Chapter 14
Capítulo 14: Secretos en la Fundación
El umbral entre la realidad y el abismo se desplegaba con un susurro helado cuando la puerta se deslizó en sus bisagras, dejando escapar un resquicio de penumbra. Héctor contuvo el aliento; la madera crujió como el lamento de un alma atrapada. La puerta quedó entreabierta, dejando entrar esa bruma pesada que parecía absorber hasta los pensamientos más íntimos.
Un lento temblor recorrió la espalda de Héctor, un estremecimiento que no se debía al frío. Tenía la piel de gallina, y en su nuca percibía el peso invisible de ojos que no se veían pero lo juzgaban sin piedad. La sombra que habitaba al otro lado no era humana, pero tampoco se alejaba del mundo de los vivos.
Sus labios se abrieron, pero ningún sonido los acompañó. La atmósfera misma se había enrarecido; el aire era denso, casi ácido. Héctor apretó con fuerza la empuñadura de su daga oculta, como si el contacto con el frío metal pudiera anclarlo a la realidad.
—¿Quién está ahí? —rugió finalmente con voz áspera, quebrada por la tensión.
El silencio fue una respuesta, pero no un vacío. Era un silencio que gruñía sin vocalizarse, un murmullo en la lengua de los antiguos. Tal vez un mensaje. Tal vez una advertencia.
Una garra de sombras se deslizó imperceptible contra la penumbra, exprimió el aire y luego desapareció. El corazón de Héctor martillaba con una furia bestial; su cuerpo se tensó en mil fragmentos de fragilidad y coraje. No podía retroceder. Esa puerta no era sólo un acceso físico, sino la última frontera hacia algo que debía conocer, aunque todo en él gritara que era peligroso.
Respiró hondo, la boca seca, y dio un paso al frente, empujando la puerta hasta abrirla del todo. Ante él, un corredor angosto se extendía, iluminado por un tenue fulgor verdoso que parecía brotar de las paredes. Un olor a tierra mojada se mezclaba con una pizca dulce pero casi podrida, como si la sangre derramada siglos atrás escapara en notas invisibles.
Descendió con cautela, cada paso reverberando en un eco prolongado, como si la Fundación guardara su aliento, observando. La oscuridad se espesaba a su alrededor y la presión en su pecho aumentaba; una corriente familiar e inquietante se colaba desde lo profundo de su sistema oculto, una vibración que le recordaba a un latido antiguo, lejano.
Al final del pasillo había una puerta metálica, cubierta de símbolos arcanos y herrumbre. Héctor la examinó con los dedos, pasando sobre inscripciones que le parecían tan extrañas como hipnóticas. Se preguntó cuánto de aquello había sido borrado deliberadamente por manos invisibles.
Los dedos de Héctor iluminaron una placa semi oculta en la pared lateral, cubierta por polvo y telarañas. Con los nudillos quitó el polvo, dejando emerger palabras grabadas: “Fundación Arcana, Archivo de Conocimiento Sagrado”.
Sus ojos se clavaron en la inscripción, un anhelo profundo le anidaba en el centro del pecho. Allí, quizá, encontraría respuestas sobre el dios olvidado del que hablaba la voz en sueños, sobre quién había forjado el sistema que ahora habitaba su cuerpo.
La puerta resistió un instante, como si pulsara contra la voluntad de Héctor. Un siseo metálico, un mecanismo despertando tras décadas o siglos de silencio, le hizo contener la respiración. Cuando la puerta cedió, un frío fantasmagórico le mordió la cara.
La habitación que apareció ante sus ojos no parecía un archivo común; sus estanterías estaban cubiertas de libros carcomidos, pergaminos enrollados y cajas talladas con símbolos que parecían amanecer con vida cada vez que la sombra los tocaba con su fulgor débil. Al centro, una mesa desvencijada con una lámpara apagada, y un pesado cofre de madera con cerrojos antiguos.
Héctor dio un paso y su mirada se detuvo en un conjunto de documentos dispersos sobre la mesa, amarillentos por el tiempo, escritos con una caligrafía entrecortada y precisa. El papel desprendía un aroma acre, mezcla de moho y tinta oxidada.
Con dedos temblorosos, alzó el primer papel y sus ojos recorrieron frases que le quemaban el alma:
"El dios de las sombras, Arkanis, quedó sellado por juramentos inquebrantables, condenado a un olvido perpetuo para evitar la fusión de dimensiones..."
Su mente giró, intentando comprender el peso de esas palabras. "¿Arkanis?" Murmuró en voz baja, exhalando una nube de vapor que se tornó fantasmagórica bajo la luz apenas tenue.
Otro documento describía rituales antiguos, tecnologías prohibidas y la mención críptica de un sistema no sólo como arma, sino como llave y cárcel.
De repente, su mirada se posó sobre un conjunto de páginas parcialmente cubiertas por una lona ennegrecida. Sin pensarlo, retiró la tela y se encontró con párrafos escritos en tinta roja, una escritura que parecía... moverse, ondular bajo la mirada. Una sensación de peligro le recorrió la columna.
Intentó leer, pero fueron sus ojos quienes le traicionaron. Las palabras se desviaban, los caracteres danzaban de forma imposible hasta que comprendió la cruel verdad: las páginas estaban censuradas. No con tinta común, sino con símbolos imposibles de decodificar, formas que parecían salidas de la lógica humana, un código tan antiguo como el tiempo fragmentado.
Héctor sintió que el aliento le faltaba, y un escalofrío profundo —como si el propio Arkanis, ese dios olvidado, lo estuviera observando desde una realidad desgarrada, vigilando el momento exacto en que el velo se rasgara.
Golpeó con el puño la mesa, la madera respondió con un estallido seco y resonante.
La fundación había guardado secretos demasiado oscuros. Y él, finalmente, estaba comenzando a desenterrarlos.
Un ruido sutil en la entrada. Otra presencia.
El corazón de Héctor ascendía en una tormenta eléctrica.
Las páginas censuradas no permitirían que avanzara sin consecuencias.
¿Qué se ocultaba tras esos símbolos espectrales?
El juego apenas comenzaba.