NoveliqaNivel Supremo: La Ascensión del Ermitaño / El Orden del Velo Revelado :0%
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Chapter 12

El Orden del Velo Revelado

Capítulo 12 El Orden del Velo Revelado

El eco de aquellas palabras resonó en su mente como un látigo. “Porque sin ti, ni la oscuridad podrá controlarlo.”

Héctor permaneció encorvado contra la fría pared de hormigón, la garganta ardiendo, el corazón golpeando en un frenesí que parecía querer desgarrar su pecho. Cada respiro era un raspón, seco, urgente. Afuera, la noche seguía su coro de murmullos y faroles difusos, pero dentro del sótano la presión del silencio era insoportable.

Podía sentir la sombra—no era solo la figura que se desvaneció, sino la amenaza tangible que pesaba sobre él como una losa. Algo dentro de sus entrañas le decía que la suma de todas esas piezas que comenzaba a ensamblar pronto formaría un monstruo capaz de devorarlo todo.

Un sabor metálico llenó su boca. Miró sus manos, temblorosas, cubiertas de sudor frío y residuos de tierra. El portal que debía destruir, las criaturas que se arrastraban entre paredes invisibles… todo estaba más conectado de lo que parecía, mucho más oscuro y retorcido.

Se impulsó hacia arriba, con un gruñido que era mezcla de derrota y rabia. “No… no puedo quedarme aquí,” se dijo con voz áspera.

Su cuerpo dolía, sí, pero se negaba a rendirse. Sabía que la verdadera batalla apenas comenzaba.

Mientras sus dedos tanteaban en la penumbra buscando el teléfono, un mensaje vibró en la pantalla.

UN MENSAJE DE NÚMERO DESCONOCIDO.

“¿Quién me escribe a esta hora?” murmuró, sin apretar aún. El pulso le latía contra las sienes, cada segundo era una daga de ansiedad. Tocó la pantalla.

“¿Quieres conocer la verdad, Héctor?” decía el texto, simple y frío.

Un escalofrío le recorrió la espalda. La verdad. La había buscado toda su vida. ¿Podía confiar? ¿O sería otra trampa?

La cerradura del recuerdo se abrió entonces, y lo llevó a la fría catedral subterránea donde aquella noche descubrió los símbolos tallados en las paredes, el olor a óxido y amarga resina quemada.

Había algo más en esos grabados, un patrón apenas perceptible bajo la superficie, algo que su mente pudo leer ahora claro y cortante como un bisturí. La Orden del Velo no solo gestaba el caos — lo controlaba.

Las sociedades secretas con poder multimillonario, la apertura de portales y la liberación de monstruos, todas piezas de una maquinaria perversa. Pero para qué.

Para esclavizar. Para forzar a la humanidad bajo un yugo invisible.

El sistema que portaba Héctor no era un mero regalo ni una arma. Era la llave y la amenaza que la Orden ansiaba poseer.

—No podemos permitir que siga así —susurró, apretando los puños—. Si ellos consiguen mi sistema, no solo me destruirán a mí, sino a todo lo que queda libre en este mundo.

En ese instante, un ruido seco le estremeció.

En la puerta, sombras se proyectaron débilmente, recortadas por la tenue luz exterior. Una silueta emergió del umbral. No era ningún desconocido.

Marcel Virel.

Su mirada atravesó el cuarto con la fría determinación de un depredador que huele la sangre.

—Héctor —la voz de Marcel era un filo helado—. Sabemos que tienes el sistema. La Orden lo quiere. Y tú… pronto tendrás que decidir si te aliás con ellos o eres un obstáculo que debe desaparecer.

Un silencio denso los envolvió. Se adivinaba la tensión, como si el aire mismo afilara sus cuchillos invisibles.

Héctor sintió la ira levantarse dentro, pero con ella, la certeza de que su camino ya no tenía marcha atrás.

En ese instante, un fuerte golpe resonó en la puerta tras los pasos de Marcel. Otra figura oscura se posicionó al lado, ofreciendo una amenaza muda.

La oscura red del Orden del Velo se cerraba alrededor suyo.

—¿Preparado para elegir, cazador marginado? —propuso Marcel, con una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos.

El silencio se cortó cuando Héctor, con voz firme y una chispa de desafío inconfundible, respondió:

—Para ninguna de las dos cosas.

Y, sin dudar, sacó un pequeño dispositivo que amplificaba y ocultaba sus señales, dispuesto a convertir la noche en batalla.

La ventana a la verdadera guerra estaba abierta. Y Héctor sabía que, para sobrevivir, tendría que hundirse más profundo aún en el abismo del Orden.

Pero esta vez, él no sería presa.

La puerta se abrió de golpe.

Y la Orden entró.