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Chapter 6

Primeras Dudas

La puerta quedó suspendida en su lugar, vibrando levemente después del golpe, como si el eco hubiera grabado en la madera una advertencia invisible. Lara contuvo la respiración, el corazón martillándole contra las costillas. Alexander permaneció tan inmóvil como una estatua tallada en mármol frío, pero sus ojos, esos ojos profundos y calculadores, revelaron una rapidísima chispa de alarma antes de que él mismo la ahogara en una segunda expresión, tensa y controlada.

—¿Quién…? —la voz de Lara apenas fue un susurro, el brillo de la tensión dibujando una línea dura en su mandíbula.

Él retrocedió un paso y abrió la boca, dispuesto a responder, pero el silencio hizo que la atmósfera se volviera aún más gruesa, más opresiva. El tiempo pareció deslizarse mientras esperaban lo inevitable.

Entonces, un clic metálico resonó y la puerta se abrió con un movimiento calculado. No entró nadie. Sólo un sobre blanco, reposando en el umbral, brillando bajo la fría iluminación del vestíbulo.

Alexander fue el primero en reaccionar, avanzando con pasos medidos, recogiendo el sobre sin apartar la vista del suelo. Se volvió y con una autoridad tácita señaló a Lara que siguiera sin palabras.

En la sala privada, cerró la puerta tras de sí, dejando que el silencio se apoderara del espacio antes de romperlo.

—Esto no es una coincidencia —dijo mientras abría el sobre con dedos firmes, aunque su pulso delataba un estrés contenido—. Alguien está jugando con fuego.

Lara sintió una mezcla de curiosidad envuelta en nervios. El sobre contenía fotografías. No eran imágenes convencionales, sino capturas íntimas y detalladas de Alexander en momentos vulnerables; alguna sonrisa, una conversación casual en un café, un gesto que él sin duda preferiría mantener oculto.

—¿Cómo…? —Lara no pudo evitar la pregunta, y en su tono se coló el destello de un temor recién despertado.

Alexander la observó, sus labios apretados en una línea fina. Luego, con un dejo irónico que parecía más un disfraz que un reflejo genuino, respondió.

—Alguien sabe demasiado. Lo que nadie debería saber.

Lara sintió que una grieta se formaba en la imagen pulida que tenía del hombre con quien compartía este matrimonio inestable. Ese hombre que parecía demasiado frío, demasiado calculador para mostrar fisuras, ahora exhibía una vulnerabilidad imperfecta. Y no la ignoró; más bien la observó con la fascinación peligrosa de quien encuentra una pieza que no encaja del todo en el rompecabezas.

—¿Qué clase de secretos guardas, Alexander? —la voz de Lara se tornó más baja, inquisitiva, como si esa misma pregunta pudiera romper la red cuidadosamente tejida alrededor de ellos.

Un destello cambió en sus ojos, un centello fugaz de conflicto interno. Apartó la mirada y se acercó a la ventana, dejando que la luz artificial de la ciudad pintara fractales dorados sobre sus facciones severas.

—Secretos que, si salieran a la luz, destruirían todo lo que he construido —dijo en voz baja, apenas audible.

Lara retrocedió un paso, golpeando la esquina del escritorio con el dorso de su mano. Su mente empezó a girar, encendiendo alarmas internas. ¿Cuántos secretos podían sostener dos personas involucradas en un trato tan frágil? Y más importante, ¿cuál de ellos estaba hecho para derrumbar el escenario antes de que pudiera haber un acto final?

Alexander volvió a mirarla, pero esta vez no hubo máscara, ni dureza manufacturada. Solo una sombra de lo que parecía ser miedo.

—Ella volvió a aparecer —dijo entre dientes, como si pronunciar ese nombre desatara la tormenta interna—. Sebastián Montalvo.

El músculo en la mandíbula de Lara se tensó. La atmósfera se hizo densa, casi tangible por la tensión que esa sola palabra implicaba.

—Entonces eso significa… que la guerra que pensábamos habíamos archivado ha vuelto —susurró ella, sin saber si enfurecerse o prepararse —. Y con ella, toda la catástrofe que creímos haber enterrado.

Alexander dio un paso más cerca, el calor de su cuerpo colisionando con el frío tacto del cristal.

—No se trata solo de protegernos —dijo con un deje que era parte advertencia, parte confesión—. Es que su conocimiento amenaza con abrir una herida que he mantenido sellada durante demasiado tiempo.

Lara apretó los labios, sintió un aire cargado de secretos, promesas rotas y pactos invisibles que pendían entre ellos. La idea de que Alexander guardara un secreto más oscuro que el suyo se instaló como un nudo imposible de deshacer.

—¿Qué has estado ocultando? —repitió, esta vez con una mezcla de desafío y súplica.

Un segundo de silencio fue el único preámbulo antes de que esta vez él rompiera la distancia, acercando una mano firme para rozar la mejilla de Lara con un toque a la vez cruel y protector.

—Algo que, si vieras, cambiaría todo lo que crees sobre mí —susurró tan cerca que el aliento le erizó el cuello.

Un golpe seco volvió a resonar, esta vez desde la entrada del piso, como un latido amenazante que invadía la habitación.

Ambos se giraron, y justo en ese instante la luz del pasillo brilló sobre una figura cuya sombra se extendía como un presagio.

Una voz apagada, sensual y peligrosa se coló a través de la puerta entreabierta.

—Alexander… tenemos que hablar.

El secreto que Alexander escondía ya no era sólo una sombra susurrante en su mirada; era un fantasma que rondaba presente y vivo, listo para destrozar todo a su paso.

Lara sintió cómo su mundo se desmoronaba pieza a pieza, atrapada entre la promesa de acero de su contrato y los susurros ardientes de un destino que parecía escrito en fuego y hielo.

Y en ese instante, comprendió que el verdadero peligro no estaba afuera, ni siquiera en Sebastián.

Sino en la verdad oculta tras esa puerta cerrada y tras la mirada de Alexander.

¿Podría su promesa de acero resistir al peso de los susurros que amenazaban con romperla?