Chapter 7
Capítulo 7 Revelaciones del Ermitaño
El aire a su alrededor parecía licuarse, fundiéndose con la negrura del portal que aún vibraba con ecos cavernosos. Héctor sintió un peso en el pecho, como si una ola de cenizas heladas se le hundiera hasta el estómago. Su corazón latía tan fuerte que pudo jurar que los muros de la habitación temblaban al compás. La oscura marca que brillaba débil sobre su puño ardía como un brasero encendido, y un zumbido grave retumbaba en sus oídos, cada vez más intenso, afinando la realidad hasta un filo invisible.
Se apoyó con ambas manos contra la pared húmeda, tratando de recobrar el aliento. “No puedo dejar que el miedo me detenga,” murmuró, sin saber si era para sí mismo o para un eco que sólo él escuchaba en su mente.
Entonces, como si el portal quisiera castigar su osadía, una ráfaga de viento gélido se coló por las grietas, cortando su piel y erizando los pocos cabellos que aún caían sobre su frente. Cerró los ojos, y las sombras comenzaron a agitarse frente a su mente entorpecida. Imágenes fragmentadas se arremolinaban: una risa quebrada, el sabor oxidado de la sangre, un llanto apagado en el fondo de un cuarto oscuro.
Héctor stepió—un temblor sutil, apenas perceptible—pero suficiente para que el frío se transformara en fuego. Un espasmo recorrió su espina dorsal, y el símbolo brilló con una intensidad sobrenatural. La habitación se oscureció aún más, la frontera entre su presente y el pasado comenzaba a desdibujarse.
Un rostro apareció en su memoria, borroso, como dibujado a lápiz sobre papel húmedo. Era la figura de una mujer, cubierta por una madeja rebelde de cabello castaño, sus ojos profundos y tristes. Héctor sintió un golpe seco en el pecho. Su voz—un susurro quedo, casi una plegaria—llegó como arrastrada por el viento: —“No temas...”
Pero justo cuando la imagen se solidificaba, el símbolo explotó en un destello cegador. Un grito sordo escapó de sus labios, ahogado por una oleada de dolor en el pecho. Trató de aferrarse a la visión, pero era como intentar sujetar humo con las manos. La mujer se desintegró en fragmentos de luz y sombra, disipándose con el palpitar del símbolo.
Toda la habitación pareció inclinarse a su alrededor, sus paredes gimiendo bajo una presión invisible. El eco seco de un objeto al caer resonó, pero Héctor no tenía fuerzas para girar. En vez de eso, las sombras dentro de él comenzaron a retorcerse, liberando una nueva oleada de memorias.
Ahora vio un niño. Pequeño, vestido con ropa raída, cruzando calles llenas de basura y miradas inquisitivas. Escuchó sus pasos titubeantes sobre la grava, sintió la aspereza del concreto bajo sus manos al caer una tarde que parecía eterna. Un flash: un golpe fuerte, seguido de un grito quebrado, y algo tan frío que paralizaba al que lo recibía.
—¿Por qué...? —¿Por qué me dejaste solo?
La voz resonó, soberbia y amarga, sin dueño claro. Héctor entrecerró los ojos. La memoria dolía; su pecho se cerraba en una prisión invisible. Las lágrimas se amontonaban al borde, pero no caían. Algo dentro de él se tensó, como una cuerda lista para romper.
Un nuevo pulso palpitante nació en el centro de su pecho, irradiando calor y luz. El símbolo sobre su mano cambió: nuevas líneas, complejas, laberínticas, se tallaban con fuego invisible, elevando su poder a otro nivel.
Entonces, en ese mismo instante, la escena en su mente se desvaneció. La sonrisa triste de la mujer, el niño solitario, el frío de la calle—todo desapareció, como si alguien hubiese borrado con un borrador invisible.
Él abrió los ojos, jadeante. —¿Qué?
La habitación quedó suspendida en un silencio denso, una calma aplastante después de la tormenta. Héctor se frotó el pecho, sintiendo el latido abrasador en su interior. Había subido un nivel, cierto. Eso lo sabía. Pero una parte esencial de sus recuerdos, una clave vital, se había escapado justo cuando más la necesitaba.
Un golpe seco sonó a la puerta, interrumpiendo la quietud. Héctor giró la cabeza con rapidez, las pupilas dilatadas y alertas. Sabía quién podía ser. Y al mismo tiempo, un sudor frío comenzó a resbalarle por la nuca.
“Esto no ha terminado,” susurró con voz áspera, sintiendo que algo más profundo y oscuro comenzaba a despertar dentro suyo.
El silencio de afuera se rompió cuando una voz familiar, baja y venenosa, pronunció su nombre: —Héctor, es hora.
Afuera, la noche esperaba, y con ella, un secreto que podría devorarlo entero.