido ya no podía esconderse más.

Un disparo resonó en la distancia.

El capítulo cerraba con el sonido seco, dejando el aire vibrante de una pregunta que apenas comenzaba a responderse.