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Chapter 2

Siluetas del Pasado

Elena cerró los ojos un instante, aspirando profundamente el aire viciado de su pequeño apartamento. La tenue luz del amanecer colaba entre las cortinas como cuchillos dorados, pero no lograba calentar el frío que se había instalado en su pecho.

El contrato. Esa maldita promesa invisible que la unía a un hombre que apenas conocía. Camilo Rivas. Era un nombre que resonaba como un susurro amenazante, una sombra que crecía en las esquinas de su mente, amenazando a arrasarlo todo.

Se levantó tambaleándose, el peso de la incertidumbre clavándose en cada músculo. La obligación la llamaba. Su familia—esa familia que sobrevivía a duras penas en el borde de la ruina—dependía de ella ahora más que nunca.

Había una última esperanza, y para alcanzarla debía regresar al lugar donde todo había empezado: la casa de su infancia.

El taxi comenzó a surcar las calles todavía somnolientas de la ciudad. A la derecha, reflejos de neón titilaban en el vidrio de los rascacielos lujosos; a la izquierda, los viejos barrios parecían sepulturas silenciosas de sueños rotos. Entre ese contraste brutal, Elena observaba el reflejo difuso en la ventana: una mujer con ojos cansados, marcados por la determinación y el miedo.

El vehículo frenó frente a una fachada antigua, un caserón tan desgastado que parecía a punto de desplomarse. La madera de la puerta crujió cuando la empujó, y un olor a humedad y polvo la recibió como un abrazo áspero.

“¿Mamá?”, susurró con voz quebrada, mientras sus pasos resonaban en el suelo de tablones viejos.

Desde el fondo, una figura emergió. Su madre, una mujer frágil con el cabello encanecido y la mirada opaca, levantó la vista y unos segundos de reconocimiento quedaron atrapados en el aire.

—Elena... —la voz era un hilo quebrado—. Pensé que no volverías.

Ella quería gritar que sí, que estaba aquí, que no huiría más. Pero las palabras se perdieron en su garganta, sustituidas por un nudo que se apretó con fuerza.

Ambas se sentaron en la desvencijada sala que alguna vez fue el centro de sus risas infantiles. Un silencio pesado se instaló entre ellas, hasta que finalmente Elena rompió el hielo.

—Mamá, necesito saber todo. Todo lo que ocultaron, lo que nunca me contaron. ¿Por qué estamos así? ¿Qué pasó con papá?

La madre cerró los ojos, y un suspiro cargado de dolor escapó de sus labios.

—Tu padre... cometió errores. Algunos que ni siquiera nosotros pudimos controlar —una pausa que parecía querer protegerla, pero que solo aumentaba la curiosidad ardiente en Elena.

Entonces, como si aquello hubiera sido un disparo, sacó de un viejo cajón un álbum de fotografías. Las páginas estaban amarillentas por el tiempo, pero las imágenes hablaban con una nitidez que desafiaba los años.

Mientras Elena hojeaba, sus dedos se detuvieron en una imagen que la detuvo fría. Allí, en un pequeño recuadro polaroide, estaba su madre abrazada a una figura que reconoció al instante: un hombre elegante, ojos confiados y sonrisa fría.

Era un Duarte.

El corazón de Elena tambaleó, golpeando con fuerza contra sus costillas. ¿Qué vínculo ocultaba su familia con ellos? ¿Con los mismos que ahora amenazaban con destruirlos?

La pregunta brotó sin pedir permiso, rompiendo el velo de silencio que se había formado.

—¿Quién es este hombre? —Su voz temblaba, incapaz de ocultar el estremecimiento.

Su madre no respondió de inmediato. Sus manos temblaron antes de cerrar el álbum con un portazo seco.

—No debiste verlo —murmuró con un hilo de voz—. Es mejor que no sepas más.

Pero Elena ya había atravesado una línea invisible.

El pasado la había alcanzado con garras de hierro, exponiéndola a secretos que podrían destrozarla o darle las fuerzas para luchar.

De pronto, un eco lejano retumbó en la habitación: el timbre de su celular vibrando con una alerta desconocida.

Elena deslizó el dedo y la pantalla mostró un número sin registro; el mensaje fue escueto, pero devastador:

“Nosotros lo sabemos todo. No des un paso más sin nosotros.”

El peso de esas palabras le clavó una daga en la espalda. ¿Quiénes eran “nosotros”? ¿Quién vigilaba sus movimientos y manipulaba las piezas invisibles de aquel tablero macabro?

Miró nuevamente la foto, atrapada entre la luz tenue de la mañana que comenzaba, y la sombra ineludible del pasado que se extendía como una telaraña por toda su vida.

Su destino, y el de su familia, pendía ahora de un hilo tan fino que podía romperse en cualquier instante.

Elena apretó la fotografía contra su pecho, mientras la puerta de la casa, tras ella, crujía con un ruido siniestro.

Y en ese instante, supo que nada volvería a ser igual.