Chapter 10
Capítulo 10: El Primer Enfrentamiento
El silencio que siguió a su declaración fue como un vendaval helado. La tenue luz del monitor iluminaba los ojos de Héctor, chisporroteantes, encendidos por un fuego interno. Afuera, la tormenta nocturna golpeaba las ventanas con una fuerza brutal, haciendo que el viento ululara entre los árboles como un lobo hambriento. Pero dentro de aquella habitación oculta, en el sótano olvidado del barrio marginal, todo parecía haberse congelado en un instante de calma tensa.
Su cuerpo seguía temblando, no solo por el frío, sino por la adrenalina que se colaba inyectada en cada músculo. Los dedos que instantes antes habían temblado sobre el teclado ahora apretaban con fuerza la borda del escritorio. El texto había sido claro. La Orden del Velo—la sombra detrás del velo, siempre vigilante, siempre presente—observaba cada movimiento. No era solo la amenaza de un nombre, sino la certeza de un enemigo invisible, omnipresente, capaz de maniobrar las piezas desde las sombras.
“Esto recién empieza”, pensó Héctor. Esa frase resonaba como un gong macabro en su interior, caliente y oscuro.
De repente, la puerta del sótano se abrió de golpe, y una figura emergió de las sombras, recortada contra el corredor iluminado débilmente por un neón roto. Los músculos de Héctor se tensaron, el corazón le subió a la garganta. La silueta avanzó con pasos tan seguros como un depredador en su territorio.
Marcel Virel.
Su rostro era una máscara inscrutable, pero sus ojos —dos pozos negros bajo cejas firmes— albergaban el cinismo y la arrogancia de quien sabe que controla el tablero. Sus trajes eran elegantes, pulcros, un contraste grotesco con el sótano mugriento donde Héctor se había refugiado. Pero cada movimiento suyo destilaba una amenaza silenciosa, como si la oscuridad lo envolviera desde adentro.
—Así que el ermitaño finalmente responde —musitó Marcel, su voz cortante como una hoja de acero—. De verdad esperaba que tardaras un poco más.
Héctor se puso en pie con el cuerpo tieso, el sistema bullendo bajo su piel, tibio y poderoso, listo para desplegarse como una garra afilada.
—No sé qué quieres de mí, Virel —dijo con voz grave, doblada por el peso de incontables noches sin dormir—. Pero no pienso dejar que controles lo que no entiendes.
—Oh, yo entiendo más de ti de lo que imaginas —rió Marcel, con una mueca sardónica—. Más de lo que cualquiera podría en este maldito mundo. Y créeme, Héctor, lo que hayas pensado que eres... no es ni la mitad.
Se lanzó hacia él con un movimiento tan rápido que el aire pareció desgarrarse. Héctor reaccionó sin pensar, sus músculos disparando en sincronía con el sistema oculto que pulsaba dentro suyo. Paró el golpe con su antebrazo, el impacto reverberando hasta los huesos.
El choque fue brutal, un estruendo en la habitación pequeña, resonando en cada rincón.
—¿Así que esto que posees? —Marcel arremetió con una serie de golpes precisos, fríos como el acero, buscando puntos vitales—. No es un sistema común, ¿verdad? Es un legado, un poder que debería haber permanecido enterrado.
—No es legado de nadie —contestó Héctor, impulsando un golpe de su propio lado que Marcel evitó con un paso ligero. La tensión en el aire chisporroteaba con la electricidad de una tormenta—. Es mi arma. Mi única defensa contra monstruos como tú.
Marcel paró, ladeando la cabeza y sonriendo con condescendencia.
—Monstruos... —repitió, su voz llenándose de ironía—. No te equivoques, Héctor. Yo no soy el monstruo aquí. Lo que viene después es mucho peor.
El intercambio fue rápido, brutal, un intercambio de fuerzas opuestas en un mundo que parecía vibrar al borde del colapso. Héctor sentía cómo el sistema dentro suyo se expandía en oleadas, alimentándose de su ira, de su determinación, haciéndolo más rápido, más fuerte.
Pero Marcel… Marcel parecía anticipar cada movimiento, su experiencia superaba la simple fuerza bruta. Era como si hubiera vivido mil batallas en la oscuridad, combatiendo con fantasmas invisibles que empuñaban cuchillas de sombra.
—No tienes idea de lo que hay detrás de ese sistema —dijo Marcel entre jadeos, desviando el siguiente golpe de Héctor—. Tu infancia rota, ese deseo de sobrevivir, todo fue sembrado para esto. Para que te volvieras un arma.
El rostro de Héctor se contrajo, una mezcla de enfado y dolor que azotaba sin piedad el fondo de su alma. ¿Cómo podía alguien saber eso? ¿Cómo alguien como Marcel podía estar tan seguro de la oscuridad que llevaba adentro?
El movimiento siguiente fue una patada destinada a desestabilizarlo. Héctor cayó hacia atrás, raspando con la espalda el áspero concreto del sótano. El aire salió de sus pulmones en un jadeo fugaz, pero su mente se agudizó.
—¿Qué quieres de mí? —exigió, incorporándose de un salto.
Marcel se acercó, el rostro iluminado sobre el fondo oscuro. En su rostro había una mezcla aterradora de verdad y engaño, como un velo dividía la realidad en dos.
—Quiero que sepas la verdad —susurró, sin perder la intensidad—. Que sepas quién eres realmente... y lo que significa que estés aquí, Héctor.
Los ojos de Héctor se agrandaron, implorando una respuesta. Su puño se cerró, tembloroso por la conmoción.
—¿Quién soy? ¿A qué te refieres?
Marcel dio un paso atrás, levantando las manos en un gesto de falsa paz.
—Somos hermanos olvidados.
El golpe fue literal y emocional. El tiempo pareció detenerse. Héctor sintió cómo todo su cuerpo se congelaba, la frase reverberando en su cabeza como un golpe seco en la piel del alma. Dos palabras capaces de desmoronar los cimientos de su existencia.
El mundo giró a su alrededor, un vértigo oscuro que le robó el aliento.
Marcel sonrió con una mezcla de triunfo y tristeza.
—Hermano Héctor… ahora solo hace falta que decidas de qué lado estarás.
Un golpe en la puerta resonó de repente, seco y urgente, como un recordatorio brutal de que el tiempo se estaba acabando.
Héctor se quedó paralizado, el eco de aquella frase golpeando con fuerza demasiado profunda.
“Somos hermanos olvidados”.
Y en ese instante, supo que nada volvería a ser igual.