NoveliqaNivel Supremo: La Ascensión del Ermitaño / La Búsqueda de los Recuerdos :0%
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Chapter 15

La Búsqueda de los Recuerdos

Capítulo 15 La Búsqueda de los Recuerdos

El silencio que siguió al susurro espectral colgó en el aire, denso como niebla pútrida. Héctor permaneció inmóvil, la espalda pegada a la fría pared de hormigón, los dedos aferrando con fuerza el libro maldito, como si fuera el último ancla a un mundo que se desmoronaba. Un eco gutural retumbó apenas en su mente, un latido profundo y distante, resonando bajo su piel, y a la vez, una ausencia perturbadora: un vacío en las imágenes de su pasado, un agujero negro devorando recuerdos que se desvanecían sin aviso.

Con el pulso desbocado, Héctor se llevó la mano al rostro. Sus ojos, vidriosos, recorrieron el contorno de sus dedos. ¿Quién era aquel que miraba desde detrás de sus pupilas? Algo en él comenzaba a borrarse, como tinta desleída por la lluvia. El sistema, tan misterioso como opresor, se mostraba traicionero.

Se alejó unos pasos, buscando estabilizar la respiración que escapaba en sacudidas cortas, como si el aire mismo se negara a quedarse en sus pulmones. Afuera, la ciudad se movía en un murmullo distante, pero Héctor sentía que la verdadera tormenta rugía en su interior.

—No... —murmuró con la garganta áspera.

La habitación se oscureció al cerrar él los ojos, y fue entonces que las imágenes comenzaron a titilar, fugaces y fragmentadas: una niña riendo bajo el sol, un banco de parque desgastado, una promesa quemada en el fuego de su memoria. Intentó aferrarse a esos destellos, pero se deslizaban como humo entre sus dedos.

Un frío punzante atravesó su columna; la piel se erizó y el sistema latiendo, pulsando profundo bajo su piel, se tornó tan visible como un latigazo eléctrico. Su corazón desfallecía en minúsculos colapsos. ¿Qué significaba esa advertencia silenciosa?

Misssirious palabras invariantes resonaron en su cabeza, el eco de alguien… o algo que intentaba comunicarse. Sintió un tirón en la sien izquierda, como si su imaginación fuera una cuerda a punto de romperse.

—Tengo que recuperar esto —susurró, casi con súplica. —Si pierdo quién soy… no quedará nada.

Recordó las palabras que un viejo conocido murmuró en la penumbra semanas atrás: “Los recuerdos son la fortaleza del alma, Héctor. Sin ellos, serás sólo un parásito del sistema.” Esa idea se clavó en su mente como una daga envenenada.

Una decisión se forjó con doloroso firmeza. Salió al pasillo, con pasos cautelosos que parecían resonar demasiado fuerte en la quietud del edificio viejo. Su destino: la única persona capaz de ayudarlo con esas memorias fragmentadas —una mujer cuyo nombre hacía latir su corazón con mezclas extrañas, dolor y esperanza: Eva.

El ascensor tardó una eternidad en abrirse. Cada pitido metálico era una advertencia, un conteo regresivo. Cuando las puertas cedieron, la oscuridad casi consumió su cuerpo.

Eva lo esperaba apoyada contra la pared, envuelta en la penumbra. Su mirada era un aguijón, fija y penetrante, pero en el fondo guardaba un secreto cálido.

—Te esperaba —dijo con voz suave, pero firme—. No puedes luchar contra el sistema solo, Héctor.

El silencio gravitó entre ellos como un muro invisible. Él extendió el libro, desgastado y ominoso.

—Está destruyendo mis recuerdos —confesó con voz áspera—. Empecé a olvidarlo todo. A olvidar quién soy.

Eva acarició los contornos del libro sin tocarlo realmente, como si temiera contaminar su esencia.

—Sabía que esto pasaría —dijo—. El sistema es una prisión con paredes que él mismo construyó. Pero tus recuerdos, Héctor, coleccionan más allá del olvido.

La mirada de Héctor clamaba por un ancla, por una brújula en esa tormenta íntima.

—¿Cómo encuentro lo que me quitan?

Eva sonrió, truncando un aire de melancolía.

—Hay un ritual antiguo. No está en los libros ni en el ciberespacio, sino en una dimensión entre lo visible y lo invisible. Debes entrar a tu propio pasado, Héctor. Arriesgarte a perderte o recuperarte por completo.

Un escalofrío le perforó la médula. La dimensión que ella mencionaba siempre fue una línea difusa, un territorio prohibido y letal.

—¿Peligroso? —preguntó él, el ceño fruncido, acelerando su respiración.

—Literalmente, la frontera entre tu identidad y la nada. Puedes desvanecerte para siempre si cedes a la oscuridad —aclaró Eva—. Pero también es la única oportunidad de reclamar lo que el sistema secuestró.

Héctor sintió que la sombra de Marcel Virel, insidiosa y constante, acechaba en cada palabra. Un enemigo dispuesto a suprimirlo, a borrar lo que no podía controlar.

—Entonces… ¿cuándo?

Eva extendió la mano, ofreciéndole un objeto envuelto en terciopelo oscuro —una pequeña esfera luminiscente que palpitaba con energía ancestral—.

—Esta luz abrirá el portal. Pero luego no habrá retorno sin enfrentar la verdad que encontraste.

El aire se volvió denso, vibrante con electricidad latente, cuando Héctor cerró los dedos alrededor de ese relicario. El peso en su palma era discreto, pero su poder, abrumador.

Por un instante, la habitación se oscureció aún más y Héctor sintió que su reflejo en la ventana se diluía como un cristal roto.

—Si me pierdo… —musitó—, prométeme algo, Eva.

—Lo que sea.

—Sigue luchando por mí. Por nosotros.

El silencio fue un pacto grabado en el alma. Mientras la oscuridad comenzaba a tragárselo, Héctor sospechaba que la verdadera batalla aún estaba por venir.

Porque en ese instante, una verdad atroz se le reveló con cruel claridad:

No era sólo su memoria la que desaparecía lentamente. Su identidad misma, Héctor Soler, el marginado cazador, el portador del sistema oculto, comenzaba a desvanecerse en la negrura…

Un suspiro corto. Un parpadeo. Y luego, nada.

Un latido se apagaba para siempre.

—Héctor... —la voz de Eva retumbó ya distante mientras el mundo se disolvía—, aguanta...

Y entonces, el vacío.

La búsqueda apenas comenzaba, y el tiempo en su contra ya era un enemigo sin rostro.