Chapter 4
Elena sintió el aire estrangularse en su garganta justo cuando aquel paso atrás de Leonardo parecía sellar el destino de esa noche. La música continuaba en el fondo, pero para ella el mundo se fragmentó en ecos sordos, cada latido resonando con la advertencia de que algo más acechaba justo tras esa fachada dorada.
Sus dedos temblaron mientras se aferraba a la copa de champaña, el borde de cristal cortando fugazmente la piel de su pulgar. Respiró profundo, intentando recuperar el control, pero las pupilas le ardían con una mezcla de rabia y miedo. Algo más estaba ocurriendo en la mansión Duarte; no era sólo la confrontación en el salón. Su instinto, esa voz interna curtida por noches sin dormir y susurros arrancados a la oscuridad, le gritaba que no podía confiar ni en la luz que bañaba las paredes.
Entonces, el sonido.
Un crujido leve, casi imperceptible si no hubiera estado afinada a cada sombra.
Se volvió hacia el pasillo que bordeaba el salón, un corredor que solía estar desierto a esas horas, pero ahora parecía trazar un camino oscuro donde la penumbra se movía, se deslizaba. Su corazón se aceleró como un tambor de guerra, y sin pensarlo, dio un paso hacia allí.
—¿Quién anda ahí? —su voz fue un hilo tenso en la quietud.
Nada respondió, sólo el eco seco de sus propios pasos contra el mármol. El decadente aroma a cera y antigüedades flotaba en el aire, mezclado con un sutil dejo metálico que reconoció al instante: sangre vieja.
Continuó avanzando, cada músculo alerta, cada fibra de su ser gritando que se detuviera, que huyera. Pero Elena no era de las que cedían ante el terror.
Llegó a una puerta entreabierta al final del pasillo, una habitación que no recordaba haber visto en el plano original que Leonardo le había entregado. La madera crujió bajo su mano cuando la empujó, y el ambiente cambió. Allí dentro, el frío envolvía hasta los huesos, como si la luz hubiera sido absorbida por el olvido.
—Esto no tiene sentido...
Sus ojos exploraron el aposento. Era una especie de estudio empotrado con estanterías llenas de viejos libros, documentos y fotografías con las esquinas curvadas. En el centro, una mesa robusta sostenía un antiguo mapa de la ciudad, con marcas y anotaciones escritas a mano. Pero lo que capturó su atención fue un cuaderno abierto, pulsando una aura de secreto.
Se acercó lenta, dejando que sus pupilas se adaptaran hasta leer las palabras garabateadas en tinta negra:
"No confíes en nadie. El enemigo está más próximo de lo que imaginas. Busca lo que está enterrado en la raíz de esta familia, allí encontrarás la salvación o la condena."
El estómago le dio un vuelco, pero fue el sonido de pasos apresurados detrás de ella lo que la despertó de su trance.
—¡Elena! —la voz de Leonardo resonó con urgencia aún en el umbral—. Me dijeron que te fuiste al ala oeste. ¿Estás bien?
Sin voltear, ella acarició con la yema del dedo la frase subrayada en el cuaderno. Un escalofrío recorrió su espalda.
—No estoy sola en esta mansión, Leonardo. Y alguien quiere que no descubra ciertas cosas.
El hombre cruzó el umbral y observó atrás antes de cerrar la puerta con un leve clic. Su expresión era una mezcla de preocupación y algo indescifrable que hizo que Elena frunciera el ceño.
—Si alguien más está acá, no puedo protegerte. No esta noche.
—Entonces dime qué sabemos hasta ahora. —Elena apoyó las manos en la mesa, la voz firme, con una determinación que ella misma no creía poseer.
Mientras compartían sus teorías en voz baja, intentando unir fragmentos de información, el reloj dio las doce campanadas.
De repente, un ruido sordo proveniente del piso superior les hizo congelar la conversación.
—¿Escuchaste eso? —susurró Elena, con las pupilas agitadas.
Leonardo asintió y sacó su teléfono para usar la linterna. Se dirigieron juntos hacia la escalera, cada paso aumentando el espesor del silencio, tan denso que parecía cargar centellas eléctricas.
Al llegar al rellano, distinguieron una sombra desplazándose con rapidez al final del pasillo. Elena sintió un impulso irracional de perseguirla, pero Leonardo la detuvo con un suave empujón.
—No sabemos qué o quién es. Podríamos estar entrando en una trampa.
Pero antes de decidir, un papel cayó sobre el piso, deslizándose hasta sus pies. Elena lo recogió con dedos temblorosos.
Era un pequeño sobre, sin remite, cerrado con un sello de cera negro y una inscripción en escritura antigua.
Abrirlo fue como desencadenar una tormenta contenida. Su interior guardaba una nota cifrada, escrita en un código que solo alguien con cierto conocimiento en historia y simbología podría entender.
Leonardo frunció el ceño mientras leía:
"Cuando la luna se tiña de rojo, el pasado hablará en la lengua de los caídos. Busca en la biblioteca el libro que no existe y hallarás la llave que abre las cadenas del alma."
Elena sintió el pulso acelerarse, al borde de comprender que no estaban solos, y que alguien, o algo, vigilaba cada paso, cada sombra, cada latido.
—Esto es… —comenzó a decir, pero una puerta más abajo crujió violentamente.
Sus miradas se cruzaron; los susurros dentro de la mansión habían cobrado voz.
Y fuera, la luna comenzaba a teñirse de rojo.
Un golpe seco resonó en la entrada principal.
Alguien estaba llamando, pero no era un visitante esperado.
La noche prometía desvelar secretos, y Elena Márquez estaba justo en el centro de esa tormenta.