Chapter 4
El eco de aquel aplauso todavía vibraba en los oídos de Isabela cuando las luces del salón comenzaron a apagarse lentamente, retornando a la penumbra que siempre terminaba por silenciar los secretos mejor guardados. Su cuerpo se movía casi mecánicamente, apartándose del tumulto de la multitud que aún comentaba la velada con falsas sonrisas y miradas fugaces.
Camino al elevador, la tela del vestido, pesada y ajustada, parecía pesarle el doble. Cada paso era un recordatorio punzante de cómo un simple roce había desencadenado un torbellino de emociones contenidas. Su corazón palpitaba demasiado rápido, como si intentara salirse de su pecho y revelar aquello que había luchado tan arduamente por ocultar. ¿Cómo alguien podía ver a través de su máscara en una ciudad donde la apariencia lo era todo?
Al salir del edificio, la noche fresca la golpeó con la familiar mezcla de humedad y humo de los autos. La brisa agitó sus rizos, y su reflejo se fragmentó en los escaparates iluminados. Quiso convencerse de que lo ocurrido no tenía importancia, que aquella mirada no era más que una casualidad. Pero en su pecho, la sospecha Simeon de fuego.
Isabela apretó el bolso contra su costado, sintiendo en sus dedos la textura rugosa del papel que había guardado antes en el fondo. Un recorte de periódico amarillento, una noticia del pasado que prefería olvidar y que, sin embargo, pesaba más que cualquier contrato o alianza.
Mientras caminaba hacia su auto, el zumbido de su teléfono interrumpió la calma. La pantalla mostró un número desconocido. Dudó, trémula, y decidió aceptar la llamada. La línea apenas tenía ruido de fondo, pero una voz femenina y fría rompió el silencio.
—Sé lo que hiciste —susurró con crueldad—. Y no estás tan segura como crees, Isabela.
El corazón le dio un vuelco. ¿Quién? ¿Cómo? La información que podría destruirla estaba en manos de alguien invisible, acechándola desde la sombra, recordándole que su pasado no estaba enterrado.
Colgó sin una palabra, la garganta seca y los dedos temblorosos. Sabía que nada sería igual a partir de ese instante. Su secreto, esa daga oculta bajo el vestido de su vida perfecta, empezaba a abrirse paso hacia la luz.
Al abrir la puerta del auto, una hoja doblada reposaba sobre el asiento del copiloto, como si la noche hubiese sido cómplice del mensajero. Con la respiración contenida, Isabela desdobló el papel y leyó con el pulso acelerado:
“Tus mentiras tienen fecha de caducidad. El reloj ya está corriendo.”
Un estremecimiento la atravesó desde los pies hasta la nuca. Miró a su alrededor, buscando en las sombras algún indicio, alguna figura que hubiese seguido sus pasos. Pero la avenida estaba desierta, cómplice cómplice solo de la noche y sus secretos.
Volvió a perderse en la negrura del parabrisas, enredada entre el miedo y la determinación. Sabía que ahora no solo debía proteger ese secreto para salvar su carrera y la integridad de su familia, sino también enfrentarse a un enemigo que parecía conocerla mejor que nadie.
El pasado había irrumpido sin avisar, y con él, los ecos de promesas rotas y traiciones escondidas que no tardarían en salir a la superficie. Mientras el motor rugía, ganando velocidad en la oscura avenida, una pregunta se clavó en su mente como una daga: ¿quién estaba dispuesto a destruirla y por qué?
Y lo más aterrador de todo: ¿Podría confiar siquiera en Diego, el hombre con quien había sellado un pacto? Porque mientras el resplandor de la ciudad se perdía detrás de ella, una certeza crecía en su piel, como un frío que nunca se aparta:
El juego apenas comenzaba.