Chapter 3
El reloj marcaba las ocho cuando la fría luz de la noche comenzó a posarse sobre la ciudad. Lara sintió el peso de cada paso al cruzar el vestíbulo de mármol del Gran Hotel Victoria, envuelta en un vestido azul noche que parecía absorber las sombras, ocultándola, protegiéndola, y en cierto modo, aislándola del ruido del mundo que la esperaba.
Su mano, delicada pero tensa, encontró la firmeza de la de Alexander justo cuando entraron en el salón principal. Un mar de rostros impecablemente vestidas se volvió hacia ellos, un murmullo apenas contenido recorrió la sala, cargado de una mezcla de curiosidad y estrategia. Cada mirada pesaba como un juicio invisible, cada sonrisa, una barrera afilada.
—¿Lista para esta alfombra roja? —musitó Alexander, su voz un susurro grave, casi una promesa o una amenaza.
Lara inhaló hondo. Aquella primera cena formal tras la firma de su matrimonio por contrato era mucho más que una obligación social; era la primera prueba pública, el primer juego abierto en una partida que se jugaba a varios tableros.
La música de un cuarteto de cuerdas empezaba a entrelazarse con las conversaciones. Su vibrato casi podía sentirse en la piel, como un pulso constante que no la dejaba olvidar que estaba atrapada bajo la lupa del poder y la mentira.
—Más que lista —respondió, devolviendo la mirada intensa de Alexander. Y aunque sus labios sonrieron con aparente seguridad, un temblor familiar se escondía en el fondo de sus ojos.
El banquete comenzó con un brindis. Las copas de cristal tintinearon, ofreciendo una melodía chispeante, y las voces elevaron el volumen por un momento mientras Alexander pronunció unas palabras medidas, llenas de diplomacia y fuerza. Lara lo escuchaba, admirando la forma en que dominaba el escenario sin esfuerzo, moldeando la atención de la sala, como un titiritero invisible.
Pero en el fondo de su mente, una grieta se abría. Recordó las palabras que aún quemaban en su piel, un adelanto de la tormenta que se avecinaba: Sebastian. La sombra de él pendía sobre ella como un cuchillo afilado, amenazando con desgarrar la frágil red de acero que había tejido alrededor de su vida.
En un momento, mientras la charla giraba hacia negocios, Lara se acercó a la mesa de canapés. El aire estaba perfumado con notas de jazmín y madera, mezclado con el aroma metálico del champán frío. Sus dedos rozaron una copa mientras su atención se dirigía inesperadamente hacia un hombre que acababa de llegar.
Vestía un traje negro impecable, pero sus ojos eran demasiado fríos para pertenecer a aquella atmósfera de falso glamour. Su mirada se clavó en ella, un instante más largo de lo que debería.
Un escalofrío fue la única señal que pudo captar antes de que el hombre desapareciera entremedio del gentío, volviendo a fundirse con la multitud.
Regresó al lado de Alexander, que la observaba con esa mezcla de curiosidad y cautela. Sin embargo, no dijo nada. Una guerra silenciosa parecía apoderarse de la habitación mientras ambos navegaban entre conversaciones, apretones de mano y sonrisas estudiadas.
Cada vez que Lara captaba un susurro o una mirada cruzada, sentía que el secreto que guardaba se hacía más pesado, más real. El matrimonio con Alexander había construido un muro alrededor de ella, pero al mismo tiempo, los rumores comenzaban a zarandear los cimientos.
Cuando la velada alcanzaba su punto más tenso, el teléfono de Alexander vibró dentro de su chaqueta. El sonido cortó la música justo cuando el magnate sacaba el dispositivo con un gesto instintivo. Lara percibió cómo su rostro, siempre sereno, cambiaba sutilmente: sus ojos se agrandaron por un instante y la mandíbula se tensó.
—Disculpa —dijo en voz baja, dejando que el melancólico eco de un silencio incómodo llenara el espacio entre ellos.
Miró la pantalla y luego la guarda en el bolsillo. No era solo un mensaje; era un golpe directo a su imperio.
Lara lo observó, notando que sus dedos aún temblaban un poco —algo extraño para un hombre acostumbrado al control absoluto.
—¿Qué dice? —susurró, aunque en su voz había ya una frontera invisible que no podía cruzar.
Alexander negó con la cabeza apenas perceptible.
—No puedo decírtelo aún. —El peso de sus palabras dejó caer un silencio más profundo que cualquier temperatura gélida. Un silencio que gritaba advertencias.
Pudo sentir entonces, con una claridad casi dolorosa, que nada de lo que ocurría aquella noche era casual ni prometía la paz. Las alianzas que parecían firmes como el acero comenzaban a temblar, resquebrajadas por un rumor, una amenaza, un fantasma del pasado.
El teléfono vibró nuevamente.
Una notificación: un mensaje anónimo.
Alexander apagó la pantalla y la guardó. Luego, liberó la mano de Lara con una suavidad que la desconcertó.
—Debemos salir de aquí —dijo con una autoridad que no admitía réplica—. Ahora.
El murmullo de la sala detrás de ellos se convirtió en un rugido lejano, y mientras la pareja se abría paso entre los invitados, el corazón de Lara latía desbocado, sin saber qué era peor: el peligro escondido en ese mensaje o la incertidumbre de lo que le esperaba al cruzar la puerta.
Y en la sombra, alguien observaba.
Esperando.
El eco de las palabras que Alexander recibió vibraba en el aire, una amenaza tangible que podría derrumbar imperios y destruir promesas.
La tormenta no había hecho más que comenzar.