Chapter 10
Capítulo 10 Recuerdos Robados
El aire se espesó con una tensión palpable, como si el mismo callejón contuviera la respiración. Lucas sintió las manos entumecerse, la garganta se cerró, mientras la figura de Dorian Salazar se perfilaba entre las sombras, sus ojos relampagueaban con un brillo afilado y frío.
—Lucas —su voz surgió rasposa, cargada de un veneno disfrazado de cordialidad—. Sabía que nos encontraríamos de nuevo.
El murmullo distante de la ciudad se apagó para Lucas, cada palabra de Dorian retumbaba con el peso de años enterrados. Su mente, fragmentada, luchaba por unir las piezas de un rompecabezas que parecía a punto de desmoronarse sobre sí mismo.
—¿Quién eres tú? —La pregunta se le atragantó, aunque sabía que probablemente él guardaba la respuesta que tanto buscaba—. ¿Por qué pareces conocerme, y yo... no?
Dorian sonrió, un destello cínico que tensó aún más el aire helado.
—Porque, Lucas, yo fui el primero en recordar por ti. —Su mirada se volvió implacable—. Y ahora, voy a asegurarme de que tus recuerdos sigan cayendo en el abismo donde los dejaste.
Antes de que Lucas pudiera reaccionar, un destello intenso explotó en su memoria: imágenes torcidas, rostros que se deshacían en sombras y voces entrecortadas culpándolo, protegiéndolo, manipulándolo. Todo mezclado, corroborando una verdad aterradora: no podía fiarse ni siquiera de lo que su mente le susurraba.
Casi sin pensarlo, Lucas dio un paso hacia atrás, tropezando con un cubo de basura oxidado que cayó con un estrépito seco que hizo que Dorian alzara una ceja.
—¿Qué sabes de Eva? —Lucas escupió el nombre con urgentísima necesidad.
La reacción de Dorian fue inmediata, cruelmente divertida.
—Eva... o la ilusión que yo me aseguré de que recordaras. Ese es el problema con los recuerdos, Lucas. No todos son un espejo; algunos son trampas.
El estómago de Lucas se revolvió mientras comprendía que Eva, esa figura difusa que había llenado sus sueños y sus despertares, podía ser solo una invención. Su corazón pisoteado, los rincones más oscuros de su mente —esa voz interna que algo gritaba que nunca antes había escuchado— comenzaron a alzar la voz.
—¿Qué recuerdos son reales entonces? —rogó con desesperación—. ¿Quién soy?
Dorian avanzó, su sombra alargándose como una amenaza tangible, cada palabra un golpe verbal.
—Vamos a jugar a ese jueguito, ¿sí? Yo controlo qué sabes, qué crees. Así has vivido hasta ahora y así seguirás si me lo permites.
Un ruido inesperado atrajo la atención de ambos. La figura de Lucas titubeó entre sí mismo y la necesidad de entender, de desenterrar el núcleo enterrado de su memoria.
Su mirada barrió el suelo y encontró algo que ensombreció su pulso: un pequeño dispositivo rectangular, casi imperceptible entre las piedras. Lo recogió con dedos temblorosos, y una inscripción apenas legible le arañó la retina: “HORIZON”.
—¿Qué es esto? —preguntó Lucas, sin apartar los ojos de Dorian.
—Eso, amigo, es la llave para jugar con tu cabeza. Tus recuerdos no solo son un paisaje, son un laboratorio. Y tú… eres el experimento más exitoso.
Lucas sintió que, por un instante, el mundo se desmoronaba en torno a sí. Lo que creía seguro era una farsa; sus recuerdos, sus emociones, ¿todo había sido programado?
En su interior una urgencia feroz surgió como una tormenta: debía saber la verdad. Pero Dorian se acercaba ya, y en cada paso parecía absorber más espacio, más aire.
Entonces, el dispositivo emitió un leve zumbido, y las piezas del quebra-cabezas incompletas empezaron a pegarse.
No era Eva la implantación más patente. Había algo más importante que le habían robado...
Lucas tragó saliva, mientras el frío le calaba los huesos y Dorian acercaba la mano casi rozando su cuello.
—Dime, Lucas —la voz de Dorian fue casi un susurro letal—, ¿qué memoria vital fue la que sembraron en tu mente para mantenerte alejado del peligro más grande?
Un nombre latía en la punta de su memoria, borroso, urgente, quizás la clave que definiría su destino.
Sin embargo, antes de que pudiera responder, un golpe seco resonó tras él, y la oscuridad - como un manto denso - lo envolvió.
Solo una cosa fue cierta: nada volvería a ser igual.
El eco del olvido resonaba más fuerte que nunca.