Chapter 7
Capítulo 7 Pasiones Prohibidas
El silencio que siguió al golpe seco de la puerta era un abismo frío en el pecho de Valeria. Cada latido retumbaba con un eco ensordecedor, como si el mundo entero contuviera la respiración, apenas roto por el susurro de sus propios pensamientos que se desgarraban en mil fragmentos imposibles de recomponer.
No solo era alguien dentro. Era él. Adrián Santoro.
La idea se deslizaba en su mente con el peso de una daga, clavándose en lugares donde el aire se volvía irrespirable.
Valeria apretó los puños, sintiendo que sus uñas se marcaban en la palma como un mordisco a la realidad que se imponía ineludible. Sabía que tenía que moverse rápido, pero sus piernas parecían hechas de plomo, y sus ojos, fijos en la puerta cerrada, veían más que madera y cerradura: veían a Adrián, con su sonrisa que prometía tormentas, con esos ojos que habían sido la calma y el peligro a la vez.
Un impulso irracional la hizo retroceder hacia la ventana, tratando de encontrar una vía de escape aunque supiera que no existía. La brisa fría de la noche le acarició el rostro, mezclándose con el sudor frío que brotaba en su frente. Allí, en la calle silenciosa y empedrada, las luces amarillas de los faroles construían sombras largas, alargadas y grotescas, como la promesa de un destino que no podría evitar.
Y entonces lo oyó. Un paso, ligero pero decidido, atravesando el salón hacia ella. No hubo advertencia, ni gritos, solo ese sonido que la hizo contener el aliento. Valeria se giró justo cuando la figura de Adrián apareció en el marco de la ventana, recortado contra la luz de la calle como una amenaza tangible.
—No esperaba encontrarte tan... pensativa, Valeria. —Su voz era suave, casi un susurro, pero cada palabra parecía alzar una bandera roja en medio de la tormenta que se cocía entre ellos.
Ella tragó saliva, sintiendo el nudo que se formaba en su garganta. ¿Cómo entender aquello que estaba prohibido? ¿Cómo explicar la repulsión mezclada con algo peligroso, moribundo pero vivo, que sentía cuando él estaba cerca?
—¿Qué haces aquí, Adrián? —susurró, manteniendo la mirada fija en sus ojos—. Esto no es un juego.
—Lo sé —respondió él, dando un paso más cerca, hasta acortar el espacio hasta un suspiro—. Pero un juego, al fin y al cabo. Y en los juegos, a veces, las reglas cambian.
Valeria sintió el calor de su aliento, el latir acelerado de su propio corazón enfrentándose a ese magnetismo que aún no comprendía ni quería admitir.
—¿Y qué quieres de mí? —su voz temblaba, pero su postura no cedía.
Él sonrió, una sonrisa cargada de doble filo, la clase que destruye más de lo que construye.
—Quiero lo que siempre he querido, aunque no lo reconozca ni en mis peores pesadillas —dijo, acercándose tanto que Valeria pudo ver el brillo húmedo de sus ojos—. Quiero que me escuches... que me entiendas.
Un escalofrío recorrió su espalda. Era la primera vez que escuchaba ese tono, aquella mezcla de vulnerabilidad y amenaza.
—¿Entender? —repetió, con voz queda—. ¿Cómo podría yo entender a alguien que ha jurado destruir todo lo que soy?
Adrián alzó una ceja, molesto y fascinado a la vez.
—¿Y qué hay de tu juramento? —preguntó—. ¿No es eso lo que más pesa en tu alma? ¿Ese compromiso que podría hundirte?
Valeria sintió que las palabras caían sobre ella como una lluvia venenosa, cada verbo un cuchillo.
—Mi juramento es mi escudo —respondió, aunque sus palabras temblaban—. Sin él, no soy nada. No tengo memoria, no tengo razón.
—¿Y si te dijera que ese juramento puede ser tu prisión? —Adrián bajó la voz hasta un susurro áspero—. Que te ata a un pasado que quizás merezca ser olvidado.
El aire entre ellos vibraba, un campo magnético compuesto por la mezcla imposible de odio, deseo y resentimiento. Valeria dio un paso atrás, intentando recuperar la distancia, pero ya era tarde.
El brillo en los ojos de Adrián era distinto. No era solo el enemigo al que ella había jurado luchar; era alguien que conocía el oscuro rincón donde habitaban sus secretos más profundos.
—Nunca imaginé que podría odiarte y querer destruirte, pero también… sentir esto —musitó Adrián—. ¿Es posible amar a tu enemigo cuando todo está en juego?
El corazón de Valeria latió desbocado. La pregunta quedó suspendida en el aire, como un hilo a punto de romperse.
Y entonces, un golpe en la puerta interrumpió el momento.
Valeria giró la cabeza hacia el sonido, la respiración entrecortada, mientras sus ojos intercambiaban una mirada cargada de secretos y decisiones imposibles con Adrián.
—¿Quién es? —preguntó con voz firme, aunque el temblor interno no podía ocultarse.
La sombra en el otro lado no respondió. Solo hubo un silencio frío, tenso.
El juego acababa de cambiar.
¿Podrían realmente amar aquello que estaban destinados a destruir?
O acaso, ¿serían sus pasiones prohibidas la ruina definitiva de ambos?
La puerta empezó a abrirse lentamente, revelando una silueta inesperada.