Chapter 3
El eco del crujido de la puerta resonaba aún en sus oídos cuando Elena cerró los ojos, dejando que un suspiro escapara sin aviso. El peso de la fotografía—esa imagen pequeña y desgastada—se había grabado con fuego en su piel, clavando en su pecho un dolor afilado como un cuchillo. Afuera, la noche había caído con todo su silencio, pero dentro de la casa, el aire parecía haberse vuelto denso, casi irrespirable.
—¿Lista para esta locura? —la voz grave de Leonardo, a su lado, rozó la espalda de Elena como un ancla.
Abrió los ojos tan rápido que casi deseó no hacerlo. A su lado, Leonardo estaba impecable; su sonrisa ensayada, sus manos firmes, preparado para la guerra social que ambos tenían que librar. Sin embargo, en sus pupilas ella vio el mismo fervor devastado que sentía en el alma.
—No hay opción —respondió, arrugando la fotografía entre sus dedos y metiéndola en el bolsillo interior de su vestido negro, ceñido, que absorbía su figura con una elegancia casi fantasmal—. Esta noche representamos un acto, aunque duela más que mentir.
Leonardo asintió, su mirada se clavó en la suya con un retazo de ternura cómplice que apenas dejó entrever. Y así, juntos, emergieron de la penumbra de la habitación hacia el mundo que había cobrado vida con luces, cámaras y respiraciones falsas.
El viaje en el auto hacia la gala fue un silencio cargado. El motor ronroneaba bajo ellos, pero en el interior, los pensamientos de Elena danzaban peligrosos. Cada esquina iluminada del centro, cada rascacielos reflejando neones contra el cielo plomizo, parecía un augurio sombrío.
—¿Qué pasa realmente con Camilo? —la pregunta de Leonardo cayó entre ellos con la fuerza de un disparo, tan inesperada como necesaria.
Elena apretó los labios, sintiendo la urgencia de la verdad bañando sus palabras al salir, aunque fuera sólo para ella misma.
—Está más cerca de lo que creemos. Y lo que quiere... podría destruirnos.
Leonardo asentía, comprendiendo sin más, porque él también quería ganar esta guerra silenciosa, donde los movimientos en falso podrían ser fatales.
La gala en el Gran Salón Duval era una exhibición de opulencia concentrada. Las luces cálidas iluminaban los rostros maquillados y las sonrisas perfectas que simulaban ser sinceras. Los hombres en esmoquin y las mujeres en vestidos que desafiaban la física con bordados de cristales danzaban en un espacio de purpurina y ambiciones disfrazadas.
Elena se movía entre ellos con una gracia calculada. Cada mirada que recibía era un juego peligroso. Sabía que muchos cuestionaban el genuino amor entre ella y Leonardo, pero también sabía que aquella noche tenía que demostrar que eran la pareja perfecta. No sólo para proteger su fachada, sino para protegerse.
Un rumor delicado sobre una aristócrata caída susurraba cerca, pero Elena no tenía tiempo para distracciones. Se acercó a la mesa principal donde la creme de la sociedad levantaba copas, y Leonardo, siempre pendiente, la tomó de la mano con una suavidad que guturalmente la calmaba.
—Elena, querida —la voz de Isabel Duarte, la matriarca de la familia, tierna y venenosa al mismo tiempo—, ¿qué maravilla de destino los trae juntos aquí esta noche?
Elena esbozó una sonrisa que no alcanzaba a sus ojos, que permanecían vigilantes.
—La familia, siempre la familia —contestó con cuidado, mientras enviaba una mirada furtiva a Leonardo.
La velada avanzaba entre bailarinas y discursos, promesas de alianzas y miradas cargadas que cruzaban el salón como dagas invisibles. Elena se sentía atrapada en un baile macabro, en el que cada paso era medido y cada palabra, una pieza más en el tablero que podría decidir su destino.
El punto de inflexión llegó casi sin aviso.
Un hombre alto, de espalda ancha y sonrisa torcida, se acercó lentamente a la pareja. Sus ojos parecían brillar con un conocimiento oscuro, casi amenazante.
—Elena, Leonardo —saludó, pero era más un desafío que una cortesía. Su voz arrastraba un matiz afilado—. Qué espectáculo… parece que todo en la ciudad tiene precio. ¿Incluso las almas?
Elena sintió cómo un frío intenso le recorría la nuca. La multitud a su alrededor se volvió un murmullo distante, como si el tiempo se hubiera detenido justo en ese instante.
Leonardo, tenso, entrecerró los ojos y se colocó ligeramente delante de Elena, protegiéndola con un pecho que ya no parecía tan impenetrable.
—¿A qué te refieres? —logró articular con una voz dura y baja que vibraba en el silencio creciente.
El hombre soltó una carcajada seca y cruel, sus dedos jugueteando con el borde de su copa de cristal, mientras sus ojos se clavaban en Elena, como tratando de diseccionar cada una de sus máscaras.
—Vamos, Elena… sabes de qué hablo. No eres tan perfecta como intentas aparentar. Y Leonardo, oh, Leonardo, ¿realmente crees que tienes algo que no puede quebrarse?
El corazón de Elena golpeaba tan fuerte que temió que el estruendo fuera audible para todos en la sala. La realidad que había mantenido oculta, como un espectro nauseabundo, comenzaba a asomar entre las sombras del glamur y la mentira.
La gala, la imagen, el contrato... todo pendía ahora de un hilo invisible que un hombre había decidido tensar con una sonrisa helada.
Y en aquel momento, Elena supo que la verdad estaba a punto de destrozarlos.
Un susurro contenía la amenaza más oscura: el velo que cubría su unión falsa comenzaba a rasgarse.
—No me hagas recordar, por favor —murmuró, apenas un suspiro, mientras el hombre emitía una mueca satisfecha.
Sus ojos se encontraron por un largo segundo. Y entonces, un paso atrás de Leonardo.
Pero la noche aún no había terminado.
Porque en el brillo de ese salón lleno de mentiras, las sombras sólo acababan de descubrir a su presa.