Chapter 6
El eco del golpe en la puerta resbaló por las paredes del apartamento, apagándose lentamente, pero dejando un sordo retumbar en el pecho de ambos. Isabela sintió el calor de la adrenalina recorrerle la columna; las palabras no pronunciadas flotaban en el aire como un espectro invisible pero pesado. Alejandro, por primera vez, bajó la guardia una fracción, y sus ojos reflejaron un brillo que ella no había visto antes: un destello vulnerable, casi quebradizo.
El silencio entre ellos fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. La ciudad seguía su ritmo caótico afuera, el murmullo distante de los autos, el ladrido lejano de un perro, pero dentro de esas paredes, solo quedaba el mundo detenido en ese instante.
Alejandro finalmente se acercó, con pasos medidos, dejando caer las llaves sobre la mesa con un ruido metálico que resonó, frío y contundente. Su rostro, habitualmente una máscara impenetrable, mostró una leve arruga en la frente, la ceja derecha levantada como señal de una batalla interna.
—Isabela —su voz fue un susurro ronco, un contraste absoluto con el hombre decidido y firme que la había presentado al firmar aquel contrato—. Hay algo que... necesito compartir contigo. Algo que ya no puedo cargar solo.
Isabela sintió un temblor en el estómago. Aquellas palabras trazaban una fisura en la coraza que Alejandro había construido pieza a pieza; un atisbo a su verdad, a ese hombre complejo y solitario que se escondía tras el apellido Santoro.
Sin esperar respuesta, Alejandro se dejó caer en el sofá, flexionando los dedos nerviosamente, algo que nunca había hecho ante ella.
—Cuando era niño —comenzó, la voz quebrada por un dejo de nostalgia—, mi padre... nunca estuvo. Siempre ocupado en la empresa, en sus reuniones interminables, en sus alianzas. Crecí con mi madre, sí, pero ella... ella tenía sus propios fantasmas. Tenía miedo de que me volviera como mi padre, de que el poder y la ambición corrompieran mi alma. Por eso me enseñó a ser frío, a no mostrar debilidad, a aislarme.
Los ojos de Isabela se posaron en él, atentos, sintiendo que la verdad atravesaba la distancia entre sus cuerpos como un cuchillo. La imagen de aquel Alejandro implacable se desmoronaba lentamente, liberándose de la prisión de sus secretos.
—Nunca quise que te vieras atrapada en esta red —continuó, la voz baja pero firme—. Por eso me mostré tan distante, tan severo. Pero contigo no puedo hacer lo mismo. Hay días en que la soledad pesa como una losa, y no sé si podré seguir fingiendo.
Isabela se acercó sin pensarlo, tomando una de sus manos ásperas en las suyas, notando el latido alterado bajo la piel. La sonrisa que apareció en sus labios fue tenue, pero sincera.
—Alejandro... No estás solo. Ninguno de los dos lo está.
Un suspiro escapó de su pecho, una mezcla de alivio y temor. ¿Cuántos secretos más se escondían bajo esa fachada helada?
En ese instante, un mensaje vibró en su teléfono con un timbre seco y urgente. El nombre que iluminó la pantalla hizo que su corazón se detuviera por una fracción.
Isabela levantó la mirada hacia Alejandro, con la incertidumbre anidando en sus pupilas.
—¿Crees que todo esto es solo el principio? —preguntó, sin atreverse a pronunciar en voz alta la sombra que comenzaba a engullirlos.
El eco de la pregunta quedó suspendido entre ellos mientras la pantalla irradiaba un brillo ominoso.
Un secreto más, pensó Isabela con un escalofrío, oculto bajo promesas rotas y miradas calculadas. Y esta vez, no estaban preparados para enfrentarlo.