Chapter 4
El eco de aquella nota parecía retumbar en sus oídos incluso después de cerrar la carpeta con determinación. Valeria se quedó sentada frente a la enorme ventana que daba al imponente skyline de la ciudad, las luces de neón parpadeando como si intentaran distraerla del torbellino de pensamientos que se arremolinaban en su mente. La nota, a pesar de ser breve, llevaba una amenaza única: los estaba vigilando. A ella y a Leonardo.
El reflejo oscuro de su rostro mostraba una mezcla de ira contenida y miedo apenas disimulado. No podía permitir que alguien más se paseara entre las sombras de su vida, desafiando su control. Pero, al mismo tiempo, la sensación de vulnerabilidad se le instalaba en el pecho como un puñal silencioso. Su contrato con Leonardo era una fortaleza, pero también una jaula, y ahora cada movimiento era observado.
Las plantas del estudio, las paredes de cristal, todo parecía perder color, como si la ciudad misma se oscureciera un poco más con esas palabras mudas. Fue entonces cuando la voz de Leonardo irrumpió desde la puerta entreabierta, cortando el silencio como un cuchillo.
—Valeria, tenemos que hablar —dijo con la mandíbula apretada, los ojos brillando con una mezcla de frustración y cansancio.
Ella no volteó de inmediato. Respiró profundo, intentando estabilizar el temblor en las manos antes de responder.
—Dime.
Leonardo cruzó el umbral, cada paso firme, imponiendo su presencia en el espacio reducido. Había algo en él que siempre intimidaba, incluso en los momentos de mayor confianza, como si estuviera dispuesto a derribar cualquier barrera con solo una mirada.
—Este juego... nuestro matrimonio falso —dijo, situándose frente a ella— no puede seguir así. Cada uno guardando secretos, heridas que sangran sin cicatrizar. Si vamos a fingir que somos un matrimonio, tenemos que entender qué diablos queremos y, sobre todo, cómo manejar nuestras heridas.
Valeria levantó la vista, bloqueando por un instante el dolor que aquella afirmación desenterraba. Su vida no era un cuento de hadas; era una batalla constante contra el pasado que todavía la acechaba.
—¿Y cómo propones hacerlo? —su tono fue ácido, casi un desafío—. No somos una pareja de novela para sentarnos a hacer terapia juntos. Este contrato tiene reglas, y quedan claras en cada cláusula. Nada de líos emocionales.
Leonardo rió, una risa seca y tensa, que parecía sacada de un pozo oscuro.
—¿Reglas? Las reglas están para romperse, y tú lo sabes. Este vestido, esta fachada, son solo eso: máscaras. Detrás de ellas estamos tú y yo, dos personas con cicatrices profundas. Pero tú pretendes que no existan o que desaparezcan solo porque firmaste un papel.
Valeria se incorporó, sintiendo el calor de la furia quemándole la piel. No era habitual que alguien cuestionara su control de esa manera.
—¿Y tú qué sabes de mis cicatrices, Leonardo? —su voz bajó, convirtiéndose en un susurro implacable—. Tú que apareciste de la nada, como un depredador, dispuesto a arrebatarme lo que queda de mi legado familiar.
Él dio un paso hacia adelante, reduciendo la distancia entre ellos, sin miedo ni respeto visible.
—Sé más de ti de lo que imaginas. Y eso no me hace el enemigo, Valeria. Al contrario, podría ser lo único que te mantenga en pie cuando todo se desmorone.
Una tensión eléctrica flotaba en el ambiente, densa y agobiante. Los dos se miraron, desafiantes, conscientes de que este primer choque de egos era solo la punta del iceberg.
De repente, el sonido estridente del teléfono rompió el hechizo. Leonardo sacó el móvil del bolsillo interior de su saco con movimientos rápidos, casi torpes para alguien acostumbrado a la precisión.
—Es... esperen. —Su ceño se frunció mientras miraba la pantalla. La llamada no mostraba nombre, solo un número desconocido.
—¿Vas a contestar? —Valeria preguntó, una mezcla de inquietud y curiosidad pintando su voz.
Leonardo vaciló apenas una fracción de segundo antes de deslizar el dedo para aceptar. La línea se conectó y, por un instante, solo se escuchó un aliento pesado al otro lado.
—¿Quién habla? —su tono era firme, pero contenía una sombra de sorpresa.
Un silencio prolongado siguió, pesado y cargado. Entonces, una voz grave y fría rompió la quietud.
—Creo que estás jugando con fuerzas que no entiendes, Leonardo. La partida acaba de cambiar, y tú no tienes las cartas que crees.
Leonardo tragó saliva, su postura oscurecida por un fogonazo de alarma que no intentó disimular.
—¿De qué diablos estás hablando?
—No hay tiempo para explicaciones largas. Pero recuerda esto: ni tú ni Valeria están a salvo. Y el reloj ya está corriendo.
Sin más, la llamada se cortó abruptamente, dejando un silencio roto solo por la respiración entrecortada de Leonardo y el latido acelerado de Valeria.
Ella dio un paso atrás, la ansiedad marcando cada músculo de su cuerpo. La gravedad de aquella llamada se asentaba entre ellos como un muro intangible, impenetrable.
—¿Qué significa eso? —susurró, sin atreverse a pestañear.
Él guardó el teléfono con cuidado, como si fuera un objeto frágil que podía explotar.
—Significa que el juego no solo es nuestro. Alguien más mueve piezas, y no hay margen para errores.
El aire se volvió denso, haciendo que cada respiración se sintiera como un esfuerzo titánico. Valeria sintió cómo aquel hombre, con quien apenas comenzaba a entenderse, se transformaba en una incógnita aún más peligrosa.
El primer choque de egos apenas comenzaba. Y en ese choque, la primera grieta se abría bajo sus pies, anunciando que nada, ni siquiera el contrato más firme, podría protegerlos del tormento que se avecinaba.