Chapter 5
Capítulo 5: Enemigos en la Ciudad
El eco de sus pasos rompía la quietud nocturna, un pulso irregular en el asfalto húmedo que reflejaba las luces titilantes de los letreros de neón. Héctor respiraba con dificultad; cada inhalación era un hierro candente clavado en sus pulmones, cada exhalación un suspiro ahogado que se perdía entre las sombras de la ciudad.
Seguía sin entender del todo esa marca que ardía en su brazo, ni la carga opresiva que había comenzado a envolverlo desde el instante mismo en que apareció. Sin embargo, había algo que reconocía con amargura: estaba marcado. Y ese sello no habría de pasar desapercibido.
Giros y muertos en la esquina, empujones en callejones que olían a humedad y basura, rostros que se apartaban con desdén o temor al cruzarse con él. Héctor sentía ojos clavados en su espalda, comentarios susurrados que se disolvían al voltear con la esperanza vana de encontrar un aliado.
“¿Crees que con eso vas a unirte a los Cazadores?” Le espetó una voz áspera desde la sombra de una entrada angosta, justo antes de que un grupo emergiera como merodeadores del abismo. Un hombre alto, con cicatrices visibles en la mejilla y un tatuaje en forma de serpiente que se entrelazaba por su cuello y brazo, avanzó con arrogancia.
—No eres uno de nosotros —dijo otro, una mujer con ojos afilados como cuchillas, cruzando sus brazos—. Traes un olor extraño... algo que no pertenece ni en la luz ni en la sombra.
Héctor pudo sentir la presión. El aire pesado se apretaba en su garganta, un puño invisible que apretaba su laringe. Pero no era sólo eso: sus sentidos, ahora agudizados por el sistema oculto que se manifestaba en su interior, percibían algo más. Un rechazo ancestral, como si su aura fuera un virus que amenazaba con corromper la esencia misma de ese grupo.
—No busco vuestra aprobación —respondió, tratando de que su voz no temblara—. Sólo quiero entender la marca y aprender a usarla.
Uno de ellos, un hombre robusto, soltó una carcajada seca. “Entender la marca es cosa de locos o de quienes se fían demasiado del destino. Aquí sólo cazamos para sobrevivir, ni un segundo más.”
La atmósfera se tensó como un músculo a punto de romperse. Héctor apretó los puños, sintiendo la piel de sus nudillos humedecerse con sudor frío. Cerca, una brisa murmuró a través de los grafitis agrietados que adornaban las paredes, como si la misma ciudad estuviera suspirando su condena.
—¿Y tú? —inquirió Héctor, señalando al hombre de la serpiente—. ¿Qué sabe de marcas? ¿De sistemas? ¿De lo que está muriendo bajo nuestros pies y lo que aún acecha en los portales?
El silencio le respondió. Sus palabras parecían caer en un pozo sin fin. O peor, despertaron un miedo tácito que nadie pronunciaría en voz alta.
La mujer de los ojos filosos se acercó, su aliento era frío, casi cortante.
—El sistema oculto es una maldición camuflada. Un ciego se aferra a su bastón sin saber que lo conduce al abismo. Tú... eres ese ciego.
Esta condena en voz baja resonó como un látigo invisible. Pero entonces sucedió algo que nadie esperaba.
Desde una distancia segura, una figura impecablemente vestida se detuvo en la penumbra. Marcel Virel, con sus ojos oscuros y esa sonrisa ladeada que era a un tiempo promesa y amenaza, observaba la escena. No hizo un solo movimiento, sólo miró. Y su mirada era un veneno lento, un interés cargado de una inquietante paciencia.
El reflejo de las luces en sus lentes era lo único que brillaba de él mientras la ciudad devoraba a los marginados que se atrevieran a desafiar su orden.
Héctor no lo vio. Pero Marcel sí. Su presencia era un susurro en el viento, una sombra al acecho que recordaba que la verdadera batalla apenas empezaba.
Un zumbido sordo, como una advertencia en la distancia, hizo que Héctor diera un paso atrás. Y el grupo detrás de él se disolvió en una mezcla de murmullos y amenazas veladas.
“Esto no ha terminado.” Le dijeron con unos ojos que aún brillaban con desprecio.
El frío de la noche se coló en sus huesos. En su pecho, la marca palpitaba con una fuerza incontrolable, como una advertencia urgente que lanzaba un mensaje sin palabras: No estás solo.
Y en algún lugar entre las sombras, Marcel Virel dibujó una sonrisa más amplia.
La ciudad, esa bestia indiferente, seguía su latido oscuro.
Pero Héctor Soler ya estaba despertando su propio rugido.