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Chapter 7

El Fantasma de Diego

El aire se volvió denso, como si la misma habitación hubiese tragado su aliento y se negara a devolverlo. Isabela sintió el peso de la pantalla iluminando su rostro, un brillo frío que revelaba la profundidad de ese secreto más, un puñal invisible pero cortante.

Un nudo se anudó en su garganta, su pulso golpeando en sus oídos con un ritmo frenético. No podía permitirse que Diego Santoro viera ese temblor sutil, esa sombra de vulnerabilidad que amenazaba con delatarla. Pero la realidad era tan palpable como el roce helado de la pared justo detrás de ella.

Un sonido seco detrás de ella la hizo girar. Diego apareció en el marco de la puerta, su figura alta recortándose contra la luz del pasillo, un espectro de poder y peligro. Tenía esa mirada que nunca relajaba, como un halcón que ya olía su presa.

—Nunca pensé que el “gran secreto” fuera tan explosivo —murmuró él, sus palabras arrastrando un dejo de satisfacción que le revolvió el estómago a Isabela.

Ella cerró la computadora sin darse cuenta, como si al apagar esa pantalla pudiera también apagar el riesgo latente que ahora pendía entre ambos.

—¿Por qué estás aquí, Diego? —su voz salió mucho más firme de lo que se sentía.

Él sonrió, pero no había calidez en ese gesto. Más bien era un encuadre cruel, una advertencia oculta.

—Porque creo que ahora podemos hacer algo... interesante. Algo que ninguno de los involucrados esperaba. —Avanzó un paso, acercándose con una seguridad que apagaba cualquier intento de protesta.

Isabela retrocedió ligeramente, el muro firme tras ella.

—No sé a qué te refieres.

El brillo en los ojos de Diego se intensificó, como si disfrutara de ese baile de evasión. Apoyó un codo en el marco, inclinándose hacia ella con una intimidad calculada.

—Mira, Isabela, no es solo un juego de contratos ni de apariencias. Ni Alejandro ni tú están jugando en el mismo tablero del que yo formo parte.

Sus palabras cayeron como un terremoto en el suelo de su mente. Alejandro, el hombre que juró proteger, ahora era solo un peón en un plan mucho más oscuro.

—¿Qué quieres? —le preguntó, atrapada entre la necesidad de escuchar y el miedo a lo que vendría.

El silencio que siguió fue un susurro peligroso. Diego finalmente habló, su voz baja, casi una caricia fría.

—Una alianza.

Isabela arqueó una ceja, incrédula.

—¿Alianza? ¿Después de todo lo que ha pasado?

—Sí. Porque ahora, solo juntos, podemos derribar a Alejandro.

La idea la hirió, la congeló, pero también despertó una parte oculta de rabia. La rabia de sentirse manipulada por todos lados, de que el juego no fuera solo de ella y Alejandro, sino un tablero donde Diego movía las piezas con las manos vacías de compasión.

—¿A cambio de qué? —su voz era una daga disfrazada de calma.

Diego se enderezó, haciendo un gesto dramático con las manos.

—A cambio de recuperar lo que es legítimamente mío. Lo que desde siempre me pertenece. —Su mirada se volvió un filo cortante—. ¿Aceptarás destruir a Alejandro y reclamar lo que te pertenece?

El silencio envolvió la habitación. Isabela sintió cómo su mundo se fragmentaba justo en ese instante. La pregunta pendía entre ellos, una promesa y amenaza entrelazadas.

Un sudor frío le bajó por la espalda, mientras la mente sopesaba cada palabra, cada riesgo invisible que esa respuesta implicaría.

Su voz, apenas un susurro, parecía no pertenecerle.

—¿Y si digo que sí?

Pero no llegó a oír la respuesta porque, justo en ese momento, un golpe seco resonó en la puerta, como un latido que partía el aire.

Ambos se giraron hacia el sonido, y la tensión se volvió eléctrica: alguien más estaba allí, y lo que estaba por venir no permitiría marcha atrás.