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Chapter 2

Las Reglas del Juego

La puerta permaneció entreabierta un segundo más de lo necesario. Un eco seco y preciso atravesó el silencio tenso, casi ceremonioso, que reinaba en la sala. La mirada de Isabela trazó una línea rápida, cortante, hasta la figura que apareció en el umbral. No esperaba a nadie más, y sin embargo ahí estaba.

Diego Santoro ladeó la cabeza, desviando su atención desde el contrato hasta esa silenciosa interrupción. En su rostro, una mezcla de fastidio y calculada paciencia. Isabela sintió el aliento detenido en su pecho como si la irrupción fuera un golpe sordo directo a su caja torácica.

—¿Quién...? —Su voz se quebró en un susurro cortante—. ¿Quién entró sin avisar?

Pero nadie respondió. La habitación estaba en penumbra, y la silueta era un borrón oscuro, apenas perceptible. Apenas un latido después, la figura avanzó con calma, y una luz más tenue reveló que no era un invitado inesperado, sino el asistente personal de Diego, con un portafolio negro en mano. Su expresión era monótona, imperturbable.

Diego alargó una mano hacia el portafolio, lampeándolo con una mirada fija y dura. El silencio volvió a apoderarse del lugar mientras el asistente abría, desplegando documentos que parecían contener más que simples términos legales.

—Las reglas del juego —musitó Diego, con el ceño fruncido—. Es hora de que comprendamos qué límites tendremos que respetar para que esta farsa no se desmorone.

Isabela frenó el impulsó de levantarse. Sus dedos buscaron el borde de la silla, aferrándose con fuerza al frío de la madera.

Diego extendió una mano y comenzó a sacar hojas con precisión maniática. Pero antes de que pudieran leerlas, sus ojos de acero se posaron en Isabela con una intensidad que hizo crujir el aire entre ellos.

—Escucha bien, Isabela —su voz descendió varios tonos, áspera y firme—. Este contrato no es un simple papel. Es un campo minado. Cada palabra tiene un peso que podría descarrilar cualquier plan que tengas. Cualquier movimiento en falso puede costarnos caro, a los dos.

Isabela sintió la mandíbula apretarse. Él siempre tenía una ventaja, y lo peor era que parecía disfrutar teniendo el control absoluto.

—¿Y qué es exactamente lo que esperas de mí? —Su voz se mantuvo baja, pero el desafío ardía detrás de cada sílaba—. ¿Quieres que venda mi vida, mi carrera, mi orgullo? Porque eso es lo que estás haciendo: un trueque brutal envuelto en elegancia.

Diego sonrió, una curva afilada y calculadora que no era sino una amenaza disfrazada.

—No confundas el negocio con el deseo, Isabella. Aquí no hay lugar para idealismos. Firma esto, y será la única manera de que tus diseños vean la luz otra vez.

Cada palabra era como una daga que atravesaba la atmósfera cargada. El portafolio se abrió sobre la mesa, y un rayo de luz iluminó una cláusula que Isabela no esperaba.

Sus dedos temblaron ligeramente cuando realizó el último desplazamiento sobre el papel. Allí estaba, en letra pequeña pero clara, una condición oculta que no figuraba en las negociaciones previas:

“La no divulgación de cualquier relación extracontractual vinculada a la familia Santoro será monitorizada y sancionada con la terminación inmediata del acuerdo, incluyendo la cesión de todas las regalías de los diseños y la exclusión de cualquier beneficio económico o social relacionado.”

Isabela sintió un frío paralizante arrastrarse desde la base de su cuello hasta cada extremidad. Esa cláusula, tan silenciosa, era una prisión encubierta.

—¿Cómo pretendes que viva con esto? —murmuró, mirando fijamente a Diego, la traición palpable en sus ojos.

El silencio estalló como una bomba. Diego no respondió de inmediato. En lugar, se recostó en su silla, cruzó lentamente los brazos y dejó que el tiempo pesanara la tensión.

—Tienes dos opciones —dijo finalmente, con voz irritada—. Aceptas las reglas del juego, o te retiras y ves cómo se desploma todo tu mundo profesional.

Isabela tragó saliva. Todo lo que había luchado, protegido y soñado pendía ahora de ese papel, de esa firma que podía encadenarla a secretos que harían pedazos la poca libertad que le quedaba.

El aire se volvió denso, como si la misma sala se cerrara sobre ella. La luz de la tarde se colaba entre las persianas, dibujando franjas de sombras y destellos que parecían pequeños recordatorios de una verdad ineludible.

Su corazón latía con fuerza sorda, marcando un ritmo que no podía ignorar. ¿Era aquella la verdadera alianza que le ofrecía Diego Santoro? ¿Un contrato que le prometía éxito a cambio de su alma?

Isabela alzó la vista, encendiendo una chispa de fuego que aún ningún obstáculo había logrado apagar.

—Voy a necesitar tiempo para revisar esto —dijo, con la voz aún firme, mordiendo el orgullo a cada palabra—. No firmaré sin entender lo que estoy perdiendo.

Diego asintió con una sonrisa pesada, tan cargada de advertencia como la cláusula que había descubierto.

—No hay mucho tiempo, Isabela. La vida no espera por indecisos.

El asistente cerró el portafolio y se encaminó hacia la puerta, dejando tras de sí un rastro sutil de perfume caro y una promesa muda de vigilancia.

Las sombras de la tarde se alargaron y la tensión se volvió casi palpable. Isabela sintió que el mundo alrededor se fragmentaba mientras la claúsula secreta seguía brillando en su mente como una jaula invisible.

Un paso en el pasillo resonó justo al otro lado de la puerta cerrada. ¿Sería el inicio de una cadena de consecuencias irreversibles, o podría encontrar una grieta para escapar del laberinto que Diego Santoro le estaba tendiendo?

El silencio devolvió solo una pregunta que rompía el aire frío:

¿Quién estaba realmente encerrado en esta boda forzada? ¿Ella o él?