NoveliqaNivel Supremo: La Ascensión del Ermitaño / Una Traición Anunciada :0%
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Chapter 16

Una Traición Anunciada

Capítulo 16: Una Traición Anunciada

El aire estaba tan denso que parecía absorber cada suspiro. Héctor yacía en el suelo irregular del sótano, la oscuridad lo envolvía como una tela gruesa de desesperación. El recuerdo del último jadeo de Eva se le incrustaba en la garganta, como un puñal helado que se clavaba sin misericordia. Nada. Solo un silencio sepulcral que le daba vueltas en la cabeza.

Lentamente, sus dedos temblorosos rozaron la pulsera que ella le había entregado esa misma mañana, antes de que la sombra se tragara su figura. La pulsera vibró tenue, una señal sutil y casi imposible de descifrar, pero suficiente para encender la chispa mortal de la angustia.

Se levantó con esfuerzo. Cada músculo dolía, pero no importaba. Su mirada estaba afilada y pesaba una pregunta terrible que no podía callar: ¿Cuál era la traición? ¿Quién se atrevía a jugar con fuego tan cerca de él?

A medida que las primeras luces del amanecer filtraban a través de las rendijas de la ventana, Héctor salió a la calle de piedra mojada. El mundo parecía un ecosistema herido, los murmullos de la ciudad mezclados con un olor penetrante a humo rancio y metal oxidado. La frontera entre lo real y la locura parecía desvanecerse un poco más cada día.

—Héctor, ¿estás bien? —Una voz quebrada cortó la neblina, y casi sintió que el corazón se le detenía. Eva apareció a su lado, los ojos gigantes, húmedos, llenos de dudas.

—Estoy aquí —respondió él, con voz tensa, clavándola con una mirada que le llevó un segundo comprender. No era sólo preocupación en sus ojos; había algo más. Sospecha. Y miedo.

Ella apartó el rostro con un movimiento rápido. —No sé si podemos seguir así —dijo en un susurro cargado de peligro—. A veces pienso que llevas un secreto más grande que nosotros tres.

El silencio explotó entre ellos como una bomba invisible. Héctor tensó los puños. Era cierto, pero nada podía revelar sin arriesgarlo todo.

—No hay secretos —replicó, pero su voz traicionó la mentira.

Ella acercó la mano y, por un instante, le tocó el brazo, dibujando una sombra de confianza rota. —No quiero que esto te destruya, Héctor. Tampoco quiero que nos destruyas a nosotros.

El ritmo acelerado de sus palabras se contrarrestaba con la calma armada en la dureza del rostro de Héctor. La sombra de una traición, tal vez no sólo de otros, sino una que nacería de dentro.

En ese momento, el zumbido seco de un mensaje vibró en el bolsillo de Héctor. Sacó el móvil con manos casi invisibles de sudor.

El texto no tenía remitente, solo un mensaje corto y brutal:

“Ella está con nosotros ahora. Sin ti.”

El pulso de Héctor se disparó por las nubes y, antes de que pudiera responder, su teléfono voló de sus manos, envuelto en una explosión de energía negra que quemaba el aire a su alrededor.

Un grito le llegó desde la esquina de la calle: una voz rota, la de alguien cercano.

—¡No! —gritó Eva, girándose, pero Héctor ya había desaparecido tras la lluvia que caía implacable.

Los pasos corrieron hacia el origen del sonido, arrastrándolo hacia una red de callejones oscuros donde la niebla se espesaba hasta volverse casi táctil. Un hombre encapuchado emergió de las sombras, sujetando con fuerza a un prisionero que no fue otro que Martín, el hermano menor de Héctor.

Sus ojos destellaban con un brillo cruel.

—La Orden del Velo te lleva la cuenta, solitario —musitó con voz rasposa—. Tu paciencia tiene límites, y tu tiempo se acaba.

Martín forcejeaba inútilmente; el eco de sus gritos se mezclaba con el estruendo de la tormenta.

Héctor apareció justo a tiempo para ver cómo su mundo se fragmentaba una vez más.

—¡No! —rugió, girándose en un torbellino que anunció que la guerra estaba cerca, más feroz que nunca.

Y en ese instante, la traición dejó de ser una sospecha para convertirse en una cadena que lo ataría con manos invisibles, a punto de arrastrarlo hacia un destino que él no había elegido, pero que iba a pelear con todo lo que quedaba de su alma.