NoveliqaPromesa entre Sombras: Matrimonio de Poder / Primer Encuentro en Palacio Santoro :0%
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Chapter 3

Primer Encuentro en Palacio Santoro

La puerta del salón se cerró con un eco seco que pareció atrapar la respiración de Sofía en su pecho. Alejandro permaneció inmóvil, los ojos fijos en ella con aquella mezcla impenetrable de desafío y una autoridad que no admitía réplica.

El aroma del candelabro encendido, el perfume refinado de sándalo y cedro, se mezclaba con el tenue murmullo de la servidumbre que retiraba las bandejas. La mesa, cubierta por un mantel blanco níveo y una vajilla de porcelana inglesa, parecía un campo de batalla silencioso. Allí, frente a frente, dos nombres y dos destinos que colisionaban sin tregua.

Sofía apretó los labios, luchando contra la oleada de una rabia contenida, mientras sus dedos rozaban apenas la copa de cristal, sintiendo el latido brutal de su pulso contra la piel. En aquel instante, las palabras se convirtieron en un choque silencioso —más hiriente que cualquier insulto— y ella optó por romper el hielo.

—¿Alguna vez te has preguntado, Alejandro —dijo con voz firme pero cargada de cierto temblor que le delataba— qué significa perderlo todo y aún así mantener la dignidad?

Él ladeó la cabeza, con una ceja arqueada, como si jugara con la idea de responder o simplemente ignorarla.

—Perder —respondió despacio— es un lujo que no me puedo permitir. Ni para mí ni para el apellido que represento.

Los ojos de Sofía chispearon con un brillo feroz. La tensión era palpable, una cuerda tensa a punto de romperse en cualquier momento.

Calló por un momento, midiendo el terreno, y deliberadamente desvió la mirada hacia la ventana abierta que daba al jardín iluminado con faroles antiguos. Afuera, el frío de la noche se colaba por la rendija, arrastrando consigo un susurro que parecía susurrar promesas rotas y conspiraciones ocultas.

Un mesero apareció en ese instante, interrumpiendo el pulso de la conversación con un golpe de plato y el tintineo de cubiertos finos. Servían el primer plato: un carpaccio de remolacha con virutas de queso de cabra, revestido con aceite de trufa. Sofía tocó la comida como quien explora un territorio prohibido.

Alejandro, sin apartar la vista de ella, lanzó un comentario que quedó flotando entre las copas de vino tinto.

—No espero que esto sea una cena de reconciliación. Ni siquiera sé si ese es nuestro papel hoy.

Ella sorbió el vino con lentitud, dejando que el sabor intenso se esparciera en su idioma, como un pequeño acto de rebelión.

—Entonces, ¿qué papel jugamos? —preguntó, su voz más suave, pero cargada de una ironía afilada— ¿El de enemigos encadenados al mismo contrato?

Él dejó escapar una sonrisa apenas perceptible, aquella expresión que no alcanzaba sus ojos oscuros y que Sofía leyó como un aviso.

—Más bien, socios incómodos en un juego donde perder es igual a desaparecer.

El reloj antiguo marcó las diez con un golpe resonante. En esa fracción de segundo, ambos sintieron el peso de la soledad que los envolvía, aun en medio del lujo y la fachada perfecta. La charla comenzó a hacerse más meditada, un tira y afloja sutil cargado de intenciones veladas.

De repente, un sonido seco descendió desde la galería que daba al recibidor. Sofía y Alejandro giraron al unísono, como si un resorte invisible los hubiera activado.

Entre las sombras del corredor, una figura permanecía oculta. Sus ojos, apenas visibles en la penumbra, descansaban fijamente sobre la escena sin emitir un solo paso. No había movimiento, solo la presencia inquietante de alguien que observaba, esperando. El aire alrededor pareció espesarse, como si el peligro hubiera decidido vestir aquel instante con su sombra.

Sofía sintió el calor helado subir por su nuca.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz baja, tensa.

Alejandro masculló una orden apenas audible.

—Ve, averigua.

Pero antes de que alguien pudiera responder o el misterio de aquella silueta se resolviera, la figura desapareció tras un rápido y furtivo movimiento, perdiéndose en los recovecos del palacio.

El silencio volvió a caer, pero ninguno de los dos volvió la vista a la mesa.

Un mensaje se había colado en la tranquila fachada de su alianza fingida.

Una amenaza envuelta en sombras, distante pero demasiado cerca.

Y la promesa de que esta noche nada sería tan simple como aparentaba.