NoveliqaNivel Supremo: La Ascensión del Ermitaño / El Misterio de los Portales :0%
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Chapter 6

El Misterio de los Portales

Capítulo 6 El Misterio de los Portales

El aire se había espesado, como si la ciudad misma hubiera contenido la respiración. Héctor Soler aún sentía vibrar en la piel el escalofrío dejado por aquel mensaje silencioso: No estás solo. Sus ojos permanecerían inquisitivos, casi temerosos, más tiempo del que quisiera admitir. Su puño se cerraba inconscientemente, las uñas marcando surcos sangrantes en la palma. Un golpe callado contra el recuerdo del vacío que lo había perseguido siempre.

El resplandor sutil de la luna apenas lograba infiltrarse entre los muros de concreto y neón parpadeante del barrio marginal. A su alrededor, el murmullo de la ciudad era un latido irregular, roto por el roce de zapatos sobre los adoquines y el trajín distante de los automóviles. Pero él, Héctor, sólo escuchaba el silencio después del mensaje. Un silencio que se extendía, asfixiante.

Con pasos cortos y medidos, comenzó a caminar hacia el lugar que le había indicado una corazonada una hora atrás: una callecita cubierta por grafitis nuevos, ilegibles a simple vista, pero que su instinto le aseguraba ocultaban algo.

El misterio se desprendía en el aire, eléctrico y tangible.

Mientras avanzaba, recordó las advertencias viejas, esas leyendas de los portales que alguien se había empeñado en negar. Portales que, según rumores sombríos, confluyen en zonas donde la realidad se rompe. No era la primera vez que un destello anómalo —instante de distorsión— lo interrumpía en sus rutas nocturnas, pero aquella vez había algo más. Más presente. Más urgente.

Dobló en una esquina desierta. Las sombras parecían contraerse bajo la presión de una luz azulada que congelaba todo a su paso. Allí, en la pared de ladrillos descompuestos, algo latía, pulsaba inquieto. Un vórtice iridiscente comenzaba a manifestarse; un portal.

El viento pegó con fuerza, revolviendo su cabello y helando su nuca. Podía sentir el siseo distante de esa fisura en el tejido del mundo. Parecía susurrar en lenguas antiguas, voces atrapadas en el tiempo, llamando a quien tuviera el valor suficiente.

Héctor recostó la palma contra el frío muro y comprobó la vibración tenue. No era natural. Una energía ancestral se arremolinaba justo ahí, provocando una tensión en el aire que cortaba la garganta.

Mientras enfocaba la mirada, una figura apareció al pie del portal. No había tiempo ni lugar para el miedo, sólo una certeza brutal: debía entender.

Aguzó su vista y entonces lo vio, grabado en el borde del destello azul: un símbolo. No uno cualquiera. Era un emblema que había visto antes, disperso en fragmentos de memoria confusa, en sueños que parecían más visiones. Parecía fundido en ese tejido sobrenatural.

El diseño era un círculo partido por una línea zigzagueante, rematado en tres puntas, como una corona deformada. Una marca conocida para quien supiera leer entre las sombras de su sistema oculto.

—¿Qué demonios...? —susurró Héctor, el nudo en su garganta apretándose como una garra salvaje.

A medida que sus dedos rozaban la superficie luminiscente, un cosquilleo eléctrico subió por su brazo, erizando cada pelo. La energía que irradiaba el portal parecía hablarle sin palabras, convocándolo a un destino que desafiaba su comprensión.

De repente, una ráfaga de viento hacía ondear una bandera raída a las espaldas del callejón. Héctor giró en redondo, buscando un origen para aquella presencia inquietante. Pero no había nadie.

Un murmullo rasgó su atención, una voz ronca y cargada de amenaza que pareciera brotar del mismo callejón.

—No deberías estar aquí.

El aire se congeló. Héctor sintió la sombra de Marcel Virel clavada en su espalda. Sabía que no estaba sólo, que algo más se tejía alrededor de ese portal. Que el destino, oscuro y voraz, había comenzado a abrirle las fauces.

Sin apartar la vista del símbolo en el portal, Héctor apretó los dientes.

Esta noche, las respuestas se harían tan reales como las pesadillas que lo perseguían.

Y al otro lado, una verdad esperando consumirlo.