Chapter 7
El eco de sus propios pensamientos era lo único que acompañaba a Lara mientras se recostaba contra la fría pared del pasillo, apenas dando crédito al temblor sordo que recorría su espalda. La puerta cerrada frente a ella parecía un muro insuperable, pero lo que realmente la oprimía era la mirada de Alexander, cargada de una mezcla de desconfianza y dolor que no lograba descifrar.
El silencio se rompió al resonar un sonido inesperado, un taconeo firme que se acercaba por el otro extremo del corredor. Lara tensó los músculos, cada una de sus fibras alerta, y entonces lo vio: Sebastián Montalvo, emergiendo desde las sombras con la precisión de un depredador acechando a su presa.
Él avanzó con una seguridad aplastante, sin sorpresa aparente al verla tan cerca, como si ya hubiera previsto este encuentro desde hace mucho tiempo. Su rostro mostraba una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, una mezcla venenosa de desprecio y diversión contenida.
—Nunca imaginé verte aquí, Lara —dijo, su voz deslizando un sutil veneno—. Es curioso cómo el destino nos juega malas pasadas en los lugares menos esperados.
Lara apretó los dientes, el corazón martillándole en el pecho. Intentó dar un paso atrás, pero sus pies se negaron a moverse con rapidez. La atmósfera se volvió densa, casi palpable, como si el aire mismo resistiera su huida.
—¿Qué quieres, Sebastián? —su voz tembló apenas, pero buscó que sonara firme—. No tengo tiempo para tus juegos.
Él dejó caer su bastón al suelo con un golpe seco, y la miró desde arriba, casi como un juez implacable frente a una condenada.
—No son juegos, Lara. Es la realidad. Tu mundo está a punto de desmoronarse, y yo tengo la llave para abrir esa puerta que tanto temes.
Sentía la amenaza en cada palabra, un eco oscuro que resonaba en su interior con la fuerza de un martillo. Recordó todas las noches de insomnio, las mentiras que tejió para proteger a su familia, y el peso casi insoportable de una verdad que podría destruirla.
—No sé de qué hablas —mintió, aunque sabía que no era así.
Sebastián dio un paso adelante, hasta estar lo suficientemente cerca para que pudiera oler el aroma fresco y penetrante de su colonia, mezclado con un dejo metálico, como de acero viejo.
—¿De verdad? —su sonrisa se ensanchó—. Tu secreto está a punto de salir a la luz, Lara. Y cuando eso ocurra, ni siquiera tu "promesa de acero" podrá salvarte.
Una gota de sudor resbaló por la sien de Lara, mientras su mirada se clavaba en la suya, buscando una salida, una mentira que no fuera tan evidente.
El sonido lejano de un ascensor interrumpió la conversación. Sebastián giró lentamente hacia la dirección del ruido y luego volvió los ojos a ella, con una última advertencia.
—Piensa en esto como un último regalo. Porque después, todo cambiará.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y sus pasos firmes se alejaron por el pasillo oscuro, dejando a Lara con el corazón retumbando en sus oídos y el frío plomo de una verdad inminente adueñándose de su mente.
Quedó sola, con la puerta cerrada frente a ella, y un futuro que se desdibujaba entre promesas rotas y susurros de acero.