NoveliqaNivel Supremo: La Ascensión del Ermitaño / Ecos del Pasado :0%
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Chapter 11

Ecos del Pasado

Capítulo 11: Ecos del Pasado

El latido sordo en el pecho de Héctor reverberaba como un tambor de guerra ensordecedor y sin ritmo. La frase —“Somos hermanos olvidados”— seguía retumbando bajo su piel, reptando por cada fibra nerviosa, arrancándole un suspiro que no parecía salir jamás. A su alrededor, la penumbra del callejón se había espesado, las paredes caídas de grafitis y humedad parecían estirar sus sombras para engullirlo.

Un frío viscoso se anidaba en su espalda, subiendo desde el suelo en hilos helados, como si la noche masticara el calor de su cuerpo. La humedad pasaba sin aviso a un hedor metálico, mezcla de sudor y polvo oxidado; un olor que le traía memorias de un sótano olvidado, de encierro y gritos contenidos.

Héctor intentó respirar con calma, pero su pecho se apretaba, como si el mismo aire conspirara para ahogarlo. Su mirada se clavó en la pared opuesta, difusa por la penumbra, y súbitamente el mundo se arqueó, un chasquido mental lo arrancó de la realidad.

*

Era una escena que no podía recordar antes.

Aguas turbias y un templo antiguo casi devorado por raíces y ramas torcidas. Una luz oscura, tan densa que parecía consumir el oxígeno mismo, pendía sobre un altar grabado con símbolos que ardían en un azul irreal. En el centro, una figura vestida con túnicas desgarradas, con el rostro oculto bajo una capucha rota, murmuraba palabras que Héctor sentía vibrar en su alma.

Y frente a esa figura, un dios inmemorial, cuyos ojos eran abismos tan hondos que parecían absorber la luz y el silencio. Sus uñas eran garras de obsidiana, su piel un tapiz fluyente entre sombras y fuego.

Dentro del altar, una esfera cristalina latía con un brillo tan fuerte que dolía mirar directamente. De ella emergía un flujo que unía al dios y a la figura encapuchada, una corriente que Héctor entendía como sangre, historia, y poder ancestral.

Pero lo más inquietante era que, a pesar de estar envuelto en ese recuerdo, Héctor no sentía miedo sino una extraña familiaridad. Como si ese código, esa escena, hubiese estado tatuada en su ADN desde antes de que naciera.

Desde una esquina oculta bajo el follaje marchito, una mano esquelética sostenía un fragmento de espejo roto, reflejando solo una sombra y el brillo centelleante del altar.

*

El recuerdo se deshilachó repentinamente y Héctor volvió al callejón, jadeante, empapado en sudor frío. Su propio cuerpo se sentía ajeno, como si la memoria acosadora le hubiera drenado la energía vital de golpe.

—¿Qué... qué demonios fue eso? —susurró, la voz quebrada pero firme.

Un crujido a sus espaldas lo hizo voltear. Nadie. Solo la oscuridad tragándose las calles vacías, la basura agitada por el viento, y el murmullo lejano de sirenas que parecían cantar un réquiem.

Para Héctor, era como si algo—o alguien—lo observara.

No un hombre. Algo distinto.

Una silueta oculta tras un muro, invisible salvo por los destellos fugaces de unas orbes carmesí que rozaron el borde de la sombra antes de desaparecer.

La figura permaneció inmóvil, como respirando el mismo aire en el instante justo, esperando.

Pero esperando qué, exactamente, Héctor no pudo aún descifrar.

Sacudió la cabeza para despejarse. Había demasiado en juego, y el reloj seguía su cuenta regresiva, cada tic-tac recordándole que Marcel Virel no iba a detenerse.

El dios antiguo y aquel capucho… Había una conexión que le quemaba por dentro, un dolor, pero también una llave a algo terrible y grande.

Y entonces recordó la voz, grave y susurrante, que una vez escuchó en sueños —una voz que sabía que no olvidaría nunca:

—La sangre compartida rompe cadenas... o las fortalece.

Un escalofrío helado le atravesó el cuerpo.

Héctor sintió cómo una verdad enterrada emergía de las sombras menos esperadas. Algo lo había marcado para siempre, mucho antes de que supiera quién era realmente.

Pero mientras él luchaba por desentrañar ese velo, la figura oculta se giró lentamente, los ojos encendiendo un fuego antiguo y horrible.

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios —una promesa oscura que Héctor sintió caer sobre su alma como una daga afilada.

El juego apenas comenzaba.

—No estás solo, Héctor—susurró la figura, pero su voz era un eco que resonó en el vacío de aquella noche quebrada.

Un segundo después, desapareció entre las sombras, dejando tras de sí un silencio que dolía.

Y Héctor supo, con la certeza aterradora de un náufrago que puede ver tierra lejana, que los ecos del pasado no solo lo perseguían...

Lo estaban guiando hacia un destino más oscuro y vasto de lo que jamás había imaginado.

Un conflicto donde no solo se enfrentaba a sus demonios internos, sino a una conspiración unida a las raíces mismas del tiempo y la existencia.

Porque en el fondo, oculto entre las capas de su origen... un secreto aguardaba. Un secreto que Marcel Virel temía más que a nada.

Un secreto que podía cambiarlo todo.

Y desde la distancia, más allá del entendimiento, una verdad todavía mayor observaba.

Una verdad que se escondía entre dimensiones y monstruos, esperando la señal para despertar.

El viento cortaba la noche, y Héctor sintió que la cacería estaba lejos de terminar.

Pero ahora él también sabía que no era el único que buscaba respuestas.

En la penumbra impalpable, aquella figura oscura sonrió con malicia.

Porque mientras Héctor temblaba en silencio, nada escapaba a sus ojos.

Ni siquiera la verdad más profunda.

El juego había cambiado.

Y aquello era solo… el comienzo.

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Un ruido seco confirmó la presencia detrás del muro.

“Vive para mí, portador,” murmuró la sombra. “Porque sin ti, ni la oscuridad podrá controlarlo.”

Y con esa sentencia que helaba la sangre, la figura desapareció.

Héctor, aún jadeando, se arrastró contra la pared.

La noche no daba tregua.

Y él tampoco... iba a dársela.