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Chapter 5

El Enemigo Invisible

El eco del golpe se desvanecía entre las paredes de mármol pulido, pero la tensión que dejó vibrando en el aire era demasiado densa para ignorarla. Elena sintió cómo un escalofrío crecía en su nuca, como si esa llamada inesperada hubiera abierto una puerta invisible que dejaba colarse un peligro demasiado presente.

Los dedos le temblaban cuando extendió la mano para girar el picaporte. La luz del pasillo apenas alcanzaba a mostrar la silueta al otro lado: un hombre con gabardina oscura, rostro parcialmente cubierto por la sombra del ala de su sombrero. No era uno de los empleados habituales de la casa.

—Buenas noches —dijo una voz que parecía deslizarse con suavidad y veneno—. ¿Elena Márquez?

Elena tragó saliva, tratando de encontrar firmeza en el tono, pero una corriente helada le nubló la garganta.

—¿Quién pregunta?

El hombre esbozó una sonrisa ladeada, la boca apenas visible bajo la sombra.

—Alguien que sabe demasiado, y que no dudará en usarlo para que sus secretos salgan a la luz.

El instante se congeló mientras la respiración de Elena se aceleraba, su mirada buscando la palanca de la cerradura que ya había dejado entreabierta.

—No sé de qué hablas —musitó con un hilo de voz.

—Eso es lo que quieres creer. Pero no olvides quién controla las piezas del tablero.

Dicho esto, lanzó un pequeño sobre blanco al suelo y se dio la vuelta, desapareciendo en la penumbra de la escalera. El crujido de sus pasos resonó hasta el último escalón y luego el silencio volvió a reclamar su dominio.

Elena cerró de golpe la puerta, la adrenalina quemándole las venas, y se lanzó a abrir aquel sobre. Adentro, una única fotografía impresa mostraba a Leonardo Duarte en una cena con un hombre desconocido, en una habitación iluminada por un solo candelabro antiguo. Pero lo que llamó la atención de Elena fue una hoja de papel arrugada que llevaba adherida: un contrato firmado, con cláusulas que revelaban movimientos financieros bajo sospecha. No hacía falta más para entender lo que insinuaban: fraude, desvío de fondos, traiciones en la familia.

Su mano tembló al sostener las pruebas; en ese momento supo que Camilo Rivas, aquel enemigo invisible y silencioso, había comenzado a atacarla con precisión quirúrgica.

Llamó a Leonardo, pero él no respondió. El silencio del otro lado del celular desgarraba más que cualquier palabra. ¿Cuánto sabía su esposo? ¿Cuánto habían estado fingiendo los dos, atrapados en una red que Camilo tejía sin descanso?

Se refugió en la sala, sus ojos recorriendo la ventana donde la luna sangrienta aún colgaba, como un presagio, mientras la ciudad seguía ajena a las tormentas que se desataban dentro de aquellos muros.

Un mensaje llegó en su móvil, un texto corto y frío:

“¿Cuánto estás dispuesta a perder para proteger a quienes te destrozaron?”

Elena cerró los ojos, el peso de la decisión aplastándola. Saber la verdad podía salvar a su familia o ser el principio del fin.

El enemigo invisible había dado su primer golpe. Y lo siguiente sería peor.