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Chapter 3

Primer Desafío: La Sombra Errante

Capítulo 3 Primer Desafío: La Sombra Errante

El golpe resonaba en sus oídos, un eco áspero que se deslizaba como un frío dedo por su columna. Su respiración era corta, áspera, como si cada aliento rompiera cristales invisibles en su garganta. La penumbra del callejón se había convertido en un laberinto de sombras cómplices, donde hasta las paredes parecían susurrar secretos antiguos con voces de ultratumba.

Héctor sostuvo el cuchillo oxidado con una mano temblorosa, la otra arañada por el rozar de fragmentos de vidrio y humedad. La figura que avanzaba hacia él no emitía sonido—solo una negrura informe que se disolvía en sus propios miedos. El sistema dentro de su pecho vibraba con una energía cruda, latente, empujándolo a reflexionar que aquel ser era más que un simple monstruo: era la prueba primera.

—Vengo por ti —susurró el eco, sin voz, apenas un pensamiento que rozó su mente como un cuchillo enterrado.

Una sombra sinuosa atravesó la esquina, bifurcándose en presencias múltiples. Nunca había visto nada tan abstracto y aterrador: un huésped de dimensiones que desafiaba la lógica humana. Su cuerpo erguido, rígido, sostuvo firme el cuchillo.

Cada músculo se tensó, un realineamiento de sus sentidos en modo cacería. Las sutiles variaciones de temperatura, la vibración en el suelo, hasta el leve aroma a ozono quemado: todo conspiraba para anunciar el asalto.

La sombra se derramó hacia él, una marea oscura desparramándose con movimientos fluidos, intoxicales. Héctor tuvo que saltar hacia atrás, la mano con el cuchillo trazó un arco, pero su acero oxidado solo cortó aire y ecos. El sistema gritaba, solicitándole que canalizara más energía, que dominara el pulso del poder que comenzaba a manifestarse en sus venas.

De pronto, un destello eléctrico recorrió su brazo. Su palma se iluminó con runas titilantes, símbolos extraños emergidos del vacío del sistema. La sombra detuvo su avance como si se enfrentara a un muro invisible y habló, por primera vez, en una voz que replicaba la suya, pero con un eco cavernoso y distorsionado.

—Héctor Soler. El portador justo. El alma marcada por la oscuridad —la voz reptó entre los adoquines, penetrando la densa atmósfera—. No he venido a matarte... sino a recordarte.

El corazón de Héctor retumbó como tambor de guerra. ¿Recordar? ¿Qué podía tener una sombra, una entidad monstruosa, para mostrarle sobre un pasado del que apenas poseía fragmentos rotos?

La negrura se condensó a centímetros de su rostro, y brillaron dos ojos sin pupilas, vacíos de luz pero llenos de conocimiento. La sombra extendió una garra que fluctuaba entre la forma humana y la descomposición etérea.

—Mira —ordenó la voz, y el mundo alrededor de Héctor se distorsionó.

Un torrente de imágenes lo golpeó desde dentro, como si el sistema se abriera para proyectar memorias vigiladas, recuerdos ocultos por un velo corrupto. Vio fragmentos de su infancia destrozada, voces que gritaban su nombre en medio de la niebla, la fría indiferencia de una figura cubierta por sombras que le susurraba al oído antes de desvanecerse.

—¿Quién... quién eres? —logró articular Héctor, la voz quebrada, sintiendo cómo el frío se volvía fuego en su piel.

—Soy la Sombra Errante —contestó aquella voz sin forma, abrazando el silencio con solemnidad—. Soy la memoria que ni tú ni tu sistema osan enfrentar.

Un temor fascinante lo atenazó. La sombra no era solo un monstruo, ni una amenaza a vencer con cuchillos y fuego; era una parte de la verdad enterrada en el abismo de su alma errante. Héctor apretó los dientes, sintiendo que la batalla apenas comenzaba, pero ya no se trataba de una cacería tradicional.

Era un duelo con él mismo.

Un alarido suave, casi una caricia, llenó el callejón cuando la sombra reculó, dejando una oscura estela entre susurros de despedida.

—Si deseas avanzar, tendrás que enfrentar tu propio reflejo... o perecer en la oscuridad que te reclama.

El sistema vibró al unísono con su pecho, una advertencia codificada y un faro tenue en la tormenta.

Héctor quedó solo, con el cuchillo oxidado temblando en su mano, la sombra desvaneciéndose como humo entre los escombros.

Pero el eco de aquel encuentro quemaba en su piel, impreso en su mente.

La cacería había desvelado algo mucho más profundo. Y él era la presa y el cazador a la vez.

Un paso tras otro, el Ermitaño avanzaba. Pero esta vez, dentro del vértigo de la noche, también debía descifrar su propio pasado... antes de que alguien más lo hiciera por él.