NoveliqaPromesa entre Sombras: Matrimonio de Poder / Reglas del Juego :0%
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Chapter 4

Reglas del Juego

La luz tenue del salón apenas lograba disimular las líneas de tensión que se habían dibujado en el rostro de Sofía. Sus dedos temblaban apenas, rozando inconscientemente el borde del mantel como si esa pequeña presión fuera a anclarla a la realidad. Alejandro, sentado frente a ella, no apartaba la mirada. Sus ojos, afilados y fríos como el acero, parecían atravesarla.

—¿Notaste el mensaje? —su voz era tan controlada que cada palabra sonaba como un golpe seco en el silencio denso que los envolvía.

Sofía tragó saliva, sintiendo una opresión que le apretaba el pecho. De repente, ese aire sofisticado de sus encuentros se había roto, dejando espacio para un frío que se metía hasta los huesos.

—Sí —respondió, tratando de mantener la calma—. No pasó desapercibido.

Él asintió, un gesto mínimo, pero cargado de gravedad.

—Esto no es solo un golpe al azar, Sofía. Es una advertencia. Uno de los muchos que tendremos que sortear.

Ella se inclinó levemente hacia adelante, recobrando algo de aquella seguridad que lo había apartado de su viejo mundo herido. A pesar del nudo en su estómago, necesitaba entender hasta dónde llegaría este juego al que se habían atado.

—¿Y qué propones entonces? —su voz estaba más firme, aunque detrás se escondía una alerta constante—. ¿Cómo vamos a mantener esta farsa? Digo, el matrimonio... y todas las miradas que vendrán después.

Alejandro se levantó, lejos de la postura rígida de un hombre acostumbrado a ordenar sin que se le cuestione. Caminó lento, midiendo cada paso.

—Voy a establecer las reglas —dijo, sin el menor indicio de duda—. Reglas estrictas, para mantener el control. No solo ante el público, sino entre nosotros.

Un escalofrío recorrió a Sofía. No estaba segura si había aceptado algo demasiado grande para manejarlo o si, en el fondo, esa estructura era lo único que podía sostenerla.

Él se detuvo junto a la ventana, observando la ciudad que se extendía oscura y despiadada como un mar de luces parpadeantes. Después volvió la vista hacia ella, con una mirada que no admitía réplica.

—Primero, la apariencia es todo. Vamos a actuar como marido y mujer. Sin espacios para dudas, sin señales que puedan ser malinterpretadas. Nuestro matrimonio debe ser intachable.

Una risa sarcástica se escapó de los labios de Sofía, casi como una defensa. —¿Quieres que finja ser alguien que no soy? —preguntó, mordaz—. Eso ya lo sé hacer muy bien.

—No es fingir —respondió Alejandro, acercándose un paso—. Es sobrevivir. Y cuando estemos bajo el escrutinio de tantos ojos, no habrá lugar para debilidades. Debes ser impecable.

Ella cerró los ojos un instante, dejando que el peso de esas palabras se hundiera en su mente. Era un recordatorio cruel de dónde estaba ahora: atrapada en un mundo que exigía perfección y lealtad ciega.

—¿Y cuál es el siguiente paso? —preguntó con voz cansada—. ¿Qué más esperas de mí?

—Horarios —enumeró él, impasible—. Llegadas y salidas coordinadas. Agenda común. Presencia en eventos sociales, en compromisos empresariales. Cero improvisaciones.

Sofía sintió que un aire denso se posaba en su pecho. Todo ese control, esa rutina milimétrica, le recordaban la jaula que estaba comenzando a construir a su alrededor.

—¿No hay espacio para mí? —murmuró, más para ella que para Alejandro.

Él enderezó la espalda, como desafiándola a cuestionarlo de nuevo. —Sí, hay espacio para ti. Pero dentro de las reglas. Cada paso fuera de ellas será un riesgo para ambos.

La claridad de su advertencia era un filo afilado que cortaba. Sofía abrió los ojos, sintiendo una determinación amarga crecer en su interior. No permitiría que la despojaran de su dignidad, aunque el precio fuera alto.

—Está bien —dijo finalmente—. Acepto las reglas. Pero te advierto algo, Alejandro. No soy una marioneta que se mueve a tu capricho.

Sus palabras retumbaron en el ambiente cargado, dejando un silencio que solo se rompió cuando su teléfono vibró con un mensaje inesperado. Sofía lo tomó, los ojos recorriendo la pantalla.

Era un nombre: alguien que ella no esperaba volver a ver.

Y justo cuando levantaba la vista para compartir la noticia, Alejandro ya la estaba observando, con una sombra de desafío en su mirada.

—¿Crees que podrás manejar esto?

El pulso de Sofía se aceleró. ¿Podría realmente cumplir con las exigencias sin perder aquello que la definía? Esa respuesta estaba enterrada en la oscuridad donde la promesa entre sombras comenzaba a marcar su camino.

Un sonido seco resonó en la puerta principal. No era hora de visitas.

Ambos se giraron, conscientes de que, a partir de ese instante, nada sería tan simple como pretender.

El juego había cambiado, y las reglas recién comenzaban.